Martes de revolución en Buenos Aires

Por Alan Ulacia. Ilustraciones: Groger Gutiérrez.  Tapa Enemigos del Pueblo– ¿Viste que iba a llegar el día?– dice Quiroga y se acomoda la correa del rifle.

– Calláte que viene un auto…– dice Mendoza y se apretuja contra la pared.

Humo y luces.

Buenos Aires humeante y desolada. Madrugada y agudas frenadas de llantas gastadas. Gatos reptan por debajo de autos incinerados. Disparos lejos pero cerca quiebran los nervios. Quiroga y Mendoza cubren un pasaje de San Telmo a la espera de órdenes.

– ¿Quedan cigarrillos?

– Tres creo… A ver esperá…– Mendoza se asoma.

Cincuenta y seis días de combate cambian la fisonomía de la ciudad. Hablan las armas. El país paralizado clava ojos atentos: no se sabe si socialistas, anarquistas o qué. Herederos de Marx se dicen. Han actuado. En pocos días arrasan con la Policía. Gendarmería y Prefectura resisten una semana. Ahora el Ejército. Buenos Aires violentada por un grupo armado que aún no ha explicitado intenciones.

– No viene nadie… – dice Mendoza y suspira.

– Te dije que iba a llegar. Años de bocones que nunca se animaron a nada – dice Quiroga y gesticula un cigarrillo, dale.

San Telmo desolado, los adoquines de la calle Defensa cubiertos de hollín y pólvora. El cuerpo de una mujer Gendarme picoteado por un perro. Mil fantasmas sangrantes pegan gritos gélidos que se confunden con la tibia sudestada que insiste. Y desde parlantes montados sobre camionetas rojas se escucha: “Lograr por medio de las armas lo que aquí nunca asomó: una auténtica revolución de izquierda en Argentina”. Así se escucha por la radio, fantasmal, al líder de la revuelta. Y la frase gana terreno en la cabeza de Mendoza, fiel a la causa, que sostiene el rifle, que no cierra lo ojos, está emocionado, que mira la luna.

– ¿Tenés fuego? – y Quiroga dibuja un encendedor imaginario.

– Sí, tomá. Voy a mear.

Estridentes dicen los parlantes que patrullan las calles: “Programa: 1) Reforma Agraria. 2) Creación de un Ejército del Pueblo. 3) Fomentar la Industria Pesada. 4) Desarrollo de las Energías Alternativas: turbinas eólicas y luz solar”. Buenos Aires humeante y silenciosa. Pisoteada y sin taxis, bondis, oficinas, bancos, escuelas. Evacuación masiva hacia Córdoba y Rosario. Al principio resistencia civil: como contra los ingleses. En los setentas faltó fuerza, organización, organicidad. Tres décadas perdidas, piensa Quiroga. “5) Utilización del Estado como herramienta de Liberación: gradual extinción. – dicen los parlantes- 6) Creación de Universidades Abiertas Revolucionarias que impugnen el modelo pedagógico imperante. 7) Prensa Revolucionaria: folletines, periódicos, controlar Internet”.

– El Apocalipsis parece esto, ¿no? – dice Quiroga y recuerda unas líneas de Leopoldo Lugones, un cuento que leyó de chico, “La lluvia de fuego”: “A eso de las once cayeron las primeras chispas. Una aquí, otra allá -partículas de cobre semejantes a las morcellas de un pábilo; partículas de cobre incandescente que daban en el suelo con un ruidecito de arena. El cielo seguía de igual limpidez; el rumor urbano no decrecía. Únicamente los pájaros de mi pajarera cesaron de cantar”.

– El Apocalipsis viene de Dios, esto es humano y lo hicimos nosotros.

