“Siempre la Cadena a la hora de mi novela”: El ballotage y el rechazo a la política

Por Diego Labra. Ilustración: Natalia Giacobone y Groger Gutiérrez.

Cualquiera que quiera calibrar la apasionada reacción que genera, en defensa o detrimento, el recurrente uso de la Cadena Nacional por parte del actual gobierno sólo tiene que hacer una búsqueda de memes en Google o rastrear el hashtag #CadenaNacional en redes sociales. Ir tan lejos como para atribuirle un peso determinante en la situación electoral que desembocó en el ballotage sería un análisis irresponsable. Si los comicios de este domingo determinan el fin de la larga década kirchnerista será porque el proceso político se encontraba finalmente agotado en un sentido cabal, y para sorpresa de propios y extraños.

Sin embargo, me reservo poder interpretar en forma más profunda la fervorosa respuesta que genera la Cadena Nacional y el uso más general de la iconografía y el discurso que despliega el gobierno nacional. Pensado como un síntoma, este hecho creo que habla como pocos acerca de la sociedad argentina ¿Qué dice sobre ella? ¿Sobre su pasado y su futuro? ¿Cómo se puede leer en el contexto del indudable fin de ciclo, o por lo menos punto y aparte, que enfrenta el proceso político actual? Argumento aquí en estas líneas que por sobre todo, esta situación habla acerca de nuestra conflictiva relación con la política.

Como alguien criado en los ’90 en una casa donde sólo se hablaba de política, con suerte, en el asado del domingo de elecciones, el viraje de la última década fue más que notorio. Mis únicos recuerdos de infancia son acaso el replay constante en PNP de Menem bailando con la odalisca en el almuerzo de Mirta que ya en mi joven mente resonaba con la similar escena de Los Simpsons) jingle de la “re-re-elección” parodiado por Videomatch y el aburrido de De La Rúa. Sin embargo de unos años a esta parte, la política se instaló en la sobremesa de mi casa definitivamente.

Motivado por la reparación de la memoria histórica, o por “setentista”, depende quien comente, el discurso de Néstor Kirchner en su regreso al pasado para hacer pie en el presente ya marcaba la pauta de una nueva politización de la escena argentina. Este proceso se profundizó con los años sobre otros temas clave como la integración regional y el debate sobre los derechos, y alcanzó su clímax durante el segundo gobierno de Cristina Fernández con su estilo aún más confrontacional. Poniendo la discusión sobre el “Modelo” en las teles, los diarios y las bocas de todos los argentinos.

En el clima políticamente cargado de esta semana, seguramente estas afirmaciones suenan partisanas. Sin embargo, y para el que elija creerme, digo esto sin intención de hacer una apreciación positiva o negativa del contenido de las políticas discutidas, sino simplemente señalando que el eje del discurso cambió. Un reflejo de ello es la literatura académica de las ciencias sociales, que pasó a poner a la política y al Estado en el centro de sus discusiones.

Por ende en círculos intelectuales, artísticos y universitarios este “regreso” de la política se celebró abiertamente. Mientras tanto, en los medios opositores se construyó la imagen de una sociedad civil progresivamente cansada de la política. Por sobre todo, del efecto perjudicial que tendría sobre la familia y otros círculos de pertenencia, donde la constante azuza ideológica generaba conflictos donde antes germinaba la amistad sin reservas. El diagnóstico quedó consolidado por Jorge Lanata y su discurso sobre “la grieta” en una entrega de premios, lo que puso un nombre presto a la viralización al estado de cosas.

 Cambiemos la política por no-política

La campaña electoral de Cambiemos es una reacción directa de este mentado agotamiento. Macri, o sus asesores de imagen entre los que se destaca Jaime Durán Barba, identificaron con astucia que la mejor receta a oponer contra discurso altamente politizado del kichnerismo es la ausencia de ideología. A la denunciada proliferación de izquierdismo de la última década, el macrismo no se presenta como alternativa diametralmente contraria, enarbolando la trayectoria liberal de sus candidatos o la línea ortodoxa de sus recetas económicas. De hecho ha buscado activamente desviar esta tónica de discusión. Cada vez que la prensa oficialista, o periodistas afines al kirchenismo, han encontrado material audiovisual con el cual intentar instalar una discusión más política, Cambiemos responde apartando a las personalidades involucradas de la luz pública.

Siguiendo las enseñanzas de Don Draper, Macri responde a las acusaciones de que lo presentan como neoliberal “cambiando la conversación”. Sus spots presentan ideas limpias y simples, libres de los grises complejos de la política. Escuché en algún medio a un analista político describir las campañas anteriores a la primera vuelta en términos que se podrían usar para describir una mayonesa: la campaña de Macri fue “liviana”, mientras que la de Scioli estuvo aquejada por su “pesadez”. “Cambiemos” ¿Cambiar qué por qué? No importa, “cambiemos”. “Dialoguemos” ¿Dialogar con qué? No importa. Las ideas son deliberadamente vagas primero y ante todo no porque se quiera ocultar un plan ulterior, esto en todo caso sería una feliz consecuencia, sino porque es el mensaje “alegre” que la sociedad argentina querría escuchar.

