Los Auténticos Heavysaurios

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En un sobrehumano esfuerzo de espionaje, LBF logró infiltrarse en el heavy-metalero festival Monsters of Rock, he aquí la crónica de lo sucedido.

Por Pablo Draletti. Fotos: Pablo Draletti.

Me encontraba yo un viernes por la tarde dedicado a mis quehaceres cotidianos como hurgarme los dedos de los pies y ver la primera temporada de una serie de superhéroes malísima que me había bajado de internet, cuando sonó mi teléfono: era A…, un amigo de la escuela. Su llamada, ya de por sí sorprendente por inusual, venía con otras noticias bastante interesantes, a saber, que a causa de su trabajo en un importante medio noticioso había conseguido dos pases de prensa para ver el recital Monsters of Rock, que se celebraba al día siguiente en el Parque de la Ciudad, y en el que se presentarían Motörhead, Judas Priest y Ozzy Osbourne. Mayúsculo fue mi agradecimiento a su invitación y fervorosas las afirmaciones de que asistiría con él.

Como habíamos acordado, a las dos y media de la tarde del sábado me apresenté en Av. Rivadavia y Alberti para abordar el 115, ramal Lugano 1 y 2, que nos conduciría al predio. Mi amigo, quizás olvidando momentáneamente que la puntualidad es deber de caballeros, cortesía de reyes, obligación de cortesanos, habito de gente de valer, costumbre de personas bien educadas, se hizo esperar hasta las tres. Aprovechando el tiempo, adquirí una botella de whisky Vat 69 y media docena de empanadas al irrisorio precio de cincuenta pesos en mi sucursal Pata Pizza de confianza. Armados con las empanadas y el bebible, una vez se hubo producido el encuentro, fuimos en busca de un 115. En este colectivo, como seguramente en muchos de los que se dirigían al recital, se incumplía la ley física que dice que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo lugar en el espacio. Así, comprimidos entre nosotros, los amantes de la buena música viajamos durante cincuenta minutos, deglutiendo las empanadas.

Una vez llegados al lugar hubo ciertas dudas sobre cómo proceder. Mi adquisición del whisky se tornaría problemática si éramos palpados al entrar. Nos acercamos sin embargo al puesto de acreditación, recibimos una pulsera turquesa que decía “Prensa” y fuimos conminados sin mayor demora a esperar a una persona de producción que nos llevaría hasta nuestro búnker. Dicha persona resultó ser una bella morocha de mirada penetrante que, haciéndonos gestos con la mano que sostenía un walkie talkie, nos condujo a una carpa en cuyo interior había un arcade con muchos juegos, incluyendo el clásico Punisher y un Street Fighter, latas de cerveza, botellas de un líquido sospechoso que terminó siendo una gaseosa de guaraná, y bocadillos varios.

Satisfactoriamente instalados allí, se nos informó de cómo sería el procedimiento: cuando empezara a tocar cada banda, los fotógrafos seríamos conducidos enfrente del escenario, podríamos tomar fotografías durante los tres primeros temas y luego deberíamos retirarnos, quedarnos dentro del Campo VIP o buscarnos la vida. Pasamos un momento a tomar fotos de una banda más bien olvidable, creo que se llamaba Malón o algo así. Mi amigo, en su condición de agregado cultural, no tenía permitido acceder delante del escenario por no tener cámara.

De pronto, la anticipación comenzó a invadir el ambiente: en cualquier momento tocaría Motörhead. Los fotógrafos fuimos conducidos delante de la valla. Los primeros acordes comenzaron a sonar. Hicieron su aparición Lemmy y Phil Campbell mientras la batería de Mickey Dee anunciaba el descontrol. Yo estaba forzado a usar un teleobjetivo dado que mi lente con zoom estaba en posesión de otro amigo que también había faltado a su deber como caballero demorando la devolución. Además de esa dificultad técnica, mi comportamiento como fotógrafo fue más bien poco profesional, ya que incluía saltar entre foto y foto y unirme a los coros de “oé oé oé oé Lemmyyyy Lemmyyy”. Eso puede explicar la calidad más bien baja del material fotográfico. Me sorprendió la caballerosidad del resto de la prensa, esperaba empujones, violencia y esas cosas del oficio pero en general todos se coordinaban bien.

