TIEMPO DE CALIENTES: EL ENOJO DE SZIFRÓN EN RELATOS SALVAJES

Damián Szifrón

LaBrokenFace sigue dándole espacio al ensayo y la crítica. En esta oportunidad, un joven dramaturgo realiza un riguroso análisis sobre las implicancias culturales y políticas de Relatos Salvajes, la última y polémica película de Damián Szifrón.

Por Gustavo Kreiman*. Ilustraciones: Groger Gutiérrez.

Damián Szifrón es, para quien escribe, un hombre sensible y talentoso. Un trabajador, con autoestima, prepotencia, tenacidad y oficio –cualidades que, considero, se le agradecen a cualquier laburante-. No pretendo esconder en este texto mi simpatía hacia él: desde que vi los primeros capítulos de Los simuladores me volví un poco su seguidor y un poco su fan, y desde ese lugar tan subjetivo acompañé el desarrollo de su filmografía. Pero justamente por eso, cuando salía del cine después de ver Relatos Salvajes, al margen de otras sensaciones contradictorias, salí preocupado. “Este tipo está muy enojado”, me dije. E intentando darle un poco de sustento a esa primera impresión, llegué a vislumbrar en esta película lo que puede ser un viraje político en relación a las piezas anteriores que componen su obra. Un viraje que me preocupa como espectador, pero también como ciudadano: creo que, hasta este estreno, Szifrón nos convidaba siempre una cuota de optimismo aparejada a la estampa de desolación y crisis que componía en sus historias. En su última película, parece que el optimismo casi que no tiene lugar, parece ser que en el salvajismo de esos relatos quedaran pocos resquicios para que algo de luz se filtre. Esto no es ni aplaudible ni reprochable: si vamos a ponernos pragmáticos, podríamos decir, Szifrón no nos debe nada, ni nosotros le debemos nada a él; que haya cambiado su mirada respecto de las cosas o la representación de la realidad sobre la que se apoyan sus ficciones, no tiene porqué ser motivo de ningún reclamo. Pero a mí, como espectador y como ciudadano, el asunto me preocupa, pues, confío en el arte como espacio de encuentro y como potencia de transformación social, y que un tipo que siempre mostró la generosidad que puede germinar en la miseria, ahora presente solamente la miseria, para mí es, aunque sea, un llamado de atención.

Todos los trabajos fílmicos de Szifrón plantean la potencialidad transformadora que aparece desde algún tipo de marginalidad emocional, social o política. En Los Simuladores, con un grupo de marginados que conformaba un equipo constructor de justicia paralela; en Hermanos y detectives, con la resolución de crímenes gracias a la lucidez de un pequeño genio, marginado por su gran inteligencia; en El fondo del mar, donde de la miseria del dolor se puede construir una transformación, al menos personal, en el modo de vincularse con el mundo; en Tiempo de valientes, donde tanto la resolución de un caso policial como la justicia conseguida se obtienen de un combinado de acontecimientos oficiales y paralelos en relación a las instituciones.

Se ha dicho que toda la filmografía de Szifrón, hasta su último estreno, puede ser leída desde la idea de la vindicación. Para mí se la puede leer desde ideas mucho más amplias.

Y es que la propuesta sociopolítica de la obra excede la mera defensa ante la injusticia o la recuperación de un bien material o simbólico que ha sido sustraído. La propuesta se vincula más bien con la construcción de un estado diferente de cosas. De una justicia, quizá, pero alternativa, por lo que implica una representación alternativa de las condiciones sociales y materiales sobre las que se apoye. Los héroes marginales de Szifrón no reconstruyen el orden en los términos que estaba establecido, ellos transforman los contextos y las circunstancias para plantear otro orden, otro plan, otro sustento social y cultural. Los héroes marginales de Szifrón no se vengan ni enjustician, construyen algo nuevo. Y quizá sea eso el aporte más importante a nivel cultural de la obra del director, el verdadero hecho político sobre el que se apoya su discurso. Aporte que puede llegar a significar, además, un giro patriótico o nacionalista: en tanto toma prestados géneros y estructuras formales extranjeras en cuanto a la construcción de ficción para el desarrollo de historias locales, impulsoras de cosmovisiones distintas en la representación de nuestro propio contexto.

