Porno, parte 2: entretenimiento adulto, Internet y cultura misógina

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Con disculpas por el retraso, llega la segunda parte del informe de LaBroken sobre pornografía e Internet. Agradecemos a los lectores que se tomaron el tiempo de superar pudores y responder la encuesta lanzada en la primer parte. Al final del texto se incluyen en su totalidad los resultados para que cada uno saque sus propias conclusiones, y se sientan un poco menos solos en sus prácticas amatorias.

El glamour del porno

La visita a la Argentina de la estrella porno Esperanza Gómez, documentada en medios varios y entrevistas con Susana Giménez y Alejandro Fantino, es un ejemplo de una persistente visión glamorosa de la pornografía en el sentido común. La pornstar declaró a La Nación que “ser una estrella porno es una fantasía para mi pareja y para mí”, y aseguró que el uso de viagra en las filmaciones es innecesario porque “la gente que está en el medio realmente disfruta lo que hacen”. Más de la misma manera que para saber qué pasa en un salón de eventos no basta con observar la fiesta sobre la pista, sino que hay que bajar a la cocina, es necesario ver tras bambalinas para dimensionar las prácticas de la industria y sus vicisitudes.

El documental “After Porn Ends” relata en tono franco las dificultades de una vida luego de ser parte de la industria pornográfica. Un acierto es presentar un amplio abanico de testimonios que demuestran que no existe un destino cierto para las actrices y los actores porno retirados: los desenlaces van desde mujeres que logran ingresar exitosamente en el mundo intelectual y universitario, a otras que terminaron en la ruina a pesar de ganar miles de dólares durante sus años de actividad. Sólo una certeza es clara, y es que la experiencia es una mancha que no se borra a ojos de la sociedad. Por esa misma razón, hay un alto grado de reincidencia de las actrices retiradas, quienes encuentran dificultad para insertarse en el mundo laboral de otra manera.

Pero tanto las protagonistas de “After Porn Ends” como Esperanza Gómez pertenecen a la categoría de pornstar. Sólo un puñado de mujeres logra sortear los caprichos del mercado y convertirse en parte de esta elite. Jill Bauer y Ronna Gradus retratan en su film “Hot Girl Wanted”, que citamos en la nota anterior, el destino de aquellas que no pueden romper esta barrera y cuya experiencia en el porno es otra. El relato documental se concentra en el advenimiento de la pro-am (neologismo que amalgama profesional y amateur), la nueva figura en el centro en la industria pornográfica.

Esa explosión de información que es hoy Internet significa también una mayor demanda de producción y variedad de videos porno, o sea, de mujeres que actúen en ellos. Las productoras norteamericanas, afincadas en su mayoría en Miami, satisfacen la demanda mediante un flujo incesante de jóvenes que prueban suerte en la industria. Muchas son oriundas de pequeñas ciudades del interior de Estados Unidos que escapan con 18 años recién cumplidos de sus casas con sueños de fama. El estilo de vida es prometedor, ofreciendo un vuelo gratuito, alrededor de novecientos dólares por escena y sólo dos tardes de trabajo por semana.

Rápidamente descubren las contraindicaciones ocultas en la letra chica. Cada escena de treinta minutos, el estándar de los videos online, demanda por lo menos cinco horas de filmación continua, lo cual puede acarrear secuelas médicas. En el documental se captura cómo deben presentarse ya preparadas al set, saliendo el vestuario de sus bolsillos. Pero por sobre todo, la “vida útil” que les espera dentro de la industria es muy corta.

Las productoras norteamericanas, afincadas en su mayoría en Miami, satisfacen la demanda mediante un flujo incesante de jóvenes que prueban suerte en la industria.

El mayor valor es la novedad, por lo que salvo que se convierta en un “fenómeno viral” cada actriz puede esperar trabajar dos o tres veces máximo con cada productora. Un actor entrevistado estima que será de entre tres y seis meses, un año como mucho, el tiempo que estas mujeres conseguirán trabajo. Luego de ese punto se le demandará que participe en escenas que trasgredían progresivamente más límites, sea sexo grupal, sodomización, etc.

Si esta descripción del trabajo suena a capitalismo salvaje y precarización laboral, es porque lo es. De hecho, la industria (tradicionalmente afincada en el valle de San Fernando) migró hacia Miami debido a las crecientes regulaciones laborales que el estado de California ponía sobre ellas. Siendo la mayor de ellas la obligación legal de filmar escenas de penetración con preservativo.

