Religión, extremismo y terrorismo: la “guerra santa” en el mundo contemporáneo

Juan Manuel Desmarás analiza para LBF el fenómeno del yihadismo en Medio Oriente.

Estado islámico - ISIS

Estado Islámico – ISIS

En los últimos años, las noticias relacionadas con el Islam y los musulmanes tuvieron gran repercusión en la prensa. Es así que surge una serie de interrogantes: ¿El Islam ordena la guerra? ¿Qué importancia tiene el concepto de Yihad? ¿De qué manera la aparición de grupos radicales como el Estado Islámico (ISIS) afecta al Islam?

Por Juan Manuel Desmarás Ilustraciones: Groger Gutiérrez

Yihad es un concepto difícil, objeto de distintas traducciones y de plural uso y abuso. Entre las malas interpretaciones que existen en Occidente sobre el Islam, la de yihad quizás sea la más difundida. Dada la naturaleza problemática del término, encontrar una definición apropiada puede resultar ser una tarea compleja. Sin embargo, ante la tergiversación de un concepto tan íntimamente relacionado con su doctrina, es fundamental buscar una aproximación a su verdadero significado. Tomando como disparador la proliferación de grupos islamistas radicalizados (que conforman la llamada corriente del Islam Político), y en el marco de la tensión generada por la organización ISIS, pretendemos proporcionar un mejor conocimiento de la dinámica de los acontecimientos que están sacudiendo el  escenario internacional.

El islam no sólo es una cuestión de fe, es también una identidad

Acercarse a estos acontecimientos implica adoptar un enfoque religioso-político, ya que el elemento religioso implica en la realidad y funcionamiento de las sociedades musulmanas la conformación de una identidad que constituye plenamente a sus sujetos. En la mayoría de los países islámicos, la religión sigue siendo un factor político relevante, mucho más en los asuntos nacionales que en los regionales o incluso los internacionales. El islam no solo es una cuestión de fe, es también una identidad. En la actualidad, en gran parte de estos países, el mayor de los desafíos proviene de los grupos radicales islámicos, ahora calificados comúnmente como fundamentalistas. Existen sin duda grupos que se presentan como islámicos radicalizados, como en otras religiones, pero la nota debe centrarse en si la existencia de los mismos es producto de una errónea lectura textual ligada a circunstancias políticas. Organizaciones como Al Qaeda buscaron (y continúan hoy en día) en el hecho religioso aspectos que den un “cheque en blanco” para el logro de sus objetivos, aunque estos contradigan en definitiva el camino recomendado. Tomemos como ejemplo a Arabia Saudita, donde la religión se utiliza como elemento de legitimación política. La familia real saudí se ha aliado históricamente con el movimiento Wahhabi (puritanismo sunní que sigue la estricta escuela hanbalí de jurisprudencia), el cual fue introducido por Muhammad ibn Abd al Wahhab. Pero de la misma forma que los gobernantes han usado el Islam para legitimizar su gobierno, algunos movimientos de oposición de Arabia Saudita también lo utilizan para expresar su antagonismo en términos religiosos. La existencia de tales grupos plantea otro interrogante: ¿Porque debería haber un renacimiento islámico en un país que ya se supone estricto seguidor de la senda del islam? Lo que está sucediendo es que tales movimientos creen advertir la utilización falsa y oportunista del Islam para esconder el servilismo hacia el extranjero. Desde su fundación, Arabia Saudita se ha caracterizado por el pragmatismo en política exterior y el más riguroso fundamentalismo en la política interior, expresado por su rigidez en la aplicación de la Sharia (ley sagrada). Claramente, en este caso los intereses económicos y geoestratégicos dictan las decisiones en asuntos de índole internacional. El capital norteamericano y el acceso a su tecnología son indispensables para extraer y exportar el petróleo sobre el que ese Estado Familiar se asienta. Esta perceptible contradicción ha dado lugar, a lo largo de estos años, a las más desafiantes y amenazantes organizaciones terroristas: Al Qaeda e ISIS. El segundo constituye un desprendimiento del primero. Los orígenes de ISIS se remontan a la insurgencia sunita encendida por la invasión anglo-estadounidense de Irak en 2003 y específicamente en la rama iraquí de Al Qaeda liderada por el monstruoso yihadista jordano Abu Musab Al Zarqawi. ISIS se apartó de Al Qaeda y Zawahari (estratega y sucesor de Osama Bin Laden) porque cree ha olvidado sus propias enseñanzas. Entre los objetivos estratégicos de ISIS encontramos la instauración de un califato que emule el extraordinario éxito de los primeros tiempos del Islam; la difusión de la yihad a partir de una dinámica de acción -reacción exagerada- acción;  y la apertura de fisuras y grietas en los estados frágiles que bordean el califato autoproclamado (en los estados fallidos de Irak y Siria) por medio de una fuerte campaña de terror y miedo. Reconstruir los dominios del Imperio Otomano abolido por el líder turco Kemal Ataturk en 1924, tras la primera guerra mundial, pareciera ser un elemento clave en la lógica estratégica de ISIS. Para los muyahidines, yihadistas, militantes musulmanes o como quieran denominarlos la yihad representa un grito de guerra basado en su doctrina religiosa y los ataques suicidas una forma de lucha. Según el coordinador antiterrorista de la Unión Europea, Gilles Kerchove, la competencia entre ambas organizaciones por el liderazgo del yihadismo internacional podría generar un atentado por parte de Al Qaeda para demostrar que aún sigue activa.