En Relatos Salvajes, según la lectura de quien escribe, Szifrón realiza un viraje político o bien una serie de omisiones narrativas que modifican la postura ideológica sobre la que se despliega su discurso: y es que la película casi no muestra alternativa alguna, no hay posibilidad de construcción marginal, o si la hay apenas se la sugiere (casi desde el fuera de campo).

Por acá pasa la hipótesis sobre la que pretendo escribir, la pregunta que recorre estas líneas. En sus obras anteriores, Szifrón siempre planteó una crítica contundente al sistema social argentino y a las relaciones vinculares que se producen en ese marco, pero a la par de esta denuncia, sugirió que desde el margen (desde la periferia, desde lo heterodoxo, desde lo no institucionalizado) puede surgir una alternativa transformadora y provechosa para la humanidad. ¿Por qué en Relatos Salvajes no se hace lugar para esa disidencia constructiva?, ¿por qué en Relatos Salvajes parece no haber lugar para la alternativa?

A continuación, algunas posibles respuestas a estos interrogantes, a la par de otros cuestionamientos más vinculados al pensamiento de lo social, devenidos de la presencia de la violencia como hecho conductor de la película en términos conceptuales y narrativos.

Si nos apegamos estrechamente a las reglas de género del cómic –influencia asumida por el director -, en la exposición de los seis cortometrajes que componen el total del film, los personajes son condicionados por las circunstancias no para desenvolver su costado heroico sino más bien para desplegar los caracteres que podrían constituirlos como villanos. Este aspecto en sí mismo podría no ser necesariamente opuesto a su postura (basta ver El caballero de la noche de Christopher Nolan, donde sin lugar a dudas el Guasón encarnado por Heath Ledger tiene mucho más para cuestionar, proponer y transformar a nivel sociopolítico –a pesar de lo cuestionable de sus métodos- que el mismo Batman desde su heroísmo). De todos modos, esta película, Relatos Salvajes, no es un cómic sino una comedia con ribetes costumbristas.

Lo que llama la atención en este caso es que la ira, el enojo, como instancia emocional que enmarca toda la película, no abre resquicios para una potencial construcción que contribuya a cambiar algo, sino que se limita a manifestarse en términos violentos.

Es esto lo que me preocupó como espectador cuando salí de la sala, y lo que me llevó a imaginar (tan hipotéticamente como puede cavilar un espectador sobre el estado de ánimo de un autor sin saber de él nada más que lo que dijo con su obra), que Szifrón está enojado, tan enojado que decidió no darle lugar a una propuesta renovadora en su última pieza. Y ya sea fruto de una pulsión, del azar, o de la premeditación, esta ausencia se configura en sí misma como un posicionamiento sobre el estado de cosas. El revuelo que causó Relatos Salvajes entre los espectadores y los críticos cinematográficos es infrecuente: desde todos los medios, de diferentes perspectivas políticas y líneas de lectura de la realidad, se publicaron comentarios alrededor del film y su recepción. Editoriales de los más diversos campos se hicieron cargo de la necesidad de discutir sobre la película, a veces como si fuera por la responsabilidad de atender a los eventos que causan alto impacto de taquilla, a veces para advertir un posible peligro social inminente en la calidez con la que el público la recibe, a veces para alimentar el caldero de elogios que se le atribuye desde cierta parte de la crítica internacional y algunos medios de comunicación hegemónicos. A veces también se discutió sobre la película con otros fines. Como sea, está buenísimo que pase eso con algo artístico. Está buenísimo que un film dé mucho que hablar, más allá de la afinidad que uno tenga con aquello que se hable. Porque, considero, no se habla de arte tanto como sería necesario, mucho menos en las plataformas mediáticas más accesibles. Se habla mucho de entretenimiento, pero de arte no tanto. Y, convengamos, nos guste o no nos guste, estamos nuevamente ante una obra de arte surgida del imaginario de Szifrón.