Una gramática del porno

Esperanza Gómez, en su charla con Fantino, valida el valor social de su trabajo otorgándole una cualidad pedagógica. “El porno ha enseñado a la gente a tener sexo”, se enorgullece la pornstar. “Alguien me dijo que aprendió a tener sexo con su esposa mirando mis videos, porque no sabía cómo manejarla”. El agente de actrices amateur en “Hot Girls Wanted” refuerza esta impresión cuando afirma que el porno actual “vende porque la gente piensa que [los videos] son verdaderos”.

Los resultados de la encuesta lanzada desde este portal, en la primera parte de esta nota, tienden a corroborar estos dichos. Sobre la base de cien encuestas completadas voluntariamente, nuestra base de datos se concentra en el grupo etáreo de alrededor de los 30 años, con una proporción de dos varones por cada mujer. En cuanto al consumo de porno, un 11% afirma ver videos diariamente, y de agregar a quienes consumen varias veces por semana y por mes (más el 6% de “Otros” que caen en alguna de estas dos categorías) el porcentaje asciende a 67%. Previsiblemente, la elección de plataforma es abrumadoramente inclinada por Internet, concentrando un 90% de los encuestados.

Las preguntas, “¿Cómo maneja el consumo de pornografía en relación con su pareja?”, y “¿Alguna vez sintió vergüenza por consumir pornografía?”, devuelven opiniones divididas, aunque inclinándose la balanza hacia las repuestas que denotan una aceptación del consumo de la pornografía en torno a pares. En lo referente a la asociación entre vida sexual y pornografía, los datos son coincidentes con nuestra hipótesis y los dichos de la pornstar: un 43% reconoce que sus fantasías se asemejan a pornografía que han consumido, a lo que se podría sumar el 13% que optó por la opción “Otro”, aclarando mayormente “A veces sí, a veces no”. El 68% admite haber imitado actos o actitudes que vio en videos pornográficos, sumándose el 5% de “Otro”, quienes también lo reconocen pero aclaran la circunstancias. Por último, aproximadamente uno de cada tres encuestados informa que ha registrado un acto sexual con su participación mediante filmación o fotografía.

Sobre la base de cien encuestas completadas voluntariamente, nuestra base de datos se concentra en el grupo etáreo de alrededor de los 30 años, con una proporción de dos varones por cada mujer.

La última pregunta abierta, girando en torno a la relación de cada uno con la pornografía, da señal de una pluralidad de experiencias. Algunos predican la crítica y el rechazo, otros se reconocen indemnes ante sus efectos. Una idea recurrente que recorre una porción significativa de las encuestas es el impacto positivo que ha tenido el consumo de pornografía, como un condimento a la vida sexual y un más que valido insumo a la hora de derribar tabúes autoimpuestos. Sin embargo, si creemos a las cineastas Jill Bauer y Ronna Gradus cuando cuantifican que el 40% del porno online muestra violencia contra la mujer, nos lleva a reflexionar sobre nuestros consumos y prácticas.

Una relevamiento del material producido por las compañías norteamericanas más populares que dominan la pornografía mainstream (como NaughtyAmerica, BangBros, Brazzers, MOFOS, etc.), devela una gramática básica del acto sexual como es representado en un video pornográfico actual. Primero la mujer, luego o antes de desnudarse, realiza una fellatio al hombre. En los últimos años se ha vuelto práctica difundida la “garganta profunda”, en la cual el hombre fuerza su camino llegando a la garganta de la mujer provocándole arcadas. Luego se suceden diferentes posiciones, entre las que se incluye el sexo anal. Sobre esta forma básica existen variaciones. En ocasiones se incluye cunnilingus, o se subraya alguna parte en especial del acto si se apunta a un fetiche específico (sea acerca de los pies, los pechos, anal, etc.). Todas las variaciones siempre giran en torno al placer del hombre; por ende, el final sin excepciones es la eyaculación masculina. No existe lugar para el orgasmo femenino, con la excepción de los videos que contienen squirting. Las demostraciones de placer de la mujer sólo existen como apelación al hombre, testimonio de su proeza viril.

Si esta descripción del trabajo suena a capitalismo salvaje y precarización laboral, es porque lo es.

