#NiunaMenos: No estamos solas

niunamenos-marchaLa sabiduría de cafetín alardea que Dios atiende en Buenos Aires, pero esta vez los ojos y los pies de LaBrokenFace estuvieron en La Plata. En una crónica compartida, tres mujeres platenses escriben (debaten, opinan) acerca de aquello que vieron y sintieron desde dentro de la marcha por el #niunamenos del 3 de junio, que recorrió la ciudad de las diagonales.

Lucia Uncal Scotti: Nadie supo bien quién convocaba y ni cómo empezó la movida, pero igual nos encontramos. Fue multitudinario, y a la vez muy íntimo. Familia, novio, amigo/as, compañero/as de la facultad, todos yendo juntos. Y alrededor de lo familiar, mujeres y hombres a la par, conmemorando, cantando, aplaudiendo, con las pancartas caseras. Distintos gritos de lucha.

Florencia Castells: Esperaba encontrarme con mis conocidos del mundo facultativobarramilitante. Sin embargo, no vi tantas caras, sólo se vislumbraba la multitud y sus banderas. Plaza Moreno, la catedral nos miraba silenciosa. Observé los colores del Miles y me sorprendieron. Hacía mucho que no compartía una marcha con ellos ¿Alguna vez la había compartido? La previa de la marcha nos congregaba, a la expectativa de la expectativa que se había generado. Las fotos, como en todo evento, comenzaban a ser las protagonistas. Muchos sacaron a pasear sus pequeños y no tan pequeños tesoros de la fotografía. No los culpo, yo también lo hubiera hecho.

Victoria González Márquez: El miércoles pasado marché junto a amigas y amigos, junto a conocidos y desconocidos, junto a bebés, nenes, señores canosos y señoras con saco y cartera, y chicas jóvenes con pasamontaña y en corpiño. Una mezcla de alegría y bronca, de colores, olores, sonidos. Gente de posturas políticas prácticamente irreconciliables marchando codo a codo.

Florencia: Cuando nos quisimos acordar empezó el movimiento, la ya natural peregrinación hacia el microcentro platense y luego hacia la plaza San Martín había comenzado. Decidimos que había que ponerse detrás de una bandera, porque si no íbamos a terminar marchando en la soledad del coletazo final. “Estas lo tienen más practicado que en el Bailando”, me dice un amigo mirando para atrás donde estaban las chicas producidas para la marcha, coreando una canción que pretendía rimar con “feminista”, y sosteniendo unas letras gigantes y rosas que anunciaban la consigna #niunamenos ¿Aparecerá en los libros de historia el slogan?

Lucia: Lo mejor fue enterarse de esas personas que fueron, de aquellos conocidos que nunca pensaste que iban a estar ahí. Sentirlos un poco más cerca. Para eso sirvió, no sentirnos solas (ni solos). Entender que esto no es “una histeriqueada feminista”, abrir la puerta para entender que el feminismo no es una mala palabra. Pero ¿Es útil pensar el #niunamenos si finalmente tenés de “aliado” en la causa a Berni o a Tinelli? ¿Si entre los anónimos que posan con el cartel están los estereotipos del machismo: la “minita” y el “machito”. Muchos han dicho, “nos deja el debate”.

Es verdad, debatir hace bien. Escuchamos voces que antes nunca, personas que no suelen manifestarse lo hacen. Pone en el lugar de las mujeres a muchos (y a muchas las pone en otro lugar como mujeres….). Nos hace ser más democráticos. Pero los debates deben tener un sentido. Tienen que hacernos chocar contra nuestra realidad, hacer pensar las cosas de otra manera. Si nos quedamos en exponer nuestra opinión, comentar más o menos el tema, no cierra del todo el para qué sirvió.

En el momento en que el #niunamenos se volvió lo políticamente correcto, se perdió un poco. Es fácil posicionarse así ¿Cómo vas a estar a favor de que maten mujeres? La pregunta de fondo es hasta dónde nos permitimos llevar el debate, dónde está nuestro “basta” ¿Nos detenemos en la discusión sobre la transfobia o sobre el aborto? ¿Ponemos en tela de juicio a “modales” tradicionales, como no dejar pagar a la mujer o la división tajante entre las “cosas para nene” y las “cosas para nena”? Esas son las pequeñas y grandes cosas que deben ponerse sobre la mesa ahora, avanzando para desnaturalizar.

