Relatos Salvajes: violentáme y decíme política

Relatos Salvajes

Relatos Salvajes

LaBrokenFace, curtida en violencias con su novela colectiva Enemigos del Pueblo, se anima a la crítica de la película Relatos Salvajes bajo esa clave.

Por Alan Ulacia. Ilustraciones: Groger Gutiérrez.

El filósofo judío-alemán Walter Benjamin escribe en el ensayo Para una crítica de la violencia, de 1921: “La violencia, que el derecho actual trata de prohibir a las personas aisladas en todos los campos de la praxis, surge de verdad amenazante y suscita, incluso en su derrota, la simpatía de la multitud contra el derecho”.

Relatos salvajes (2014), la película escrita y dirigida por Damián Sfizrón en efecto gana la simpatía de la multitud. Ya fue vista por más de un medio millón de personas a casi 2 semanas de su estreno, rompe récords en la historia del cine argentino, y entre otros tópicos, aborda la violencia, o lo violento. Seis relatos, con las actuaciones de Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia, Rita Cortese, Darío Grandinetti, Oscar Martínez, Erica Rivas y Julieta Zylberberg, presentan situaciones de “normalidad” que se transforman en “excepcionales” por medio del uso de la violencia, según las historias, más o menos física, más o menos simbólica.

Donde generalmente prevalecen las buenas costumbres, la norma, el tibio cálculo costo-beneficio, acá no: acción y disrupción.

Y el pasaje es abrupto: la corta distancia temporal entre el planteo de la situación inicial y la resolución “violenta” dotan a los relatos de una interesante y grotesca irrealidad.

En un muy malintencionado artículo, entre los muchos así que circulan, se acusa a Relatos salvajes de naif. Un fragmento de dicho artículo dice: “El corto de Darín [a saber, el de un ciudadano indignado contra el sistema de acarreamiento de vehículos en la ciudad de Buenos Aires] es el centro neurálgico de la película: el actor estrella, el mayor despliegue visual y el centro ideológico. El héroe de la clase media cacerolera, a fuerza de indignación y un poco de ingenio, pretende hacer una revolución apolítica -y esto es lo peor- sólo porque le tocaron sus propios intereses”.

En otra nota, más malintencionada aún, se carga contra la evidentemente pudiente condición socioeconómica del director: Lo salvaje” es tan salvaje como sentarse a la mesa de Mirtha y decir que uno sería delincuente en vez de albañil de haber nacido pobre, tratándose justamente de un petulante ricachón que, a juzgar por las cosas que filma, odia febrilmente a los pobres aunque para disimularlo diga que odia a los ricos también y todo en clave de comedia “inteligente” vanguardista argentina presentada primero en Cannes (como corresponde, ¿no?)”. 

Más que exigirle al film conciencia revolucionaria y un programa político adjunto, preferimos en cambio preguntarnos: ¿Por qué, al margen del elenco convocante y la eficiente maquinaria de marketing, una película que desde su título y su estética promete violencia, llena salas?

Es simple: la propuesta seduce porque vivimos en una sociedad cada vez más violenta. Y resulta bienvenida la expresión artística que no esquive ese incómodo bulto, y lo exalte, lo exagere, le de vueltas y no se pronuncie clara, explícita y moralmente al respecto.

En el sugerir (a veces ambiguo, contradictorio) es que anida la fértil posiblidad de potenciar la reflexión y no la más o menos solapada propaganda de una idea propia. El eterno rozamiento entre arte y política.

El orden jurídico bajo el cual vivimos prohíbe generalmente el uso de la violencia. La acción violenta aislada es el blanco predilecto del castigo punitivo, fundando en la ley. Ante la imposibilidad del surgimiento de una violencia coordinada que funde un nuevo orden, un nuevo sistema de vida capaz de autolegitimarse, ciertas acciones violentas, en un punto oscuro y pocas veces confesado, como dice la cita de Benjamin, inspiran un vengativo placer, seducen, porque simbolizan ese imposible fugazmente alcanzado, se transforman en metáfora de liberación.

Szifrón declaró en una conferencia de prensa: “La divisa que atraviesa las historias es la liberación. Por eso produce adrenalina. Cualquier espectador se puede conectar con el placer que genera la liberación de las represiones. Uno no pasa a la acción porque el costo es muy alto. En la relación costo-beneficio, no vale la pena pasar a la acción. Pero el costo de reprimirse, también es demasiado alto. Nos carcome por dentro la culpa, el arrepentimiento, la bronca. A través del cine podemos liberarnos, abandonarnos al placer, la fantasía”.

El éxito de Relatos salvajes puede leerse en esta clave, más que un sentido meramente “violento”, “salvaje”, “irracional”, comprenderse bajo un signo justiciero, vindicador. En ese sentido, Los Simuladores (2002) y Tiempo de valientes (2005), también escritas y dirigidas por Damián Szifrón, componen una serie coherente. Pero quizá sea un error establecer una relación directa entre Relatos salvajes y el fenómeno de la vindicación.

No se la debiera confundir con una sólida indicación, políticamente explícita, en dirección a la transformación social. Salvo la historia que protagoniza Darín, las demás se relacionan con el ámbito de lo que podría llamarse “vida privada”. Y si bien la película habilita esa lectura “vindicadora” (y Szifrón eso lo sabe) una interpretación más literal se inclina hacia la exhibición, la exacerbación de instintos humanos, justamente, salvajes (en los títulos iniciales el nombre de cada actor y actriz es acompañado por la imagen de un animal); pero no la postulación de una “naturaleza humana” negativa, destructiva,

sino la puesta en relieve de sentimientos muchas veces ocultos, hipócritamente negados, castigados por la norma, pero con un esplendor vitalmente “auténtico” al desplegarse en la praxis.

La película de Szifrón no es el Manifiesto Comunista, que es lo que se parece esperar del director luego de sus conocidas declaraciones televisivas previas al estreno en Argentina. Es cierto, pero tampoco es conservadora o “clasemediera”. Sí: la película está plagada de lugares comunes, posicionamientos políticos e ideológicos coyunturales, es cierto, pero en el fondo es sugerente, vital. Como mínimo, pone de manifiesto que existen violencias más legítimas que otras, eso al menos, y no es poco,

nos invita a pensar el peligroso terreno donde no existe una Justicia abstracta por fuera de la situación donde dos violencias luchan por fundar orden.

Más allá de las reseñas y las reprimendas ideológicas, Relatos Salvajes le inspiró a este cronista la siguiente pregunta: ¿Pueden brotar de estos impulsos violentos, oscuros, salvajes, experiencias capaces de alimentar una acción política novedosa? Quizá esta sea la pregunta que ningún partido u organización más o menos progresista, más o menos de izquierda, se anima a formular hoy en Argentina.

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Alan Ulacia

Alan Ulacia

Alan Martín Ulacia (1986) nació en Argentina, en el porteño barrio de Caballito. Es Licenciado en Ciencia Política (UBA), con una formación especializada en Filosofía Política. Trabajó como colaborador en diversas publicaciones y proyectos periodísticos: Diario Tiempo Argentino, plazademayo.com, Revista Devenir, elidentikit.com, entre otros. La ciudad imposible (2014), editado por Milena Cacerola, es su primer libro de crónicas y ensayos.
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