Ráfagas de viento deforman los humos que la ciudad transpira. Los ingleses nunca se fueron, piensa Mendoza y demora su mente en San Telmo, ese San Telmo desolado y madrugado que le toca. Estamos haciendo la revolución y nada cambia, nada va a cambiar, piensa. ¿Qué pensaría mi viejo si viera lo que estoy haciendo?, piensa. Los choques más violentos se dan en el Bajo, por el control del Puerto, deberíamos irnos de acá en cuatro horas, piensa “8) Control obrero en todas las empresas – siguen los parlantes-. 9) Montar un nuevo sistema ferroviario ecuánime y federal. 10) Nunca perder la perspectiva internacionalista, América Latina es mentira”. Buenos Aires hecha un domingo de enero. Feriado apátrida. Cementerio de la Recoleta después de las seis: revolución en curso.

-¿Qué hacemos? – pregunta Mendoza.

-Vamos.

-¿Al Bajo?

– Acá no pasa nada.

Huevos, tener huevos duros. Estar dispuesto a dar la vida por una idea. Estar dispuesto a matar por una idea. Morir por una idea. Idea que tiene su origen en condiciones materiales nunca aisladas del proceso social. Transformar las condiciones materiales para transformar las ideas, piensa Mendoza. Y gritan los parlantes: “11) Mantener relaciones comerciales con Chile, Bolivia y Brasil. 12) Anexar Uruguay vía diplomática, o por las armas. 13) Romper relaciones con China, nuevo centro imperial”. Sin dominio de la Casa Rosada y el Congreso Nacional, el gobierno se debilita y las provincias pueden reclamar autonomía, piensa Mendoza mientras ve pasar a tres cuadras un tanque del Ejército. Vibran escombros y vidrios rotos en las veredas.

-¿No sentís que algo así como “la Historia” te está mirando?

-Siento que si no rajamos ya ese tanque nos liquida – dice Mendoza.

-¿No responden en la radio? Probá de nuevo…

Mendoza no duda. El sol no asoma, aún rige oscuridad clandestina. Ambos caminan con el cuerpo encorvado y atento por las galerías de Paseo Colón, hacia Retiro. Dedo sobre el gatillo. Las galerías más oscuras y coloniales de lo usual. Luces panópticas carcelarias se proyectan como faros marinos. Ambos recitan en silencioso recuerdo las palabras del líder revolucionario que ha montado su voz, que también es la propia, sobre potentes parlantes engarzados en camionetas rojas que monopolizan el espacio sonoro de la ciudad: “Un cúmulo de esperanzas truncadas fue decapitado en los 70. Objetivos revolucionarios de máxima. Sueños que valían el sacrificio: nada del posibilismo miope y reformista que reina en nuestra época, a la cual soñamos por medio de nuestra acción, ponerle fin”.

A la altura de la avenida Belgrano ven pasar una patrulla. Eligen no abrir fuego. Mendoza no duda, Quiero llegar al puerto, piensa. Estridentes ladridos de perros policía rebotan en las calles y recrean en sus mentes una sensación de huída, de éxodo. “Los sueños se han acumulado, expresando la insoportable contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción. Pero las grandes ideas necesitan poseer cuerpos, así como no todos los cuerpos poseen grandes ideas”. Mil vehículos incendiados se evaporan como incienso devoto de un dios ácrata. La ciudad ya no es ciudad, se transforma en una gigante tarima de guerra. Mendoza y Quiroga llegan a la avenida Corrientes y descansan.

Restos del Obelisco– ¿Leíste “Un enemigo del pueblo”, del noruego Henrik Ibsen? – pregunta Quiroga.

– ¿Es una novela?

– No, obra de teatro. El enemigo del pueblo es el doctor Tomás Stockman, que a diferencia del resto de los imbéciles del pueblo, tiene la razón. Las tiene todas en contra el tipo. Y lo arriesga todo, hasta el futuro de su mujer y sus hijos con tal de serse fiel. Y repite dale que dale que “el hombre más poderoso del mundo es el que está más solo”. ¿Qué te parece eso? ¿No te sentís un poco así?