También podemos discutir por qué se habló tanto de esta película y no de otras, y necesariamente vamos a tener que referirnos a condiciones de realización, de distribución y de mercado desiguales en la producción cinematográfica nacional, a posibilidades abismalmente distintas en lo que respecta a publicidad y marketing, entre otros factores socioeconómicos que influencian el recibimiento de un trabajo incluso antes de su estreno y que, evidentemente, dejaron a este film parado en el lugar más cómodo. Ahora bien, incluso teniendo en cuenta estas consideraciones, los comentarios alrededor de la película variaron ostensiblemente entre los que la vitorearon como un logrado compendio cómico de las reacciones cáusticas de sujetos sociales violentos y violentados y, por otro lado, los que la dilapidaron como un conjunto de anécdotas sobre personajes sin conciencia de los deberes y las consecuencias cívicas de sus actos, que en términos generales podía ser leída como una apología a la violencia. En todos los casos, la cuestión de la violencia apareció ineludible en la reflexión, impulsada por su presencia formal y narrativa en el film.

Damián Szifrón

Damián Szifrón

Quien escribe está más cerca de comprender a la película según la primera visión mencionada anteriormente, es decir, como el logrado compendio cómico, pero, vale aclarar, tampoco es que encuentre ahí un motivo para vitorearla. El aporte cultural de Relatos Salvajes se orienta hacia la propuesta de algunos interrogantes incómodos, inhabituales, alrededor de la idea de violencia, que bien podrían nutrir la discusión política actual de nuestro país y de otros lugares del globo.

La película se pregunta sobre la legitimidad de la violencia, sobre las limitaciones de la autodefensa, sobre la desigualdad de poder en la relación entre el pueblo y el Estado, sobre las posibilidades de la acción como reacción. Esas preguntas ya se hicieron muchas veces en otros lugares, pero actualizar un interrogante casi siempre es mejor que anularlo con algún tipo de certeza irrevocable.

Algunos críticos encontraron también, en esa ausencia de alternativas transformadoras en la película, cierto componente “cacerolero‟. Vinculan el espíritu del film al espíritu de aquellas protestas sociales que acontecieron alrededor de diciembre de 2001 en Argentina. Se dice, desde algunas lecturas con las cuales no comparto el asidero ideológico en lo más mínimo, que esas expresiones de hartazgo y repulsión a la clase política (embanderadas, en líneas generales, por la consigna “Que se vayan todos‟) encontraban sus limitaciones de manera muy temprana en su aparente vacío de propuestas: “Ok, que se vayan todos, ¿y después qué?”, dijeron en su momento algunos analistas lo suficientemente cortos de vista y sensibilidad como para no poder (o no querer) leer ni el más mínimo subtexto en la expresión popular. Establecer ese parangón con aquel hecho social para desacreditar políticamente a la película es un ejercicio que cae en el vicio de un procedimiento fascistoide y reaccionario al menos dos veces. En primer lugar, por desacreditar la potencia transformadora de la bronca: la bronca, en el ejercicio de la política, puede dar lugar a cambios muy poderosos. Estamos de acuerdo en que, por sí solo, el enojo no puede producir ni proponer mucho, pero quitarle importancia en el marco de la génesis de una propuesta transformadora sería ignorar el punto de partida de movimientos políticos históricos que transformaron de manera irreversible el campo de lo social en distintos lugares del planeta. Por lo tanto, habitar y explorar el enojo, sublimarlo y convertirlo en una obra de arte que lo exprese como tema protagónico, ya de por sí puede potenciar transformaciones prácticas. En segundo lugar, por reducir los alcances de una expresión de rechazo al rechazo en sí mismo: puede haber de por sí una propuesta constructiva en la destrucción, la voluntad de destruir determinadas cosas puede implicar en sí misma una alternativa transformadora. No siempre hay que construir algo nuevo sobre las ruinas de algo viejo, hay veces que las ruinas ya son en sí mismas la edificación del cambio.