El recital fue alucinante. A Lemmy se lo nota un poco viejo, flaco, sobre todo de cerca, pero es de esperarse tras setenta años de excesos. En general se limitaba a tocar parado en su lugar, sin moverse mucho, y cuando hablaba con el público lo hacía en un inglés absolutamente impenetrable. Creo que en un momento dijo “politicians”. Phil Campbell es una máquina y Mickey Dee hizo un solo de antología, que no acababa nunca. Eventualmente fuimos echados del lugar mientras Campbell le regalaba púas a la audiencia y yo elegí sabiamente permanecer en el Campo VIP. La luz del atardecer en un momento se tornó bellísima. Cerca de mí tenía a una pareja que fumó un porro, lo terminó e inmediatamente le dio mecha a otro. Tentado por el ya descrito consumo de marihuana, me acerqué y les pedí amablemente una seca. Me la dieron y, ya que previamente había llenado con el whisky una petaca, se la ofrecí como intercambio de favores. Ahí la charla ya discurrió amigablemente mientras veíamos la banda y se sumó un amigo de ambos a la ronda.

De pronto se les ocurrió preguntarme cómo había introducido el whisky a través de la seguridad y les contesté la verdad, toda la historia de la pulsera de prensa y demás. Los ojos del muchacho, que tenía un cierto parecido con Frank Zappa, se iluminaron e inmediatamente me propuso intercambiar pulseras para poder pasar delante del escenario. Le expliqué las razones por las que esto sería poco practicable, en principio porque habría que romper la pulsera y después no le serviría a ninguno de los dos, en segundo lugar porque yo tendría que darle mi cámara para que disimulara y no estaba seguro de querer hacerlo. Se puso muy insistente y me ofreció cambiarme un porro por mi pulsera. Le dije que no, se puso serio y me dijo “pero este porro” y, así hablando, extrajo del forro interno de su campera un cigarrillo de droga enorme, que más bien parecía una fusta por el tamaño y las dimensiones. Aun así me negué. Una vez producido este intercambio mi amistad con el sujeto ya no prosperó: ni siquiera me aceptaba el whisky. Permaneció a una distancia prudencial mirando el resto del espectáculo y contestaba a mis comentarios con una mirada silenciosa pero cargada de significado. En un momento apareció un negro vestido de traje y me pidió fuego para su habano.

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Volví a la carpa de prensa a seguir emborrachándome con las cervezas de cortesía y a esperar el show de Judas Priest, que era lo que más me atraía de la jornada ya que nunca los había visto en vivo y en un momento había pensado que mi oportunidad ya había pasado. Después de unas inquietantes pruebas de sonido que parecían no terminar nunca, apareció Halford en el escenario y el Parque de la Ciudad estalló. Si antes manifesté una cierta congoja ante la vejez de Lemmy y de sus granos faciales vistos de cerca, la realidad es que a los 62 años, nadie puede estar tan bien como Rob Halford. Sus agudos al terminar temas clásicos, su energía en el escenario para agitar multitudes, a veces terminando cantando tirado en el piso, convirtieron a Judas en una experiencia inolvidable. Me llevaré al cajón los recuerdos de Painkiller y Breaking the Law en vivo, así como el gran final con Living After Midnight. El show de Judas es inigualable, y se destaca que el nuevo violero, Richie Faulkner, parece estar más que a la altura de las circunstancias. Para mitigar un poco lo positivo, en este recital cometí un grave error: dos temas después de haber salido de adelante del escenario decidí (inexplicablemente) ir a la carpa de prensa a buscar a mi amigo y preguntarle qué carajo hacía que no estaba viendo esto conmigo. Ya no me permitieron volver a entrar al VIP ni siquiera con mi todopoderoso pase de prensa y vi el final del concierto desde el campo común, lo que reforzó mi odio hacia esa disposición avara, codiciosa y ridícula que resulta ser la división del campo en dos.

Nueva espera. El ambiente en la carpa de prensa había cambiado. Todos habíamos descubierto un puesto de parrilla que daba choripanes gratis, así como otro que repartía empanadas, y el piso se enturbiaba de servilletas y manchas de grasa. Las cervezas también corrían con alegría entre los representantes del cuarto poder y hasta el arcade había sido desvirgado. Un cronista alto, pálido, todo vestido de negro se quejaba de la organización mientras se llenaba el cogote de empanadas de caprese.

