Malaysia Airlines: la falla de las Máquinas

Maylasia - MH370

Malaysia Airlines – MH370

LBF reflexiona acerca del avión desaparecido que es noticia mundial hace más de dos semanas. El rol de los medios y una crítica al discurso científico.

Por Alan Ulacia. Ilustraciones: Groger Gutiérrez.

El 8 de marzo la noticia de un avión desaparecido recorre el mundo y se instala como tema de interés durante casi 20 días. Malaysia Airlines, vuelo MH 370, 239 personas a bordo. La información y las hipótesis sobre el fenómeno se multiplican a escala planetaria y ocupan un lugar central en los medios de comunicación. El 24 de marzo la voz del primer ministro de Malasia, Mohd Najib Tun Razak, confirma mediante rueda de prensa que, según una investigación de pionera tecnología, realizada por una empresa inglesa asociada a la aerolínea, el avión cae en el Océano Índico, a miles de kilómetros de cualquier pista de aterrizaje.

Esto supone además de la trágica dimensión que toma el caso y del indescriptible dolor de los familiares de ser esta versión cierta, sumado a la angustia que supone el drama del cuerpo desaparecido (tan caro a nosotros argentinos…), un quiebre en un proceso de retroalimentación que se dio entre, para simplificar: “los medios” y “la opinión pública”. Proceso quizá aún no concluido, pero en fin, nítido al expresar una dinámica bajo la cual sostendremos subyacen problemas filosóficos que hablan de un modo específico de pensamiento que rige la época; y a la vez, quizá, ilumina otros.

¿Por qué genera tanto interés un caso así? ¿Por qué no tanto las miles de muertes, cuantitativamente superiores, ocurridas todos los días y en todo el mundo, por las más variadas causas climáticas, criminales, bélicas? Descontando el factor morbo” que los grandes medios siempre se cuidan de incluir en su menú, la palabra clave es misterio.

¿Y de qué trata este misterio? ¿Que ámbito afectó el enigmático halo de lo misterioso, en este caso y con una intensidad inusual?

El ámbito de la ciencia y la tecnología en su máxima expresión. No hubo explicaciones válidas. No hubo certezas. Faltó la respuesta legítima. Lo trágico tocó, además de la vida humana, el indestructible terreno en que las máquinas siempre triunfan. Falló (en principio, se supone) un avión, una de las más sofisticadas invenciones del ser humano. Pero también fallaron los poderosos radares capaces de registrar en el implacable verde de sus pantallas todo movimiento, fallaron los satélites que sobrevuelan el globo como halcones de metal, fallaron las redes de comunicación que suturan las almas y las compactan en un ruidosa argamasa que neutraliza el silencio que les permite escucharse realmente, fallaron los sistemas de inteligencia de los gobiernos, fallaron los potentes Estados de Australia, China, Estados Unidos, Japón, fallaron los helicópteros que vuelan los mares, los barcos, los aviones espía. Se desencadenó una desesperada carrera planetaria por ver quién daba la primer respuesta, quién resolvía el misterio, quien suturaba la herida, quién defendía el honor de un sistema capitalista que cree en la ciencia y la tecnología como se creía en ese antiguo Oráculo capaz de iluminar todos los enigmas. Y ganó una empresa anglosajona mediante “tecnología pionera”, y no es casual… Fue intolerable no saber, sí, por las vidas humanas en juego, la angustia de la desaparición corpórea, pero más aún, y de aquí el interés especial que creemos tiene el caso, por el simple hecho de no poder saber a ciencia cierta, qué pasaba realmente. Las máquinas no fueron eficientes, fallaron, no cumplieron su objetivo, que es triunfar en la función encomendada, fallaron y el mundo quedó desnudo ante la duda durante casi 20 días, como el prehistórico más asombrado, sumido en un río de hipótesis hackers, terroristas, fatalistas, ninguna satisfactoria por no estar refrendada con la certeza que brinda el tipo de conocimiento que estructura predominantemente nuestro modo de ver el mundo:

la verdad igualada y puesta al mismo nivel de la progresiva eficacia tecnológica, la verdad como excluyente sinónimo de conocimiento científico.

No es la intención de estas líneas sermonear sobre la existencia de mejores mundos pasados, románticos, mágicos, más vitales y naturales, donde moraban oscuros dioses, si bien quien escribe siente por ellos algo de válida nostalgia. Es más bien que creemos necesario, de todas formas, ensayar el arduo esfuerzo de auscultar cómo pensamos, por qué. Resistir. Que no se escurra, cómodo y adormecido, el curso de la existencia en la más muda indiferencia frente problemas fundamentales. ¿Cuánto del misterioso e indeterminado significado de la vida humana se vería afectado si la ciencia tuviera siempre la respuesta final e irrebatible?

En esto se fundamenta el motivo por el cual el caso de Malaysia Airlines generó tanto interés (y decimos “generó”, en pasado, porque la voz del primer Ministro malayo, y el infame SMS de Malaysia Airlines que avisó a los familiares la noticia, han quebrado el espiral de misterio con una respuesta tan gélida como científicamente satisfactoria: “tecnología de punta ha determinado que el avión se estrelló al sur el Océano Índico, resta ver qué dicen las cajas negras”): porque tocó una fibra central, porque amenazó por pocos e interminables días uno de los pilares que estructuran nuestra manera de ver y pensar el mundo.

Esa respuesta, lejos de ser sólida en el orden de lo verídico-concluyente, opera, funciona de facto, al provenir ella de la matriz de pensamiento que fundamenta el discurso científico predominante. La respuesta acallará mayoritariamente lo misterioso del caso, pero nunca la sed de preguntas y asombro que genera todo lo que acontece, desde lo más simple a lo más complejo, si se repara en ello lo suficiente. Y la mayoría de los medios de comunicación, siempre sensibles al rédito de explotar esta duda ancestral, esta intemperie esencial, más que procurar hacer pensar, in-forman, es decir dan-no-forma, de-forman podríamos decir, y fabrican, reproducen como una mercancía más, insensibles y mecánicos, las siempre viejas novedades del mundo.

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Alan Ulacia

Alan Ulacia

Alan Martín Ulacia (1986) nació en Argentina, en el porteño barrio de Caballito. Es Licenciado en Ciencia Política (UBA), con una formación especializada en Filosofía Política. Trabajó como colaborador en diversas publicaciones y proyectos periodísticos: Diario Tiempo Argentino, plazademayo.com, Revista Devenir, elidentikit.com, entre otros. La ciudad imposible (2014), editado por Milena Cacerola, es su primer libro de crónicas y ensayos.
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