No sé qué hubiera pasado si se hubieran “ido todos‟ y no hubiera venido nadie (a ocupar ese lugar de poder, privilegio y responsabilidad que implica ejercer un cargo político en la gestión pública), pero tampoco se puede negar rotundamente la posibilidad de que hubieran aparecido maneras novedosas de vincularse en términos sociales, políticos y económicos a partir de ese hueco. Se dice de Relatos Salvajes que reemplaza el “Que se vayan todos‟ por el “Somos todos salvajes, nos comemos entre nosotros‟. O sea, se dice que absorbe una expresión de rechazo con un destinatario específico: la clase política dirigente de un contexto determinado, y lo reformula para devolverlo al pueblo y a la sociedad en un sentido abarcativo. De ser así, habría una manipulación muy peligrosa en ese cambio del receptor del mensaje; implícitamente, la película pediría “Que nos vayamos todos‟. Esa lectura me suena más bien al enrosque de un grupo de comunicadores que no quiere que una casta política determinada pague sola los platos rotos, y entonces atribuye cierta responsabilidad a la sociedad en un sentido general. Para mí no. Los cacerolazos, entonces, sonaban para que se vayan todos aquellos, verdaderos responsables de la miseria social (y aun así se quedaron varios). Y la película, hoy, tampoco nos hace responsables “a todos como sociedad‟ por la miseria y la mezquindad con la que nos atragantamos.

Relatos Salvajes interroga las consecuencias violentas y devastadoras de la desigualdad en las relaciones de poder, y si dice algo al respecto, atribuye a las condiciones materiales y simbólicas circundantes el impulso al comportamiento violento, y no a una supuesta conducta perversa intrínseca de los sujetos.

Como dice el artículo que dio pie la escritura de éste, el film “pone de manifiesto que existen violencias más legítimas que otras, eso al menos, y no es poco”, y en esa manifestación residen varios de los motivos por los cuales la película a mí me despertó interrogantes nuevos, o al menos me avivó algunas dudas que ya traía. Pero, de todos modos, la alternativa de transformación social en esta película no aparece, la potencialidad constructiva marginal se ausenta en el film, a diferencia de los trabajos anteriores de Szifrón. Y así volvemos a la pregunta que daba inicio a este ensayo.

¿Por qué en la película parece no haber lugar para la alternativa? Quizá, porque el director hoy por hoy no la encuentra, no puede ni imaginársela ni traducirla en ficción; quizá porque decidió no incluirla en el guión para advertirnos sobre la fragilidad de las circunstancias actuales; quizá porque su imaginario creativo está atravesando momentos de mayor oscuridad. Quizá, porque ya pasó el tiempo en que Los Simuladores intervenían la realidad para transformarla, quizá porque es momento de que cada uno asuma el poder y la fuerza.

Así y todo, como decíamos, Relatos Salvajes plantea situaciones en las que la legitimidad de ciertas violencias puede ser cuestionada, y muestra formas y procedimientos de la violencia en las clase medias y altas, incluyendo en el análisis a estos estratos sociales mientras que el carácter “violento‟ siempre fue atribuido –desde determinados sectores hegemónicos- a una característica propia de los pobres, de los bárbaros, de los incivilizados. Por ahí viene su aporte y por ahí ocurrió, para mí, el beneficio de atravesar la experiencia de convertirme en su espectador.

