Prontuarios

Por Alejo Pasetto. Ilustraciones: Groger Gutiérrez.

Soldado del EDP

Reaccionar rápido. El francotirador ya los había visto. Si Mendoza no se movía de Paseo Colón estaba entregado a correr la misma suerte que Quiroga. Un mártir más, un revolucionario menos. Era necesario llegar al Puerto, reportarse o buscar refuerzos. Rápido en una esquina. Para adentro de contra al río. Capaz plagado de milicos pero al menos no tan expuesto. Estar solo daba la posibilidad de no debatir qué hacer. Reaccionar rápido y moverse. Sigilo, pero no quedarse quieto ni un momento.

¿Cómo carajo llegué a esto?, se pregunta Mendoza. Perdió a Quiroga y ahora corre solo. No huye, busca refugio. Reencontrarse con el resto. Se perdieron todos, se desbandaron. Fue una situación confusa. La Plaza de San Telmo teóricamente estaba libre. Teóricamente. Eso explicaba las cosas. La teoría, la teoría que llenó aulas, escribió libros, inundó bibliotecas, convocó a movilizaciones, marchas, protestas, piquetes, consignas, banderas y hasta canciones. Todo eso ya no servía. La Edad de Oro de la Teoría: en el pasado. Hoy y ahora es práctica. Y Revolucionaria. Hoy y ahora es un fusil en mano y bajar al aparato represivo del Estado y a todo aquel que no empuñe un arma para derribarlo. Se terminaron los titubeos. Pero se titubeó en la Plaza de San Telmo. O alguien avisó. Un traidor. Un infiltrado. A esos que antes se titubeaba en fusilarlos. Hoy no queda otra y hay que hacerlo. ¿Se sospecha? Pues se lo interroga hasta que confiesa.

“¿Confesaste traición? ¿Nos quisiste entregar al enemigo, al Estado? En cinco minutos vas a escuchar juicio sumario y en diez minutos el paredón. Dentro de once minutos vas a recibir un balazo de la Justicia Revolucionaria en el medio de la frente”.

Pero no se sabe quién fue. Por eso en Plaza San Telmo los esperaban con seis, siete, ocho ametralladoras. Por eso perdieron 5 compañeros en menos de tres minutos. Eran 30. Contestaron a las baterías, se refugiaron unos minutos como pudieron pero no les quedó otra que desbandarse. Tres grupos dispersados vaya a saber para qué lado.

Y ahora Quiroga muerto bobamente sobre Paseo Colón. ¿Cómo carajo llegué a esto?

Mendoza era como muchos integrantes del Ejército del Pueblo, hijo de las contradicciones de clase. Resultado de la mezcla entre un contador de Villa Pueyrredón y una abogada de Belgrano. Mendoza padre, de familia clase media porteña, chalecito clásico en un barrio de también clase media predominante. Peronistas. Ella abogada, tercera generación de abogados radicales muy ligados al Belgrano Athletic. Mendoza hijo no podía ser otra cosa que un Antopólogo de Puán. Uno más de los tantos que pasean sus morrales cargados de libros por esa zona estudiante-intelectualoide de Caballito. ¿Cómo conjugar ser hijo de un peronista y una radical? ¿Cómo hacer una tercera vía que lo distinga de sus padres, de su infancia y adolescencia en Colegiales, pero educado en el colegio de los Palotinos? La respuesta estaba naturalmente en Nietszche, en Marx y Althusser. Ser rugbier pero entender que a los curas de tu colegio los mataron las fuerzas parapoliciales de la AAA por ser comunistas. Puán era el camino natural. Basta de rugby. Basta de terceros tiempos y gente sin conciencia de clase. Mendoza no era eso. Mendoza entendió muy bien que al Estado no se lo derriba desde un cómodo sillón con calefacción. La teoría estaba en los libros pero la práctica era en Salta como preludio a las calles de Buenos Aires. Salta costó un huevo. El entrenamiento fue duro, pero tenía un objetivo: uniformado verde que se ve, uniformado verde al que se le dispara.

Estaba más cerca del Puerto. Lo único que escuchaba además de sus pensamientos eran estruendos de bombas. Lejos y no tanto. Balas perdidas. Humo cubre el cielo porteño. No, esas nubes negras no eran el anuncio de otra tormenta. Negras por humo de autos quemados, de barricadas encendidas por toda la ciudad. Los barrios ya no eran barrios sino barricadas. Puntos estratégicos. En algunos fue más fácil. En otros no tanto. Muchos muertos.

¿Pero de esto se trataba no? Se mata por ideas y por convicción Revolucionaria. Y al que no le gusta o no toma las armas, se lo pasa por las mismas. Los grises ya costaron muchas vidas propias. La cabeza de Mendoza en efervecencia mientras corre desesperado. Hasta que por fin, divisa espaldas conocidas, parapetadas atrás de un colectivo 24 ya oxidado. Un alivio, una pequeña esperanza después de haber perdido a Quiroga, ése amigo del CBC que le acercó a sus manos por primera vez esa preciada versión de El Anticristo…

Sanguinetti, Calabria, Grosso y Estévez. No eran centro delanteros y volantes de un equipo del Ascenso. Eran un pequeño reducto de los compañeros de formación e instrucción que había conocido en Cafayate; en La Bodega San Ernesto –nombre con ineludible referencia al Che– que era una más de las principales empresas de cabecera que la Dirección del Ejército del Pueblo había adquirido.

