Mi papá no me enseño a jugar a la pelota

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Crónica de un recorrido por la masculinidad y la cultura popular. La discusión que ha tomado por completo a la arena de la opinión pública, y su participación en la marcha por #niunamenos sirve como detonador para una reflexión muy personal acerca del género y la masculinidad.

Por Diego Labra. Ilustración: Groger Gutiérrez.

La revolución ha muerto, y si se la escucha nombrar sale de la boca de cínicos o ciegos. La mayoría de las grandes bandas de rock ya se habían disuelto, o peor aún, envejecido, mucho antes de poder comprar una entrada para un recital. Demasiado joven para disfrutar la primavera del dólar a un peso menemista (salvo por algunos juguetes importados). Apenas tarde para la edad de oro de los presupuestos K en CONICET y la universidad, para cuando llegó mi turno en la cola la puerta se está entornando. Llegar a destiempo es una sensación recurrente, que sospecho es más bien parte de la experiencia colectiva argentina. Pero con los vientos que soplan, donde el género se discute en la cola del súper, en sobremesas y escuelas, creo que es la primera vez que deseo haber nacido un tanto después.

Género, cultura e identidad se cruzan constantemente en la configuración de nosotros mismos. En mi caso siempre he tenido una relación incomoda con mi masculinidad. Por decisión o por incapacidad no toqué mucho de los hitos de mi género asignado, y por esta razón a lo largo de mis primeros años sentí una cierta alienación en relación a mis pares. Desde siempre fui más bien tranquilo y cerebral, hecho subrayado porque me recetaron anteojos a los tres años de edad. También ordenado, prolijo, puntual, bastante temeroso, acercándome más al espectro femenino del “deber ser” genérico. Durante la primaria eso me hacía un excelente alumno y el amiguito buen ejemplo que todas las madres querían que sus hijos tuvieran. Me sentía relajado y cómodo en ese lugar, y creo eso se refleja en que era una persona más agradable y graciosa de lo que soy hoy.

Género, cultura e identidad se cruzan constantemente en la configuración de nosotros mismos. En mi caso siempre he tenido una relación incomoda con mi masculinidad.

Un psicoanalista buscaría explicaciones en mi casa, y sin duda las encontraría. Si bien mi madre era ama de casa, era claro de alguna manera que ella era quien tenía la última palabra, por lo menos en lo correspondiente a nuestra crianza. Muchas cosas estaban prohibidas. A algunas accederíamos con el paso del tiempo, como el chicle, los Simpsons y los videojuegos, pero nunca se vio demasiada televisión argentina en casa, particularmente de la variedad Porcel y Sofovich. Mi madre odiaba esos programas activamente, y siempre que podía los denostaba. Esto me dejaba en ocasiones fuera de la discusión en los recreos, sobre todo durante el furor de Brigada Cola. Cuando los nenes peleaban en el patio por quién sería el Power Ranger rojo, a mi no me importaba. Yo quería ser el azul, el miembro intelectual del equipo que usaba lentes. También mentía al decir que no miraba Sailor Moon.

La angustia empezaba cuando aparecía una pelota. Los chicos esperaban todo el día, toda la vida, para poder salir a patear un rato, pero para mi era todo lo opuesto. La enemistad por clubes, los golpes y el triunfalismo del fútbol me generaba rechazo. Pero por sobre todo lo odiaba porque nunca fui una persona muy física, y todo mi éxito en los otros ámbitos de la escuela era revertido en la canchita, donde era el último que se elegía. Salvo que hubiese algún gordo. Mi padre era un muy buen jugador me han contado, y hasta que pudo jugó un partido de papi por semana, pero por alguna razón nunca compartió ese amor conmigo. Es fácil olvidar lo integral que es a la identidad de un niño el fútbol, pero lo es. Al día de hoy, luego de entrar a un aula nueva, la primera pregunta que hacen los alumnos es ¿De qué cuadro sos?. Así el rechazo al fútbol, esa parte tan fundamental de lo que significa ser hombre en Argentina, se convirtió en el pívot sobre el que se articuló la ansiedad por mi identidad de género.