¿Cuáles son las causas que explican el notable avance de ISIS en Medio Oriente? ¿Cuál es la mejor forma de combatirlos? En Libia, los yihadistas de camisas negras tomaron ventaja del derrocamiento derivado del levantamiento de 2011 contra el dictador Muhamar Kadafi para establecer nuevas bases de operaciones. Mientras Occidente y sus aliados árabes concentraban su atención en Siria e Irak, el polarizado y fragmentado estado de Libia tras la guerra civil propició la presencia de ISIS. Libia se encuentra escindida en dos. Por un lado, la ciudad de Tobruk dónde se encuentra el gobierno reconocido por la comunidad internacional, por otro lado la ciudad de Tripoli dónde se encuentran islamistas (moderados y extremistas) que si bien se oponen a ISIS, minimizan la naturaleza de la amenaza que representan. La nación africana es el cuarto y tercer exportador de crudo y gas a Europa respectivamente, por lo que no puede volver a convertirse en un actor clave y promotor de una nueva ola antiimperialista en Medio Oriente y en el mundo árabe-musulmán. La sedienta Europa no puede darse el lujo de soportar ahondar aún más su dependencia energética extranjera, ni Estados Unidos quedarse de brazos cruzados ante la potencial amenaza de que ISIS se quede con el tesoro petrolero norafricano.

Los únicos que han enfrentado vigorosamente al Estado Islámico son los Kurdos

En Siria suceden cosas bastantes similares. Desde el 2011 existe una gran oposición y enfrentamiento al régimen de Bashar Al-Assad, la falta de autoridad política y fuerzas de seguridad facilitaron  la expansión y control del territorio en manos de ISIS, el cual cuenta con 1/3 de sus pozos petroleros. En el Egipto de Abdel Fattahal Sisi, ex jefe del Ejército cuyo golpe de 2013 depuso al gobierno islamista electo de la Hermandad Musulmana, las reglas de juego democráticas son inútiles. Tras ver el asesinato de 21 cristianos coptos egipcios, decidieron realizar una serie de ataques aéreos contra la ciudad de Derna en Libia. El principal objetivo de esta campaña militar, consistió en la destrucción de campamentos y depósitos de armas. Las dudas que tenía Occidente respecto al golpe de estado y la penalización del islamismo “tradicional” en Egipto, como la prohibición de la Hermandad y el encarcelamiento ilegal de sus miembros, fueron disipadas por la amenaza que representa ISIS. Dando cuenta que Estados Unidos y sus aliados déspotas de la región dan poca importancia a la “democracia” árabe. Esto corroboraría el argumento que ISIS sostiene sobre las elecciones democráticas, considerándolas no solo una falacia sino una afrenta a la ley de Dios. Jugar al mismo juego no es conveniente si quieren aproximarse a una solución, aunque sea parcial, del problema que se vive Medio Oriente.

Los únicos que han enfrentado vigorosamente al ISIS son los Kurdos, quienes tras la Primera Guerra Mundial y la desaparición del Imperio Otomano, quedaron distribuidos entre Turquía, Irak, Irán y Siria. Con la ayuda de los bombardeos realizados por la coalición internacional liderada por Barack Obama, los milicianos Kurdos (peshmergas) del Kurdistán Iraquí derrotaron al poderoso ejército ultraislamista en el monte Sinjar y la ciudad kurda de Kobane. Es preciso comentar que no han recibido una ayuda significativa por parte de los Estados vecinos de Turquía o Jordania. El proceso político global de Irak se encuentra en grave crisis, al igual que el resto de los países de la región. La coalición nacional que gobierna el país tras la retirada de las tropas norteamericanas consiste en una alianza laica presidida por Alaui. En repetidas ocasiones llamó a la reconciliación nacional, a dejar de lado las afiliaciones sectarias y étnicas que debilitan aún más la frágil estructura institucional para poder enfrentar la amenaza que supone la presencia de ISIS en gran parte de su territorio. Este es el escenario político que se aparece en la mayoría de los países de la región.