Victoria: Me resulta difícil hacer una apreciación certera de la convocatoria, la subjetividad es inevitable:mi propia biografía se entreteje con la de todas esas personas, afectando mis motivaciones y percepciones. Por ejemplo, cuando yo tenía once años un tipo se me acercó por la espalda en la calle, me puso algo punzante en el cuello y exigió que caminara abrazada a él. Recuerdo haber quedado completamente paralizada, no animarme a gritar. Se agolparon en mi mente un montón de historias que había escuchado en casa, sobre las mujeres de mi familia, sobre amigas y conocidas. A una, la amenazaron con un cuchillo. “¡No grites!” Gritó igual. Un vecino escuchó, prendió una luz y el agresor se fue corriendo. A otra, un amigo de la familia la manoseó impunemente y ella debió convivir con la impotencia de seguir viendo a su abusador en las reuniones familiares. Una tercera se estaba recuperando de un cáncer, había perdido todo el pelo y usaba una peluca que se le desprendió de la cabeza en medio de un forcejeo, dejando tan desconcertado al agresor que le dio la oportunidad de escapar. Por alguna razón, recordar esas historias me ayudó a reaccionar, pegar un codazo en el momento oportuno y salir corriendo.

Este tejido de experiencias personales, que no llegaron al titular de ningún diario, hicieron personal mi apoyo al #niunamenos. Lo que me pasó ni siquiera fue acá. Fue en España, en un barrio residencial en las afueras de Madrid a las diez de la mañana. Yo estaba de pantalón y remera. Parecen datos triviales, pero rompen con el imaginario del “¿y qué hacía a esas horas y por ese barrio? ¿y con esa pollerita?”. La violencia contra las mujeres está ahí y trasciende fronteras y clases sociales. No terminar en una bolsa de basura y no estar registrada como parte de una estadística no significa que no te enfrentes día a día con ella. En sus formas más sutiles o groseras.

Florencia: Cuando mi posición periférica en la marcha me imponía caminar sobre el borde de la columna, por momentos caminando sobre la rambla del boulevard, debo admitir que extrañé mis épocas de militancias. Saltar, corear y sentir el frenesí que el desorden de la normalidad otorga un momento así. Sin embargo, era extraño. No alcancé a sentir la algarabía juvenil que he sentido en las marchas del 24, de López y aquella inolvidable, por la muerte de Mariano Ferreyra. No sé si fue por participar desde otro lugar o qué. Se olía a respeto y a apertura bautismal. Hasta el “poder popular” sonaba flojo.

Victoria: No cuadro con el identikit de la “feminazi” del troll machista promedio de internet. Soy una piba de veinticinco años, clase media, con un historial casi nulo de militancia activa, blanca, cis, hetero, casada. Pero incluso menos que yo cuadraban con el estereotipo de “feminazi” las señoras de tacos y cartera o el importante número de hombres que había en la marcha. Con esto no pretendo ningunear a la militante de una agrupación feminista que se rapa la cabeza y va a la marcha en tetas y pasamontaña con las consignas pintadas en su cuerpo. En su momento, las sufragistas también fueron vilipendiadas y ridiculizadas aunque el término “feminazi” todavía no se hubiera inventado. Pero llegó el momento en que el debate se volvió tan ineludible y movilizó tanto a la sociedad que incluso los más reticentes, los que consideraban una verdadera locura el voto femenino, no tuvieron más remedio que aceptarlo. Es justamente la diversidad y masividad la que nos permite visibilizar un problema no sólo como una bandera de un sector particular sino como un reclamo de una parte mucho más generalizada de nuestra sociedad.

Lucia: Yo también tengo actitudes machistas. Intento hacerlas concientes, cambiarlas, discutirlas conmigo misma y con otros. Soy feminista casi de bronca. Por las veces que me acosaron en la calle, las que me sentí fea por no llegar a un estándar arbitrario, por las veces que juzgué a otra mujer. Por las ocasiones en que sentí crecer un abismo con mis amigos sólo porque ellos eran varones y yo mujer. Y, sobre todo, porque entendí que esto no me pasa a mi sola. Esa es mi visión del feminismo, los invito a pensar la suya. Pensar las situaciones en que ser mujer, hombre, trans, intersex, travesti, les hizo tener menos libertad y por qué. El feminismo tiene muchas verdades incómodas que hay que escuchar.

niunamenosFlorencia: En un momento, me encontré marchando junto a una señora que tenía puesto un tapado muy bien terminado y el pelo de peluquería. Me alegré de haber podido compartir ese momento con ella. El tradicional contraste entre la muchedumbre en cánticos y los locales comerciales de calle 8 se hizo patente. Ese momento en el que los comerciantes y empleados salen a los escaloncitos de los locales a ver qué le pasa. Marcha tras otra he comprobado cómo me atraen esas miradas inquietadas ante el carnavalesco paisaje. Una pareja muy prolija recortada contra el paisaje blanco y metalizado de la vidriera, y al fondo, el multicolor que pasaba marchando. La mirada de la señora, lo tengo que decir, teñida de rubio, luchaba por no escapar del reloj en el escaparate, su objeto de deseo inmediato.