Cuando la pubertad inundó mi cuerpo con hormonas nuevas, las reglas cambiaron. Ahora, la demanda de los pares para acreditar la hombría ya no dependía sólo de tirar una gambeta y meter un gol, sino levantarte una mina. La transición preadolescente, campo fértil para la discordia, se vio empeorada por un cambio de escuela. De una privada donde los padres buscaban a sus hijos en autos con baúles llenos de juguetes, pasé a una pública donde los alumnos volvían solos caminando a su casa, transaban en la plaza. Algún repetidor aventurado, incluso, alardeaba de haber ya debutado en un prostíbulo.

Los modelos que me ofrecía la televisión, la estrella de fútbol o el argentino “canchero”, no me hablaban. Los superhéroes yankis tampoco. Fue en los alienados héroes adolescentes japoneses que encontré un anclaje para mi identidad en desarrollo.

En los bailes escolares, donde se transitaban los últimos estertores de los lentos, el cambio de tempo en la música paralizaba mis músculos con un pánico que se sentía tan real como cualquier otra enfermedad. Recuerdo envidiar, en la oscuridad de la pista y ensordecido por la voz de Ricky Martin, el rol pasivo de las chicas, que sólo debían esperar a que las sacaran a bailar ¿Por qué recaía en mi la responsabilidad de la iniciativa? ¿Por qué yo debía arriesgarme a sufrir el fracaso y la ignominia si rechazaban mi invitación? Probablemente alguna de mis compañeritas inversamente deseaba la agencia que me traumaba. Sólo una vez invité a bailar una chica. Fue un minuto poco memorable.

Los modelos que me ofrecía la televisión, la estrella de fútbol o el argentino “canchero”, no me hablaban. Los superhéroes yankis tampoco. Fue en los alienados héroes adolescentes japoneses que encontré un anclaje para mi identidad en desarrollo

Al igual que yo, tenían dificultad casi clínica para relacionarse con las mujeres, eran nerds empedernidos y sacaban excelentes notas en la escuela, azuzados por una sociedad convencidamente meritocrática. En particular Shinji Ikari y Neon Genesis Evangelion se transformaron en una obsesión.

Sí, dibujos japoneses. Los mismos que saben tener mujeres con medidas tan desproprcionadas como el tamaño de sus ojos. Al mismo tiempo, ¿Cuántos padres argentinos eran concientes mientras sus hijos miraban Card Captor Sakura en Cartoon Network que la serie incluía relaciones homosexuales tratadas con naturalidad y respeto? La industria cultural japonesa es inmensa. Produce figuras aspiracionales como Goku, pero también los protagonistas son similares a sus consumidores, que sirven como un espejo donde pensarse. Produce cantidades ingentes de animé pornográfico, pero también una serie sobre la preadolescencia de alguien que sabe que es una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre. Todo vale mientras venda, verdadero capitalismo animado.

Los años pasaron. Por mi parte logré sobrevivir el secundario sólo pisando una vez un boliche y, en ocasiones, fabulando acerca de una ficticia pérdida de la virginidad. Claro está, no fui el alma de la fiesta. Por otro lado, la cultura mainstream, que en nuestro país está compuesta por la producción importada tanto o más que por la local, comenzó a cambiar lentamente. El animé es más exitoso que nunca a nivel global, e incluso los jóvenes norteamericanos lo consumen por sobre sus propios superhéroes. Series como Los Soprano y Mad Men deconstruyeron al macho norteamericano. Una película de acción como Mad Max: Road Fury genera un debate masivo en Internet sobre el rol de la mujer en la sociedad. Sin embargo, en Argentina y el mundo rompe la taquilla Rápido y Furioso 7, que intercala autos que salen arando y peleas a trompadas con paneos al azar de culos que ni siquiera están incorporados en forma coherente a la trama.