La nota que le otorgó María Eugenia Vidal al programa Periodismo Para Todos luego de su inesperado triunfo en la provincia de Buenos Aires destila la estrategia de campaña del espacio político macrista. Mostrándose alejada de la política en su plan de no mudarse a La Plata, opone a los discursos grandilocuentes en los actos oficiales un tono “íntimo”. Habla de su futura gobernación mientras hace la chocolatada a sus hijos, mientras revisa el cuaderno de comunicaciones. Si la política es necesariamente sucia la alternativa entonces es la no-política.

Los números de la primera vuelta avalaron la estrategia, aunque ya desde antes este diagnostico era tan evidente que ha marcado el tono de las otras publicidades también. Massa innovó con el logotipo +A, que hace unos años hubiese sido más propio de una marca de ropa que de una campaña presidencial. En uno de sus spot se mostraba como interlocutor a ese sujeto nebuloso que es el “vos” a quien constantenmente se refiere Macri. Scioli ensayo un malabarismo más difícil, tratando de alejarse del kirchnerismo en ciertas cosas y manteniéndose cerca en otras, siguiendo el pulso de las encuestas.

Hacia al ballotage, y como demostró el cara a cara en Argentina Debate, esta tendencia se ha intensificado transformando en figuras intercambiables a los candidatos, prometiendo uno “el cambio con continuidad” y el otro “la continuidad a través del cambio” (trayendo de nuevo a la memoria una parodia de Matt Groening) No es la primera vez que la sociedad argentina a manifestado su desprecio por la política, siendo aún su bandera más simbólica el himno “¡Que se vayan todos!” coreado durante la crisis del 2001

Lo ineludible de la política

Evidencia de lo caro que le es a nuestra sociedad la unidad nacional sólo hace falta ver el fervor que desata cualquier evento deportivo que involucre a la selección de futbol, rugby, hockey y un largo etc. Momentos donde con alegría salimos a la plaza a festejar el orgullo de nuestros colores juntos, de un lado el tipo que te paga el sueldo y del otro el que junta el cartón que tirás en el cordón de la vereda. La “grieta” viene a romper esa unidad, a amargar cada gol de Messi y cada try de los “Pumas”. Hoy los discursos de ambos candidatos buscan transportar esa concordia a otros ámbitos de la sociedad, proponiendo vagos slogans y bosquejos de planes con los cuales aseguran es posible que ganemos “todos”. En ese mundo del discurso, donde prima el “diálogo” y “consenso” se logran medidas sin consecuencias negativas, la política no es necesaria. Tampoco hay intereses sectoriales, sino simplemente “vos” y “familias”, los interlocutores imaginarios de las campañas.

¿De dónde viene este sentimiento? El sentido común, elogiado por los candidatos, no dudaría en achacarlo a la sucesión sin fin de funcionarios corruptos. Un análisis más complejo encontraría razones más profundas, principalmente dos. En primer lugar, las secuelas de un Proceso de Reorganización Nacional que buscó extirpar de raíz la politización de la sociedad argentina tras el punto álgido de los ’60 y los ’70. Como un tenebroso experimento de estimulo-respuesta de inspiración pavloviana, el terrorismo de estado no sólo produjo la tortura, muerte y desaparición sistemática de aquellos más politizados hacía la izquierda en nuestro país, sino que a los sobrevivientes los forzó al exilio o a simplemente vivir con miedo y desconfianza de la política. La politización de la sociedad, en el inconsciente colectivo, no puede traer sino ese horrendo desenlace que marcó a fuego a la Argentina en los ’70.

Tampoco se puede dejar de señalar que este arco de despolitización de la sociedad no es una peculiaridad argentina, sino una tendencia mundial. Tras el desborde de fines de los ’60, inmortalizado en el Mayo Francés, las últimas décadas han visto la imposición de slogans, imagen y declaraciones orientadas al impacto más que al contenido. Particularmente las nuevas causas como la ecología, o más recientemente la militancia digital, han producido partidos que precian de presentarse apolíticos. La misma crisis europea de la última década que en un primer momento generó partidos más políticamente cargados como Podemos en España (que sin embargo toma tips del manual de estilo del marketing), ahora ha engendrado alternativas como Ciudadanos, que se define como post-político.

Sin embargo, y esto creo no es una opinión sino un hecho, la política no sólo es necesaria sino que es ineludible. Las citas abundan, desde el animal político de Aristóteles a la concepción de todo acto humano como esencialmente político de Hannah Arendt. En ese sentido, la “grieta” no es un invento de la década kirchnerista sino simplemente un dato de cualquier realidad social. Dependiendo de la ideología desde donde se enuncie cambiará donde se traza la línea que separe los actores sociales, pero la línea existe. No todos los intereses son congruentes, ni todos los sectores se pueden poner de acuerdo. No existen medidas que resuelvan los problemas de todos.

Mientras haya humanos habrá política, y mientras haya intereses encontrados será necesario que se diriman en la arena pública. La política es como la droga, aunque la neguemos la gente la va a usar. Por eso siempre es mejor opción hablarlo abiertamente, porque la opción opuesta es que ocurra en las sombras, sin nuestro conocimiento y probablemente en desmedro nuestro mientras se sostiene la imagen de concordia. Ese es el horizonte del discurso de la no-política que se encuentra implícitamente cobijada en la campaña que proponen ambos candidatos. Ante esto es que debemos, y lo enuncio sin intenciones electoralistas, decir cambiemos. No más negar la política, no más esquivar la necesaria instancia de gobernarnos a nosotros mismos. Si lo hacemos, simplemente alguien tomara las decisiones por nosotros.

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