Esta gramática general está presente en toda la producción mainstream, la cual se puede dividir en dos grandes categorías: la primera, la pornografía que incorpora un ligero guión, maquillaje, iluminación y otros recursos de la cinematografía profesional. Aquí el pacto de suspensión de la incredulidad opera similar al de una película no pornográfica, donde el espectador empatiza con los personajes presentes en la pantalla como una entidad separada a él. Una cantidad de estos videos usan técnicas de grabación digital sin agregados para crear una impresión similar al género del found footage.

Pero en la segunda categoría, los videos con pro-am, la empatía opera de manera más directa. No se construye personajes con los cuales empatizar. El espectador asume que la mujer es ella misma, y el actor porno ya no es un plomero o un repartidor de pizza. Es simplemente un avatar sobre el cual se espera se proyecte el espectador masculino. La primera persona en muchos de estos videos es exacerbada mediante el recurso de filmarla desde la perspectiva de los ojos del hombre, posibilitado debido a los avances tecnológicos que han reducido significativamente el tamaño de los instrumentos de rodaje.

En los videos pro-am la ficción se presenta como realidad. Usualmente, el primer tercio del video está dedicado al acercamiento predatorio del actor porno\camarógrafo a la mujer. Este acercamiento puede ser en la calle, en un taxi (FakeTaxi) y en las infames camionetas polarizadas (BangBros, Bang Bus, etc). Se incurre ocasionalmente en escenarios de violación, pero la mayoría de las veces el acto es consumado mediante engaños y dinero. El subtexto construido es que con suficiente insistencia toda mujer es, en esencia, o una prostituta que accede a tener sexo a cambio de dinero, o una ninfómana que ante el menor estímulo accederá a la penetración sin mediar razón o sentimiento. Esta mitología se desnuda como un sentido común misógino, en el cual el “no” de la mujer no es una respuesta negativa sino una herramienta de negociación o una forma de juego previo al acto sexual.

Navegar a través del portal “Poringa!” nos permite comprobar la gran cantidad de videos amateur que se encuentran linkeados, muchos de los cuales reinciden en esta gramática pornográfica. Una entrevista radial otorgada en ocasión de su reciente charla TEDxRíodelaPlata 2015, la reconocida socióloga Inés Hercovich introdujo la noción que el acto de la violencia contra la mujer es una demostración de poder, pero no sólo del hombre sobre la mujer, sino del hombre sobre otros hombres.

La difusión de estos videos pornográficos amateurs cargados de actitudes misóginas parece ser la comprobación de esta teoría. Los participantes masculinos a menudo giran la cámara para saludar o, en actitudes de prepotencia, haciendo del interlocutor del video no la persona con la cual están teniendo sexo sino el futuro espectador (masculino). En el acto de filmar la relación sexual en estos términos, la mujer cumple la función de objeto que se muestra, y mediante el cual se busca obtener placer con el fin de mostrarlo a terceros.

Una cultura de la violación

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La gramática del porno puede influir la forma en que tenemos sexo, pero estos elementos son, a su vez, parte de una cultura mayor, que en los Estados Unidos se denomina rape culture o cultura de la violación. La excelente y galardonada nota de Federico Polleri sobre pornografía en Revista Ajo hace el mismo salto, conectando pornografía con una cultura misógina más general de la cual somos parte, y cuyos preceptos tácitos influyen todas nuestras interacciones con el sexo opuesto.

Este tema, sólo recientemente ha sido introducido en la agenda política local a partir de la controversia que suscitan los certámenes de baile televisados por Tinelli, entre otros programas. La discusión alcanzó una escala institucional en 2013, ante el pedido de una ONG para que se removiera del aire el sketch de “la nena”, parte del programa Pone a Francella.

Más allá del “aquadance” y el humor “pícaro”, este debate debe ser sostenido desde el Estado, pero por sobre todo en la misma sociedad. Lo que está en juego no es el horario de protección al menor sino la formas en que nuestra cultura concibe los géneros y naturaliza sus roles. Esta denuncia por reflexión no debe ser interpretada en asociaciones facilistas. No todo quien consuma pornografía se convertirá en un violador, ni saldrá a tentar mujeres al azar con un fajo de dinero arriba de una Partner. Pero este consumo puede influenciar, como nuestra sucinta investigación y encuesta indica, la forma de practicar sexo asimilando, de manera consciente o no, nuestra satisfacción sexual a cuanto se parece nuestro acto a la escena que está en la pantalla.