Banco CentralLuego de años de rotundos fracasos o proyectos inconclusos buscando fortalecer un movimiento revolucionario y programático desde las bases estudiantiles y obreras en algunas pequeñas fábricas, la Dirección entendió que era necesario encarar a las bases desde otro lugar. Rompiendo con las propuestas de Marx y Gramsci entre otros, era necesario establecerse, pero desde arriba, y de esa forma bajar las consignas, la formación, la instrucción. Con financiamiento de Cuba, Venezuela, Bolivia y Rusia; se conformó una Sociedad Anónima que, con perfil bajo, comenzó operando en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires. Contra todas las propuestas históricas y filosóficas que habían sido discutidas durante décadas, era momento de ganarle al capitalismo desde el capitalismo. Comprar y multiplicar acciones, adquirir pequeñas empresas, reinvertir y luego sí, el paso fundamental: grandes y potenciales empresas en rubros diversificados, y en zonas alejadas del país. Luxemburgo S.A logró entonces ser propietaria de una metalúrgica en la zona del Gran Rosario, una cementera en las afueras de Olavarría (aprovechando un sospechoso quiebre de Loma Negra que dejó miles de trabajadores en la calle), madereras en la zona de Machagai, Chaco; una planta azucarera en Tucumán y la bodega San Ernesto, de vinos boutique en la zona productiva vitivinícola salteña.

De día y a la vista del decadente mundo empresarial, eran negocios prósperos de una empresa poco conocida, manejados por dos jóvenes economistas. Ni más ni menos que una pantalla. A contra turno, intercalándose, los Directorios de todas las empresas eran cuadros del EDP. Profesionales universitarios, ex militantes de base y barriales. Todos con amplia formación y experiencia. Se formaba a los obreros. Marx, Lenin, Guevara, Gramsci, Ho Chi Minh, Mao, Fidel Castro, Stalin. Sun Tzu y varios teóricos y prácticos revolucionarios. Entrenamiento militar. Guerrilla. Táctica y estrategia. Guerra de trincheras y guerra de posiciones. Pero de la teoría a la práctica, con armas. Las empresas de Luxemburgo S.A. eran pantomimas. Producir y vender, sí. Entrar en el juego del capitalismo. Pero para aumentar ganancias, comprar el arsenal necesario, sostener a las familias. La gran pantalla funcionaba a la perfección. La creación de nuevos y cientos de puestos de trabajo era el mejor mecanismo para reclutar a las poblaciones más castigadas, excluidas y empobrecidas del país. Pequeños trabajadores y jornaleros rurales, changarines crónicos expulsados de las grandes ciudades o de los campos. Todos fueron a parar a las empresas. Todos engrosaron las filas del EDP. Para cualquier excluido del sistema, un puesto de trabajo próspero y empuñar un fusil para derribar la opresión del Estado era una propuesta más que tentadora. Finalmente las clases subalternas veían un horizonte posible, una perspectiva de cambio.

En ese contexto, en esa bodega se había conocido Mendoza con el resto. No había sido fácil dar con ellos. Se los citó en forma separada y para moverse, con sigilo, desde sus lugares de origen hasta Tafí del Valle, punto de reunión previo a pasar a una semi clandestinidad en Cafayate, Salta

Calabria se había destacado dentro de este pequeño grupo. Como su apellido lo indicaba, era descendiente de calabreses que habían huido de Mussolini por ser sospechados –no erróneamente- de agitadores callejeros pertenecientes a la resistencia partisana. El barco los había depositado en el puerto de Buenos Aires y de ahí sin escalas a Lules, Tucumán. Calabria padre, ya primera generación argentina, hizo honor a su familia. Durante lo que se conoció como el Operativo Independencia, en el campo de cañas de azúcar en el monte tucumano que la familia Calabria trabajaba normalmente, se ocultaba bajo pastizales armamento para el PRT-ERP. Calabria hijo se había criado entre guerrilleros clandestinos, ayudando a limpiar y esconder fusiles. Cebaba mates a guerrilleros que planeaba la ofensiva revolucionaria desde el monte tucumano, con tan solo 15 años. No era casual entonces que se haya destacado como docente en las clases de Formación Política que funcionaba para los obreros los sábados por la mañana en Bodega San Ernesto. Lo llevaba en la sangre. Odiaba al Estado por naturaleza. Recibía a sus alumnos todos los sábados con una frase de Frantz Fanon, destacada en Los Condenados de la Tierra: “En el momento de impotencia, la locura homicida es el inconsciente colectivo de los colononizados”.

Aquel Calabria cuyos abuelos habían desembarcado en el puerto porteño huyendo del Duce, ahora comandaba un pequeño grupo de nuevos revolucionarios. Les notificaron por radiotransmisor (tecnología ya antigua pero que paradójicamente seguía siendo inmune a interferencias de la SIDE) que Casa Amarilla había sido recuperada nuevamente. Era la estación previa al Puerto.

Ahí había que llegar con vida.

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Alan Ulacia

Alan Ulacia

Alan Martín Ulacia (1986) nació en Argentina, en el porteño barrio de Caballito. Es Licenciado en Ciencia Política (UBA), con una formación especializada en Filosofía Política. Trabajó como colaborador en diversas publicaciones y proyectos periodísticos: Diario Tiempo Argentino, plazademayo.com, Revista Devenir, elidentikit.com, entre otros. La ciudad imposible (2014), editado por Milena Cacerola, es su primer libro de crónicas y ensayos.
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