Laiseca: el sabio monstruo del Tao

En una crónica emotiva, Alan Ojeda, colaborador de LaBrokeFace y discípulo en uno de los talleres que solía dictar Laiseca, nos trae un homenaje al grande del terror argentino, que falleció este 22 de Diciembre.

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Alberto Laiseca, el literato argentino referente del género de terror que conmocionaba a sus lectores y espectadores con su prosa, modos e imagen.

 

El departamento luce exactamente igual al que se ve en las entrevistas de internet, pero no es el mismo, aunque sea exactamente igual. Las paredes están amarillas, pero en las coyunturas y recovecos de los ángulos pueden verse atisbos del blanco que alguna vez fue el color original. La distribución de los muebles es particular: en la sala principal, ni bien se cruza la puerta del departamento 4 de planta baja, ubicado en Bogotá 2314, en el barrio de Flores, lo primero que se encuentra es un espacio reducido ocupado casi completamente por un escritorio y una cama de dos plazas que parecen unidos como un solo mueble. También hay un televisor a color pequeño justo al lado de la cama, contra la pared, y distintos objetos sin un orden específico distribuidos a lo largo de una repisa que se encuentra del lado opuesto, a lo largo del pequeño pasillo que queda para caminar hasta el resto de la casa. Colgados de la pared hay varias fotos: una imagen ya desteñida y monocromática de Camilo Aldao, un pez pintado con tinta negra y firmado por un japonés llamado “Ito” y fechado en el año 2002, otro cuadro de un pez koi, un diploma honorífico por haber participado en el ciclo de cuentos de terror del programa I·Sat, un retrato antiguo, en blanco y negro, de varias personas junto a un trofeo, otro diploma y un pedazo de cuero oscuro, como el que viene con las prendas de cuero como muestra del material, pero más grande. Todo parece gravitar en torno a Alberto Laiseca, sentado frente al escritorio con expresión taciturna. Con la cabeza algo baja, como apuntando a un punto flotante, a veces se queda en silencio y pensando, hasta que decide levantar la vista y decirme en un tono teatral, acompañado de una sonrisa pícara: “¡ALLAN  QUATERMAIN!”. Acto seguido agarra la Heineken a temperatura ambiente que siempre tiene en el escritorio y se sirve en su taza.

Allan Quatermain es uno de los protagonistas de las novelas de aventura del inglés Henry Rider Haggard que él leía en su infancia y adolescencia, en esas viejas ediciones con traducción española de Centauro, Mateu y Acme. Yo lo miro y le digo que soy un lector tardío, que en mi casa no se leía y que me metí en la literatura de la forma más cliché posible: me enamoré platónicamente de la joven maestra de literatura de la secundaria, mientras comenzaba a vivir los sentimientos trágicos atados a una vieja ex novia. Él me mira, asume el tono pensativo de nuevo. “Qué lástima…que lástima”, me dice.

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Hace años que Alberto Laiseca da talleres de escritura tanto en su casa como en el Centro Cultural Rojas. En algunas entrevistas, cuando le preguntan cómo surgió la idea, comenta que fue una iniciativa nacida de la necesidad económica. La vida del escritor, del artista. Pocos creerían verdad que alguien como Herman Melville, autor de textos tan canónicos como la biblia –e incluso más universales-, haya muerto como un desconocido. Laiseca ha sido siempre un trabajador subterraneo, tanto como su texto más mítico y por eso menos leído: Los sorias. La novela más grande de la literatura argentina, quizá una de las más grandes del mundo. Lai dice, medio bromeando, medio en serio, que su novela tiene treinta mil palabras más que el Ulises de James Joyce. Fue un trabajo de tres versiones fallidas y una cuarta definitiva que tomó diez años. El resto es historia: el prólogo de Piglia, los comentarios de Fogwil, la creación del mito-realidad, como el de toda la obra de Lai que siempre se encuentra en la cuerda floja de la realidad –o pone a la realidad en la cuerda floja-.

Lai en sus talleres es como un maestro sacado de un cuento oriental: habla y opina poco. “El Maestro” lo llaman sus discípulos más antiguos. Sebastián Pandolfelli dice haber faltado solo cinco lunes en diez años. Él tiene treinta y seis años y autor de la novela Choripan Social, heredera de la escuela del realismo delirante. Nos encontramos justo cuando él acaba de salir de la casa de Laiseca. Había pasado a saludarlo y a hablar un rato.

