Sangre en “El Reviente”

 

Sangre en El Reviente - Germán Sarmiento

Sangre en El Reviente – Germán Sarmiento

LaBrokenFace presenta un adelanto del primer libro de nuestro cronista Alan Ulacia, La ciudad imposibleya presentado oficialmente el 29 de noviembre de 2014. Y honrando el espíritu contrera de LBF, el siguiente relato es el único de todo el libro que no se refiere ni a las ciudades ni a lo imposible.

Por Alan Ulacia. Ilustración: Germán Sarmiento

 

Toreaba al horizonte una inmensa nube gris, como un poncho infinito amenazaba con cubrirlo todo de oscuridad, de frío y de silencio. Por su parte la Llanura expectante estaba. Quizá de un sacrificio sanguíneo. Luna no había, por lo que cada gota de rojo la Llanura podía reclamar para sí.

La pulpería El Reviente era el único punto que interrumpía el profundo diálogo entre la noche, la soledad y las brisas que peinaban el pastizal, arrancándole agudos y misteriosos acordes. Pero adentro los hombres no reparaban en sutilezas. Cuchicheos y candores redefinían la cosa, convirtiéndola en algo mucho más simple: grasa chamuscada, alcoholes rancios y un fuerte olor a cópula. Eso definía la identidad del local, famoso por no admitir ni poetas ni cantores. Como mucho un truco o un duelito fraternal para calentar la musculatura profunda que la caña no llegaba a mojar.

– ¡Envido! – gritó un peoncito.

– No – dijo el viejo mientras acariciaba el mango de su daga.

Un cinco de copas se clavó en la humedad de la mesa.

– Estos dos se agarran… – dijo un paisano con infalible don para anticipar riñas.

Y la Llanura ya se relamía sus labios verdes, sedientos de venganza y odio hacia el gaucho, que la supo domar siguiéndole el juego.

– ¡Truco entonces!

– Déle.

Heroísmo había poco en el viejo. Más bien representaba un fresco de la miseria y el sufrimiento. Paisaje humano habitual cuando en una tierra desembarca la invasión y la conquista. Don Gallo le decían al viejo, por una flácida papada que derramaba su cuello. De joven: corpulento, campesino, enérgico. Entre las tropas de Martín Güemes había estado. Se incorpora a la montonera cuando el realista Pedro de Olañeta retoma la invasión del Norte. Acribilla godos durante cinco años, camuflado en el monte. Sus interminables cuentos narraban fielmente la defensa de la frontera, pero ya aburrían a los visitantes de la pulpería El Reviente, persistían, como los ecos de la Revolución, la Independencia y sus guerras. Años después, ya en paz, se dedica a poblar Salta con sus muchos bastarditos. Ya es hombre maduro cuando en los mares del Sur prueba suerte. Es de los primeros en animársele a la ballena, esa que luego apodan “franca” por su docilidad frente al arpón. Pero los años, el océano y el celeste titán, lo doblegan. Entonces viaja a la pampa y se arropa con el destino de la errancia, se funde con el caballo, para luego con suerte envejecer y morir. Y así lo hace: envejece y arrugas tajean su rostro. Pero no muere, vive como un fantasma, sin más rumbo ni propósito que la grupa como almohada.
Pero aquella noche, con la pulpería como escenario y el truco como excusa, había decidido, cansado de la vida, que alguien lo mate. Y el peoncito que lo desafiara en el perfecto ejecutor de su plan se había convertido. Sobre éste último, el peoncitio, poco puede ser contado, porque pisaba la veintena de años. Baste decir que era alegre y gustaba truquear.

– Sí quiero, y va ésta – agrega Don Gallo.

Seis oros matan al infame cinco. Dos cuatros le quedan al viejo, acaso su triste invariante existencial. Suelta uno, de oro.

Un rey de bastos se desploma sobre la mesa, digno.

– ¡Quiero retruco!

– ¡Quiero vale cuatro!

– Venga, y si me ganás te clavo.

Un siete fuerte arroja el joven, en silencio.

Gana el joven…

Al tiempo que deja caer el cuatro restante, Don Gallo se erecta relampagueante y su viejo poncho flamea. Y la Luna ahora sí se asoma a pispear, porque es carroñera y como un buitre de marfil huele la inminencia de la sangre. El peoncito no se amedrenta y acepta el duelo, no sin antes verter el ácido de una risotada socarrona sobre el poco honor del viejo.

En El Reviente el tiempo se detiene…

Insulta al aire la primera estocada.