Decimos que cuestiona la legitimidad de la violencia y decíamos que, en ese acto, refunda y alimenta interrogantes que abordan la cuestión. He aquí algunas preguntas que quedaron circulando en mi tintero personal:

¿Es más legítima la violencia del Estado que la violencia civil?,

¿Es legítimo aplicar la violencia sobre personas que la aplicaron sobre nosotros en el pasado, mediato o inmediato?,

¿Es más legítima la violencia de género de la mujer hacia el hombre que del hombre hacia la mujer?, ¿existe una legitimación de la violencia de género diferenciada según la elección, la pertenencia o la autodefinición sexual?,

¿Es legítima la violencia si se la entiende como producto de una relación de desigualdad social, de desigualdad de poder?,

¿Es legítima la violencia interpersonal si es resultado de una violencia social?, ¿La reacción y las represalias a la violencia son diferentes según la clase o el grupo social al que se le adjudique la culpabilidad?, ¿la violencia social producto de las diferencias de clase está legitimada o al menos instaurada como práctica cotidiana?,

¿Legitima el derecho a la violencia la circunstancia de haber sido víctima de un acto violento previo?, ¿si la violencia es reacción, existe una justificación?, ¿es más legítima la reacción violenta que la causa violenta?, ¿hasta dónde llegan los límites de la autodefensa?, ¿cómo defenderse cuando el que atosiga y oprime violentamente es un ente institucionalmente legitimado?

En este sentido, el autor de la crítica mencionada, cerraba el análisis con una pregunta más que agita las ideas (al menos las mías) en torno a la posibilidad de hacer política de un modo diferente hoy, en nuestro país: “¿Pueden brotar de estos impulsos violentos, oscuros, salvajes, experiencias capaces de alimentar una acción política novedosa?”. A partir de esta retórica, la reflexión sobre la violencia volvió a movilizarse, con una vehemencia que dio lugar a la escritura de este ensayo.

Se trata de un planteo que, considero, la izquierda no se anima a hacerse (hablar de “animarse‟ es referirse a algo muy íntimo y difícil de abordar como el coraje o su ausencia, mejor digamos “no se hace al menos públicamente‟) y, creo, en ese vacío puede ser que radique la disminución de sus posibilidades transformadoras.

En lo personal, no me gusta la violencia, en realidad me da un miedo bárbaro (mis condiciones físicas, además, siempre me pronosticaron derrotas en cuanto a enfrentamientos cuerpo a cuerpo respecta, yo creo que por eso siempre traté de mantenerla lejos), sin embargo, no puedo dejar de advertir en ella un componente transformador, más allá de la afinidad política con el resultado que consiga. Pero, como veíamos, como Szifrón también lo ha expuesto, la violencia excede las esferas de lo individual para instaurarse como una condición social que atraviesa la historia y nos interpela de diferentes maneras, en distintos momentos. De hecho, el Estado se funda sobre ella y en virtud de su servicio; uno de los elementos constitutivos del Estado según estudié en el secundario es el “Monopolio de la fuerza legítima‟, denominación que a mí siempre me sonó a un eufemismo para erigirse como la única organización capaz de aplicar la violencia y autoproclamar la legitimidad de dicha aplicación.

Ante la pregunta de si solamente el Estado puede ser violento cuando quiere, la guerrilla, en su momento, dio una respuesta contundente y, (insisto) más allá de las afinidades particulares hacia uno u otro grupo guerrillero, la contundencia de la respuesta tuvo que ver con poner el cuerpo -no sólo la voz, no sólo la mente- al servicio de su causa y tomar las armas para enfrentarse a lo que consideraban una violencia institucionalmente legitimada pero injusta.