¿Qué nos queda? Pepe Argento, que trata a la mujer y a sus hijos como idiotas, y los astros del fútbol, quienes constantemente recorren los programas de “chimentos” acusados de infieles, golpeadores, malos padres o son ridiculizados por tener sexo con una “travesti”.

Parece que todos estamos de acuerdo en lo nocivo del programa de Tinelli desde un punto de vista de género. Sin embargo, sigue siendo el programa más visto del país. Pero yendo más lejos ¿Qué otras opciones tiene un niño o adolescente que no concuerda con esos estereotipos? ¿El chico un poco más introvertido e incómodo, que no quiere crecer para ser Marcelo cortando una tanga en vivo y directo? Hoy existe Internet, pero es un lugar inmenso que sin guía desinforma más de lo que instruye. Puede, como hice yo, consumir productos culturales de otros países. Sin embargo, la mayoría de la población prefiere productos generados por su propia cultura, o que estén hablados en su idioma.

Ni siquiera existen héroes tradicionales para deconstruir. El militar es lo peor que le paso a la historia argentina, y los guerrilleros que los combatieron son victimas desaparecidas sin agencia. El policía es un corrupto que “se pone la gorra”, el peor enemigo de los sectores populares. El gaucho nunca tuvo el poder convocante del cowboy ¿Qué nos queda? Pepe Argento, que trata a la mujer y a sus hijos como idiotas, y los astros del fútbol, quienes constantemente recorren los programas de “chimentos” acusados de infieles, golpeadores, malos padres o son ridiculizados por tener sexo con una “travesti”.

Paka Paka ha llenado un espacio vital para los más chicos, pero se debe pensar en contenidos inteligentes para otras edades más allá que la didáctica de Canal Encuentro. Y estamos refiriendo a producciones estatales, cuando debería ser un espacio ocupado por la iniciativa privada. Lejos quedaron los años de El Eternauta. Incluso desde el punto empresarial no tiene sentido el vacío en el mercado, cuando a Dragon Ball le va bien en las salas, y las películas más taquilleras en nuestro país son animadas o dirigidas a un público adolescente. El dibujo más exitoso en términos de merchandising es Adventure Time, tan cargado de filosofía y personajes profundos debajo de los colores brillantes que los niños lo tendrán que volver a ver en años venideros para terminar de comprenderlo. Se debe crear una cultura que problematice la masculinidad y los roles de género, pero no una película que se exhiba dos semanas en los Espacios INCAA, o un unitario en Canal 7 que se emite a las doce de la noche, sino productos apuntados a adolescentes y concebidos con esos lenguajes. Este debate también es parte del #niunamenos. Debe sostenerse si queremos dejar de críar “machitos” que conceptualizan a las mujeres como objeto, que sólo pueden interpelarla mediante prepotencia callejera. O mismas mujeres que deseen a este estereotipo.

Con este alegato estoy lejos de suponer que hay soluciones fáciles. El género es un término complejo, cambiante. Especialmente cuando se deja de discutir en lo teórico para examinarse a sí mismo. En lo particular, después de años de angustia adolescente encontré mi lugar en la universidad, y con muchas tribulaciones logré campear el dilema sin ir al psicólogo. A los veinte, durante unos meses, sinceramente examiné mi sexualidad y contemplé alternativas. Una duda que supongo muchos han tenido pero de la cual no se puede hablar entre machos. Hoy me siento cómodo con mi piel, pero la identidad nunca es un problema cerrado. Como muchos hombres concientes del género y sus estereotipos, navego la masculinidad como aguas peligrosas. Louis C.K. lo ilustra perfectamente, cuando en su primera cita con una mujer se ve interpelado por jóvenes patoteros. La pausa en la edición sostiene la disyuntiva. Si pelea como un hombre es un idiota, pero si decide con madurez no pelear es un cobarde. Dicho de otra manera, no podés ganar.

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