Un padre y sus dos hijos púberes observan notebooks en Frávega, mientras las marchantes sacudían la palma de sus manos contra la boca semiabierta, imitando el mejor estereotipo de bruja cachavacha. Fugazmente, la hija mujer cruza curiosas miradas con ese gentío. Para mí, es una de las nuestras.

Lucia: Estamos ante dos momentos. El primero es urgente, el de la violencia de género más vívida, la violencia del hombre que cree que la mujer le pertenece. La violencia que mata y viola, que debe ser juzgada y prevenida. El segundo momento nos invita a pensarnos a nosotros, quienes no estamos inmersos en relaciones de violencia de género ¿Estamos lejos del problema? Es hora de pensarnos responsables del machismo. Partamos de cuestionar la princesita indefensa, que se sienta a esperar a un príncipe que nunca eligió pero que la va a salvar, para terminar viviendo felices y comiendo perdices ¿Qué pasa cuando el príncipe es maltratador? ¿Cuándo siente celos? ¿Cuándo la princesita no se piensa más allá de ser “la mujer de”?

Nos sentimos débiles porque todo el tiempo nos recuerdan lo fácil que es violarnos y matarnos. Nos dicen que esos son “loquitos”, pero sabemos que puede ser cualquier hombre. No porque todos los hombres sean violadores, sino porque esos eran hombres “comunes”. Porque el que nunca se cagó a trompadas es cagón, y el que nunca “apoyó” a una mujer en el colectivo o en el buffet del colegio es un pelotudo. O peor, un puto.

Florencia: Luego del pasaje por calle 8, la plaza ya se veía inminente. Luego de bordearla, la columna se estancó. Eso fue todo.

Lucia: Esta fue una marcha que surgió por un problema terrible, triste, doloroso: la muerte de una mujer cada treinta horas de la mano de un hombre que creyó ser su dueño. Sin embargo, se vivió una especie de algarabía tímida, una alegría de alivio. Creo que fue el encuentro, saber que por fin esa desesperación paralizante, esa bronca, ese ardor en la panza no lo teníamos nosotras solas mirando el noticiero en casa o la foto de la chica desaparecida en Facebook, o viviendo la violencia en casa, en la calle, en nuestros espacios cotidianos. Por fin el grito mudo dejó de ser pensado como una exageración, y tomó el rol de la acción. Una acción que debe acompañar el trabajo que ya vienen haciendo las ONG’S, las familias de las víctimas y los colectivos feministas, muchas veces sin ayuda del Estado. El problema es bien profundo, y así como dijimos #niunamenos, tenemos que pensar cómo atacar sus raíces.

Victoria: Habrá que ver qué sucede después de esto. En los pocos días que pasaron desde la marcha hubo noticias relacionadas con el tema, como la del registro de femicidios. Está la postura de que es pura espuma, que se hace para calmar los ánimos después de la marcha. Que después va a quedar en la nada… Pero la verdad, hoy por hoy me quedo con el optimismo. Que una moda en las redes sociales, quizás poco profunda, haya impuesto agenda política. Que personajes siniestros hayan tenido que recurrir al maquillaje de lo políticamente correcto para no poner en juego su reputación o su popularidad no le quita mérito, en mi opinión, a lo que se logró. Es un síntoma de cambio.

Florencia: Al otro día, me despierto sintiendo que me quedaron las ganas de una lectura final y confraternal de alguna mina con mucha garra. Pero me reconforta pensar que quedó un horizonte de diálogo e intercambio. Unas horas después, un debate en el trabajo concluye que “las mujeres son más charlatanas”. Me devuelve al presente, tan áspero y cruel, pero siempre abierto a la posibilidad.

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Obtuvo su Doctorado de Periodismo en Crisis en la realidad (y un poco en la ficción). Actualmente trabaja en condiciones de sobre-explotación, para un grupo de periodistas renegados.
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