Al resto del borracherío se le vacían las cuencas de los ojos, blancas de morboso placer, babeante y cruel. Destripados pueden quedar los dos hombres que nadie hará nada. Rige la Ley del Acero. En respuesta al afilado agravio un cuchillazo filetea el magro brazo del viejo, que de seco ni sangra. Retruca Don Gallo exhibiendo su pecho, e insta al tajo final, para conquistar su muerte, la esperada redención. El peoncito dibuja con la mano un gesto vago y da media vuelta. Siente lástima porque es noble. No quiere manchar su reputación y cargar el pecado de matar a un pobre gaucho loco. Ahí nomás Don Gallo se abalanza y hunde en la espalda del muchacho el óxido de su daga (a un Infernal de Güemes robada). El cuerpo cae, convulsiona por inercia unos segundos, y duro como una piedra hecha raíces rojas en el suelo de pinotea.

Nadie acusa conocer al peoncito. Un par de almas piadosas tienen al rato la delicadeza de sacar su cuerpo al llano, dejarlo sin sepultura, a la espera de una voraz extremaunción canina. El cadáver se enfria, violáceo como una vena. Y de a poco la sangre abandona su humanidad, succionada por el subsuelo de la Llanura, que acepta gustosa la ofrenda; negras entrañas palpitaron, devolviendo al cielo gris y sin estrellas los ecos de lo que sería una historia y un destino común. Pues la sangre del joven sacrificado se filtra en los intersticios del tiempo, baña la teluria con el barniz de una esencia irrebasable, y rellena la indeterminación de las formas, las dota de sentido, pero elimina el esperanzante patrocinio de la voluntad de los hombres como signo de aquella tierra. Llanura, Luna y Sangre urden un pacto, y desde lo profundo emanan una melodía confusa, paradójica, de lamento y esperanza, opresión y resistencia.

“Civilización y Barbarie” la llamarán años después los doctos.

Don Gallo nada de esto pensó pero lo intuyó en la piel. Pidió otra caña y se mudó más cerca de la ventana, para espiar a través del vidrio empañado el cuerpo de su enemigo. Y en la pulpería nada más se dijo, salvo el paisano que las riñas podía profetizar, que a un burlón “Vieron…” se animó. Pero bien por lo bajo para no acicatear al nuevo matrero que a limpia traición había ganado la jornada y el favor de las damas. Postrado, casi parte del cuero que cubría su silla, Don Gallo reprimió un llanto abismal, y ahogado de angustia, soltó un débil gemido; acaso un símbolo, un oráculo que condensaría el drama de una Nación y sus futuros. En su pequeñez nunca supo que aquella noche había escrito los primeros compases de la inquietante melodía: lo viejo, la tradición anquilosada y decadente, aniquilando, encadenando la posibilidad de que lo nuevo, lo profundo, lo vital, emerja. Pero Llanura, Luna y Sangre saben que ambas fuerzas, lo viejo y lo nuevo, aquella noche corporizadas por los mortales adversarios, están mezcladas: que su pugna, su duelo, es necesario y contradictorio, azaroso como las cartas. Fatal como el romance entre el agua y el fuego, pero confuso por no saberse quién es agua y quién fuego.

Quién Civilización y quién Barbarie.

Las pocas velas que iluminaban El Reviente se extinguieron. La salamandra se enfrió. La pinotea absorbió, una vez más, la densa mugre. La puerta se abría de tanto en tanto para expulsar a los borrachos, a las prostitutas y a los cantores que se habían ahorrado la voz. ¿Y Don Gallo? Al fin todo fue tristeza para el viejo gaucho, que al rato se durmió, hundido en mares de alcoholes y desesperanzas, y un etéreo guitarreo sonando en su cabeza.

Afuera la Luna y la Llanura eructaban satisfechas viento macabro.

Pero de golpe un húmedo sopor rellenó el aire, inyectándole la eléctrica densidad que antecede la lluvia: la diosa del fértil brotar. Y entonces la triste y gris noche que techaba el descampado se astilló, cuestionada por el primer relámpago.

*

LA CIUDAD IMPOSIBLE es el primer libro de Alan Ulacia, sobre Buenos Aires, sobre las ciudades, sobre el habitar las ciudades, sobre el mirarlas como forma de habitarlas, además es una obra colectiva, ilustrada por numerosos artistas contemporáneos de distintas disciplinas.

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Alan Ulacia

Alan Martín Ulacia (1986) nació en Argentina, en el porteño barrio de Caballito. Es Licenciado en Ciencia Política (UBA), con una formación especializada en Filosofía Política. Trabajó como colaborador en diversas publicaciones y proyectos periodísticos: Diario Tiempo Argentino, plazademayo.com, Revista Devenir, elidentikit.com, entre otros. La ciudad imposible (2014), editado por Milena Cacerola, es su primer libro de crónicas y ensayos.
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