– ¿Por la violencia decís? Creo que ciertas causas tienen permitida la violencia. La nuestra es un ejemplo.

–  ¿Y quién sos vos para decir por qué causas vale la pena matar y por cuáles no?

– Soy alguien dispuesto a dar la vida.

– ¿Y los Gendarmes no?

– Ellos no actúan por convicción.

– Se puede creer con toda el alma en una causa horrible.

– Es que la nuestra no es horrible… – y escuchan desde el norte, porque vienen del Puerto, mil disparos intermitentes que aniquilan el silencio: truenos con sordina.

Tener huevos papá para concretar las más grandes ideas no dudar avancen chiquitos – le dice un año atrás, en un campamento salteño, el hombre que los entrena – Corran carajo agarren el fierro que es la nuestra vos el flaquito dejáte de joder que murió en Bolivia por vos caquita corré agacháte limpiá el rifle no fumes que te saca aire el movimiento perpetuo es la clave – y ellos se nutren, forjan su carácter, la conciencia de hierro – Dispará Mendoza pegále en los huevos al milico son burgueses ellos forros del Estado dale que falta poco para operar Buenos Aires no va a ser joda y vos ahí haciéndote la japa Quiroga Mendoza firme contra el hombro la culata y respirá la puta que te parió – y la yunga salteña despliega su verdor indomable – ¿No quieren una sociedad nueva? Destruir este sistema opresivo que saca lo peor del ser humano vos Mendoza sos flojo mirá la chica Gómez tiene más huevos que vos – el líder suspira satisfecho desde una carpa, y redacta cartas – Carajo que se viene la revolución Quiroga somos nosotros olvidáte de tu novia tu casita tu coche tu mamá – pasan los días y el grupo se solidifica, son miles, el monte hierve – Hay que leer también muchachos muchachas, en Bolivia leía después de matar yanquis escribir y pensar mucho se piensa con el cuerpo en movimiento y el pingo duro.

– ¡Dale Quiroga dale, corré!

Buenos Aires desolada y humeante, fértil en historias particulares que se mezclan en una gran escena de combate. Luchar por la vida y por una idea. “14) Exponer a crítica todos los valores morales de Occidente desde 1492 – rugen los parlantes-. 15) Investigar nuevos modos de sociabilidad positiva para demostrar que Hobbes está equivocado, que por naturaleza apriorística el hombre no es lobo del hombre (Homo homini lupus) sino que su modo de ser es determinable en función del contexto histórico-social en que se despliega su forma de vida específica”. Quiroga y Mendoza corren por Paseo Colón fusiles en mano hacia el Puerto, donde refulgen relámpagos de pólvora. Dale Quiroga una pierna y la otra después mano sobre el gatillo y el alma bien aferrada al pecho inflado – y el viejo instructor Pereyra se golpea los pectorales, un año atrás, en Salta – Despierten que abrir los ojos duele como navaja sobre el párpado y la luz y el horizonte de lo posible al alcance de la mano, boludos.

La ciudad de Buenos Aires ocupada hace cincuenta y seis días por un grupo armado que se proclama revolucionario. La población emigra al conurbano, Córdoba y Rosario.

– ¿Ibsen… me dijiste entonces? – dice Mendoza al trote, la voz agitada, el Puerto y las bombas cerca.

– Sí, mañana la buscamos en alguna biblioteca. “Un enemigo del pue…” – ve venir la flecha de luz, aguda quemazón en la garganta, cae inerte.

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Alan Ulacia

Alan Ulacia

Alan Martín Ulacia (1986) nació en Argentina, en el porteño barrio de Caballito. Es Licenciado en Ciencia Política (UBA), con una formación especializada en Filosofía Política. Trabajó como colaborador en diversas publicaciones y proyectos periodísticos: Diario Tiempo Argentino, plazademayo.com, Revista Devenir, elidentikit.com, entre otros. La ciudad imposible (2014), editado por Milena Cacerola, es su primer libro de crónicas y ensayos.
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