Hoy, parece ser, la guerrilla no es una alternativa y la violencia extra-gubernamental tampoco. Hoy, desde la izquierda y desde la derecha, la violencia es denostada y repudiada tanto legal como mediáticamente, al menos en términos generales. No puedo evitar encontrar cierto aire esperanzador en estas circunstancias, vinculada a una utopía pacifista que me acompaña desde chico; pero al mismo tiempo advierto -tanto en el aire como en mi utopía- una gran carga de ingenuidad. Pues, que se denoste no quiere decir que no se aplique: Hoy, desde la izquierda y desde la derecha, nos encontramos con prácticas violentas y construcciones simbólicas que la alimentan. De todas maneras, la propuesta de tomar las armas contra los aparatos represivos del Estado, o bien, de reventar a trompadas entre varios al patovica que discrimina en la puerta de un boliche -por poner dos ejemplos hipotéticos que alguna vez se cruzaron entre mis propias contradicciones éticas-, seguramente no tendría mucho quórum en ninguna reunión que se considere progresista.

¿En qué momento aceptamos que el monopolio de la legitimidad en el uso de la fuerza siempre nos va a ser ajeno?

Entonces, releo lo escrito y me vuelvo a preguntar: ¿Puede la violencia interpersonal de calle, la violencia de una persona contra otra por fuera de cualquier marco institucional, contribuir al menos en la reflexión de posibles alternativas que transformen el ámbito social?, ¿Puede la violencia colaborar en la concreción de acciones generadoras de inclusión social, de acciones que favorezcan la igualdad de derechos y condiciones de existencia?, ¿Puede hoy?.

A mí me gustaría que nadie le pegue a nadie, pero no me quedo para nada tranquilo si el poder para pegar siempre es de otro.

Y, valga la aclaración, no estoy diciendo que haya que tomar las armas para poder transformar algo: existen múltiples alternativas de transformación. La cuestión es que cuando hablamos de transformación, hablamos de por sí de violentar un orden de cosas, por lo cual desestimar el componente violento de las prácticas políticas, creo, juega en contra de la materialización de los objetivos que esas prácticas se propongan. En una de esas, advertir ese componente violento para sublimarlo y convertirlo en otra cosa (en arte, como Szifrón; en un gesto de amor, también podría ser), puede ser el principio de la construcción disidente de un entorno más justo, amable y equitativo.

No se sabe cuál va a ser el próximo emprendimiento artístico de Damián Szifrón. No se sabe qué es lo nuevo que va a hacer ni cuándo. Hasta aquí ya nos ha dejado una obra valiosa y compleja; hasta aquí, con apenas un poco más de diez años de producción estrenada a público, ya se constituyó como un autor y un artista prolífico.

En lo particular, sintonizo afectiva e ideológicamente mucho más con todo lo que hizo antes de Relato Salvajes, pero al mismo tiempo, confío en que lo que va a venir después va a volver a aportar a la reflexión y al pensamiento sobre la sociedad y la cultura, además de ofrecer un encuentro artístico placentero. Como sea, siempre va a encontrar en quien escribe un espectador atento y agradecido. Como sea, le agradezco por germinar con su obra una idea que ya echó raíces en mi imaginario político, y que se nutrió a partir del diálogo con otras expresiones artísticas, idea que acaso otorga sentido y sensibilidad a la existencia del arte para mí y a mi decisión de encontrar en ella no sólo una profesión, sino también un lugar de construcción social: aquella donde la alternativa viene del margen, donde siempre hay que estar atento a lo que viene desde la orilla, porque ahí surgen las posibilidades materiales y simbólicas más potentes para el cambio.

(Para leer la versión completa del ensayo, que no publicamos por cuestiones de espacio en la web, pueden descargarla en este link: Cuando la noche es más oscura. Se trata de una revisión más exhaustiva de toda la filmografía de Szifrón).

*Gustavo Kreiman (Córdoba, 1991), actor, director y dramaturgo. Actualmente dirige y escribe desde su grupo, el Izquierdo | Teatro, además de participar en otros proyectos teatrales y cinematográficos.

Leé también: Relatos salvajes: Violentáme y decíme política

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Obtuvo su Doctorado de Periodismo en Crisis en la realidad (y un poco en la ficción). Actualmente trabaja en condiciones de sobre-explotación, para un grupo de periodistas renegados.
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