A raíz de la aparición de Al Qaeda con los atentados a las Torres Gemelas en Nueva York en 2001,  y ahora ISIS con sus perturbadores e cinematográficos videos de decapitaciones, existe una tendencia a asociar el terrorismo a grupos musulmanes. El terrorismo es uno de los temas más discutidos y uno de los menos comprendidos. Dado que muchas veces se hace mención al término terrorismo, es pertinente brindar una pequeña definición del mismo: se lo considera la utilización de la violencia política dirigida contra un gobierno, estado o población civil con la finalidad de crear un clima de miedo, de inseguridad, en aquel definido como enemigo.

El islam no avala ninguna forma de violencia, pero en casos particulares, cuando hace falta defenderse, se autoriza el combate

Como se mencionó anteriormente el término yihad ha sido notablemente distorsionado por los medios masivos de comunicación así como también por la literatura general. La primera connotación que se le otorga a esta palabra es el de guerra santa, una guerra emprendida por motivos religiosos o al menos en su nombre. A priori su traducción literal significa esfuerzo o empeño, pero su connotación es mucho más amplia. Yihad no es guerra y tienen que darse ciertas condiciones para llamarlo así. Aun cuando el uso más extendido que suele darse a yihad es el de guerra santa para convertir a los infieles o batalla contra el descreimiento mundial, no es el más adecuado ni responde a su verdadero significado. Por lo general suele distinguirse entre gran yihad y pequeña yihad. La primera consiste en la lucha contra las fuerzas del mal que anidan en cada persona, mientras que la segunda plantea la defensa frente a las agresiones y podría llegar a adoptar connotaciones bélicas o combativas. En realidad, el islam no avala ninguna forma de violencia, pero en casos particulares, cuando hace falta defenderse, se autoriza el combate. En la revelación coránica se mencionan una serie de consideraciones en cuanto a la autorización, formas, límites, legalidad y legitimidad de yihad.

El islam político no intenta unir religión y política para legitimizar un gobierno sino más bien para resistirlo, a partir de una elección muy selectiva y una interpretación poco ortodoxa de los textos antiguos

Estado islámico - ISIS

Yihad islámica

En síntesis, el islam político es visto básicamente como un movimiento de protesta a regímenes que son perceptiblemente, aunque no confesadamente, mas modernistas y secularistas. Algunos podrían aducir que es visto como una reacción al fin de una experiencia colonial caótica en términos político-económicos-fronterizos.  Los militantes islamistas hacen uso (o abuso) de la religión como catalizador para la movilización y resistencia.  Sin embargo esta religión no da cuenta de un conjunto tradicional de creencias sino que establece un nuevo corpus religioso-político que ellos mismos improvisan. Los islamistas están usando la religión para desafiar ese estado de cosas religiosamente neutral o falso. Demandan una sociedad donde la palabra de Dios sea la única fuente de ética y legislación, más un renacer del concepto de yihad como base para reestructurar el orden mundial. El islam político no intenta unir religión y política para legitimizar un gobierno sino más bien para resistirlo, a partir de una elección muy selectiva y una interpretación poco ortodoxa de los textos antiguos. Sólo se citan los versos militantes del Corán; solo se adoptan las definiciones más combativas de la yihad;  y solo se hace referencia a los juristas más inflexibles.

En Occidente suelen traducir erróneamente el concepto yihad como guerra santa, algo que la mayoría de los teólogos musulmanes rechaza, a pesar de que muchos grupos islámicos lo entiendan también así. Los occidentales crearon el concepto de guerra santa porque no comprendían su significado y creyeron que era su equivalente. Análogamente, un creciente números de grupos del mundo islámico claman, en nombre de la yihad, llevar adelante una guerra por la causa del Islam, olvidándose también del verdadero significado. Más aun, lo usan para justificar la violencia y la lucha por el poder.