Ozzy. La leyenda viviente. Nuevamente fuimos trasladados entre la valla y el escenario. Lamenté no haber tenido la saludable idea de llevarles botellas de agua del frigobar a los metaleros que se apretaban contra la valla y me reconforté cuando vi que a mi amigo, el agregado cultural, no se le había escapado este gesto de buen samaritano. Hubo un cierto metalero que por tercera vez saltaba la valla y era conducido por seguridad de regreso al VIP, boqueando todo el tiempo. Otro le gritaba a un representante de la prensa que decía tener frío: “¿Tenés frío, careta? ¡Dame agua, payaso! ¡Marciano! ¿Qué tenés frío, capuchita? ¡Traete agua!”.

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Apareció Ozzy en el escenario y con él los acordes de Carmina Burana que abrían lo que terminó siendo un set de temas de la hostia, mucho más tiempo de música que el que yo esperaba. Mucho show visual y un Ozzy tribunero y agitador que interactuaba todo el tiempo con su público, incluso de maneras poco ortodoxas. En medio de Mister Crowley decidí ponerme a grabar un video corto, como había hecho con las dos bandas anteriores. Inmediatamente un mono de seguridad con un walkie talkie desproporcionado me tomó del hombro y me increpó: “Videos no, sólo fotos. ¿De dónde sos? Mostrame lo que grabaste, borralo delante de mí, dale, dale”. Le mostré un par de pantallas de menú sin borrar nada y me dejó tranquilo. A su debido tiempo lo subiré a YouTube para que, en el improbable caso de que lo vea, sepa que fracasó en su misión. En el tercer tema, de pronto, hubo un segundo muy confuso. Un fan apareció en el escenario e intentó abrazarse a Osbourne como para sacarse una foto. Cinco monos se materializaron en el aire y cayeron sobre el improvisado, quien desapareció como por arte de magia negra. El Príncipe de la Oscuridad se fue entre bambalinas por un momento y reapareció con una manguera de espuma con la que roció a la primera fila y a nosotros los periodistas. Poco tiempo después vinieron a sacarnos de enfrente del escenario. El campo VIP había modificado su geografía y ahora había una laguna enorme de barro líquido en el medio. El resto del recital transcurrió sin mayores sorpresas, aunque de verdad no me esperaba un show tan largo y tan gratificante.

Mi amigo sugirió irnos antes para evitar la multitud que se formaría inevitablemente a la salida. Nos despedimos de la bella integrante de la Producción y la obligamos a tomarnos una foto para el recuerdo. Caminamos hacia la salida y la habíamos alcanzado en el momento en el que empezaba Iron Man, cosa que nos produjo no poca congoja. Una pareja de novios nos esperaba ahí para preguntarnos cómo podían hacer para entrar; evidentemente lo habían intentado durante toda la tarde. Les pasamos nuestras pulseras de prensa y una de las tantas cervezas que habíamos escamoteado del frigobar. Nos dirigimos al Metrobus, pero nos esperaba un problema: los colectivos de la línea 115, seguramente avisados del recital, en lugar de poner más móviles habían decidido no parar por la zona y hubo que caminar a la siguiente parada, y una vez ahí, hasta la siguiente cuando quedó claro que el 115, cortando por lo sano, tampoco paraba ahí.

En este trayecto, en un momento muy desafortunado, ya acostumbrado al barro que veníamos pisando desde hace rato, metí ambos pies en lo que resultó ser una fosa séptica que existía al lado de la vereda. De pronto estaba bañado en mierda hasta los tobillos. El agregado cultural lo solucionó momentáneamente mojándomelos con gaseosa de guaraná, aunque una vez que hubimos abordado el colectivo descubrimos que el olor no había desaparecido. Faltaba una aventura más. En nuestro último trayecto a pie entre estación y estación del Metrobus, una moto que circulaba por la mitad de la calle con dos tipos arriba nos frenó delante cortándonos el paso. Ante la obvia tentativa de robo empecé a correr. Uno de los tripulantes de la moto saltó delante de mí, nos chocamos y yo seguí corriendo, comprobando que mi amigo hacía lo mismo. Así salvadas la noche y la cámara, por fin conseguimos el vehículo que nos llevaría hasta Plaza Once, dejando atrás el heavy metal de la nunca bien ponderada Avenida Rabanales.

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Obtuvo su Doctorado de Periodismo en Crisis en la realidad (y un poco en la ficción). Actualmente trabaja en condiciones de sobre-explotación, para un grupo de periodistas renegados.
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