A un nivel más profundo, abona lugares comunes y prejuicios que ya de por sí son omnipresentes en nuestra sociedad, reforzando una manera particular de entablar una relación y pensar a las mujeres. Todos nos divertimos con las llamadas de las oyentes del sexo femenino a Basta de Todo en Radio Metro (empezando por las mujeres que llaman), pero es hora de pensar cuál es la cuestión de fondo de nuestros chistes: ¿Producimos una cultura que limita a una mujer a determinados roles, naturalizando y reproduciendo lugares comunes poco felices?

Otro porno

Si la pregunta por una alternativa a la hegemónica cultura de la violación excede sobradamente el alcance de este artículo, nos permitiremos cerrar con un interrogante acorde a nuestro objeto de interpelación: ¿Es posible otro porno?

Desde fines de los ochenta, esta es una meta que los intelectuales feministas, que se adscriben al movimiento post-porno, persiguen. De reciente fama local debido a la performance en la UBA, este movimiento inicia con el Manifiesto Post Porno Modernista firmado por Veronica Vera, Candida Royalle, Annie Sprinkle y Frank Moore; en lugar de negar el porno desde una postura feminista intenta resignificarlo. Esta búsqueda se traduce, por ejemplo, en producciones de cinearte que incorporan escenas pornográficas, o pornografía amateur comercializada donde los participantes son humanizados al presentarse por nombre y cantidad de tiempo que están en pareja.

¿Producimos una cultura que limita a una mujer a determinados roles, naturalizando y reproduciendo lugares comunes poco felices?

Fuera de estas iniciativas guiadas por el activismo y la teoría, hacemos bien en recordar que la pornografía es sobre todo un negocio. En estos términos, las nuevas tecnologías reseñadas en estas notas son artífices de una nueva oportunidad: la llegada de la mujer al mercado de la pornografía en calidad de consumidora. Si damos por cierta la estadística y creemos que uno de cada tres espectadores de pornografía es del sexo femenino, este viraje en el público ya está sucediendo. Lentamente, la industria pornográfica reacciona a su nuevo mercado que lo encuentra severamente impedido de pensar a la mujer como sujeto deseante.

El portal PornHub incorporó la posibilidad de etiquetar videos como FemaleFriendly, aunque según sus propias estadísticas a la hora de navegar en el sitio las mujeres prefieren los videos que contienen escenas de sexo lésbico y gay masculino

Sitios como NubileFilms o Passion HD producen videos con mayor cuidado por la fotografía y la composición, así como un tono más consensual en las relaciones sexuales que captura apuntando a ser consumidos por parejas. SweetSinner, quizá tras leer el informe del Dr. Ogas que pone ciencia al sentido común de que la mujer prefiere trama sobre satisfacción rápida en su erótica, incorpora a sus producciones mayor desarrollo de personajes y despliegue de vestuario acercándose al estilo de la novela de la tarde.

Si bien estos videos aún reproducen parcialmente, o por completo, la gramática del porno mainstream, el desarrollo de este nuevo mercado y las demandas de las mujeres como consumidoras podría ver en el futuro cercano el surgimiento de una pornografía específica para ellas, o incluso una que contemple a los dos géneros a la hora de la satisfacción.

A medida que el desarrollo de las tecnologías continúa sacando a la pornografía de oscuros callejones y cines de mala muerte para ponerla en nuestros livings y teléfonos, se abre la posibilidad de cambio. Tanto en regulaciones laborales para los trabajadores de la industria pornográfica, como para el producto en sí. Si en algunos países se prohíbe que programas infantiles muestren el acto de fumar con fines pedagógicos, ¿por qué no instituir que toda escena de sexo explicito inicie con el actor poniéndose un preservativo y su pareja demandándolo? Ciertamente el ejemplo hace falta.

Si la pornografía tiene tanto efecto sobre nuestro imaginario y práctica sexual es porque aún hoy sigue siendo un tema que no se habla en la mesa familiar. Reduciendo toda nuestra educación acerca de sexo, como acto reproductivo pero especialmente de placer, a videos de Internet. Si todo sale bien, quizá en unos años este video ya no nos cause gracia.

Resultados sobre un total de 100 encuestados

*La opción Impreso no fue escogido en ninguna encuesta y por ello no aparece representado en el gráfico.

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