Los norteamericanos, mucho antes de que apareciera Bin Laden-Al Qaeda o Baghdadi-ISIS, han construido la representación de un enfrentamiento entre civilizaciones, la occidental moderna y progresista y el islam medieval y bárbaro. En este sentido, organizaciones como Al Qaeda e ISIS son funcionales a esa representación del mundo. Ahora bien, esta representación no solo es históricamente incorrecta sino que completamente falaz. En esta dicotomía civilización vs barbarie, el Islam aparece como el nuevo enemigo de occidente, como una especie de chivo expiatorio para cualquier suceso que no gustara sobre los nuevos modelos políticos, sociales y económicos a nivel global.

Estos sucesos demandan una contundente respuesta y satisfactoriamente permanente, nada fútil. Tanto Arabia Saudita, custodio de las dos sagradas Mezquitas, como el resto de los países musulmanes deberán replantearse severamente ciertas decisiones y convicciones si desean continuar con la modernización sin abandonar la esencia del Islam. El rey Salman bin Abdulaziz al Saud deberá impulsar en Arabia Saudita lo que la dirección de asuntos religiosos (Dyanet) promueve en Turquía: un proyecto donde los ulemas estudien la actualización de miles de hadices, es decir compilaciones de actos y dichos de Mahoma, para eliminar todo lo que pueda llegar a justificar prácticas retrogradas como la ablación o aquellos hechos que circulan por las redes sociales y de público conocimiento por los ciudadanos del mundo.

El rabioso sentimiento islamófobo hace que muchos jóvenes musulmanes se sientan bajo ataque y no puedan desarrollar plenamente su identidad.

La Comunidad Europea y Estados Unidos deben generar cuadros políticos que estén comprometidos, proactivamente, con la asimilación e integración, dejando de lado cualquier sesgo o contenido xenófobo. El rabioso sentimiento islamófobo (tras los atentados del “11S” o ahora tras el ataque al semanario satírico francés Charlie Hebdo), el cual responde a esta lógica dicotómica y maniquea instaurada a fines del siglo XX y principios del XXI, hace que muchos jóvenes musulmanes se sientan bajo ataque y no puedan desarrollar plenamente su identidad. El nacionalismo a ultranza de estos países ha generado un vacio enorme. El mensaje que transmiten grupos como Al Qaeda e ISIS llena (ocupa) ese lugar ya que resulta sumamente seductor para chicos política y socialmente activos. Ahí está el desafío de la clase política actual: revertir ese desplazamiento vertiginoso que se produce entre factores identitarios como son la nacionalidad y la religión. En palabras de Reza Aslan, doctor en Sociología de la Religión, en una entrevista concedida a la cadena de televisión CNN, un chico no debe abandonar su identidad religiosa para ser francés o alemán. Sostiene, además, que la religión no es responsable de todo el mal que existe en el mundo. Se debe atacar las causas principales que llevan a las personas a unirse a estos grupos. Matándolos no es la forma de derrotar a los yihadistas de ISIS. Sino que hay que sopesar los motivos que llevan a las personas a radicalizarse, dejando de lado teorías que pocas veces encajan con los hechos, como por ejemplo: si se lograra establecer una democracia en Medio Oriente (argumento neoconservador de Bush hijo) se erradicarían las ideas políticas nocivas de la región. Algunos estudiosos de las Relaciones Internacionales advierten la necesidad de atender las problemáticas no sólo económicas sino sociales y culturales que se desprende de uno de los elementos que compone el sistema internacional actual: la globalización. La creciente permeabilidad de las fronteras y la disminución de la capacidad de los Estados para generar instrumentos políticos idóneos para controlar el flujo de ideas y productos culturales permiten el apogeo de nuevos y decadencia de viejos factores identitarios. Los avances en tecnología, el incremento exponencial del número de canales de comunicación y la voracidad de los televidentes por imágenes visuales dramáticas señalaron la percatación de prácticas siniestras, como decapitaciones, etc.  Por consiguiente es importante contrarrestar la difusión de esas actividades por medio de las redes sociales (YouTube, Facebook, Instagram, Twitter).

La naturaleza básica del sistema internacional está cambiando. Cada vez son menos las actividades sobre la que los Estados pueden ejercer un control efectivo. La dura realidad es que no hay un único camino hacia la radicalización y que es más difícil ser un hombre de paz que de guerra. Estos son varios de los desafíos que nos plantea la aparición de grupos islamistas radicalizados y sobre los cuáles debemos reflexionar

By Desmarás, Juan Manuel. Licenciado en Ciencia Política (UBA) con especialización en Relaciones Internacionales.

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Obtuvo su Doctorado de Periodismo en Crisis en la realidad (y un poco en la ficción). Actualmente trabaja en condiciones de sobre-explotación, para un grupo de periodistas renegados.
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