-Yo entré por El jardín de las máquinas parlantes. Ahí está todo, es su novela más autobiográfica. Un amigo lo estaba leyendo y cuando me quedaba a dormir me leía partes. Me rompió la cabeza. Después lo busqué por todos lados –te estoy hablando de hace diez años atrás- y no lo encontraba, hasta que lo encontré en una mesa de saldo por doce pesos. El libro tiene errores de tipeo. Yo me tome el laburo de corregirlos y pasárselo al editor. La nueva edición de Gárgola está hecha en base a mis correcciones -dice exaltado

Así, sin medias tintas, Sebastián relata su introducción en el taller de Laiseca como la de un iniciado en una religión. Una epifanía, una revelación y, de pronto, “El Maestro”. Me  ejemplifica la experiencia con un cuento de Lai que narra la historia de la secta del “Árbol Tulasi”: El líder de la secta toma una semilla, la deposita en la palma de su mano y luego cierra el puño y lo ata para nunca volverlo a abrir. Luego se va a meditar a un lugar retirado y sus discípulos lo siguen. Ellos le llevan comida y predican su palabra. La semilla germina, su raíz crece hasta llegar al suelo. Llegado el momento comienza a formarse un árbol, que poco a poco, mientras crece, devora el brazo del maestro hasta hacerlo desaparecer. Al morir el sabio cae un fruto, una semilla que debe tomar alguno de los aprendices.

-Es así. Es como dice la revista nueva El Ansia, Laiseca es una religión. Selva Almada y yo le vamos a pagar los impuestos, el alquiler, lo acompañamos al médico o al banco. Cuando fue que se fisuró la cadera, íbamos todos a verlo al geriátrico donde lo derivaron para hacer la recuperación. Un día una enfermera se acerca y le dice: “usted, rodeado de todos estos jóvenes parece una religión”- dice Seba y saca un ejemplar de la revista.

Selva Almada y Sebastián Pandolfelli tienen la llave de la casa del Maestro. Ambos mantienen un contacto muy cercano. Hablan por teléfono, se juntan a tomar  cerveza y hablar de distintas cosas. Llegado un punto la relación es “meta-literaria”. Algunos de sus discípulos han llegado a acompañarlo a Camilo Aldao a visitar gente o realizar lecturas.

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En sus dominios Laiseca es como Saichōrō, “El Gran Patriarca” del planeta Namek, en el animé Dragon Ball Z. Las cosas giran alrededor de su asiento. Oye las lecturas con los ojos cerrados, pensativo y baja la cabeza como si se estuviera durmiendo. En ningún momento parece distraerse. Los bigotes, la expresión cansada pero pícara, los ojos achinados al sonreír… también lo vuelven similar al clásico maneki-neko japonés, el gato que da la bienvenida y que se considera de buena suerte.

A diferencia de los talleres convencionales, donde el alumno espera sufrir con gozo las tachaduras violentas del padre autoritario, Lai no se mueve de su asiento ni toca ningún texto. El espera. Hay un catálogo de consignas, siempre las mismas: el monstruo debajo de la cama, describir un objeto minuciosamente sin decir qué es o el tipo que usaba un reductor porque tenía una poronga demasiado grande. Muchos alumnos comienzan y mágicamente, como llegan, desaparecen. Los primeros comentarios del Maestro suelen ser: “Muy lindo, flaco”, “Muy bueno”. Ninguna gran crítica. Wei wu wei: hacer no haciendo. La consigna fluye, el alumno fluye, el texto fluye.

La situación se parece a la escena de Dragon Ball en la que Gohan y Krillin van a la casa del Gran Patriarca Saichōrō, porque los asecha el peligro: Vegeta busca las esferas del dragón, Freezer amenaza la existencia de todos los habitantes y Gokú no aparece. El sabio maestro, patriarca de la nación, promete ayudar. Dice que va a liberar el Ki de Gohan. El niño se acerca y Saichōrō le pone una mano en la cabeza en silencio. Corren los minutos sin que pase absolutamente nada. Krillin se inquieta; Gohan está desorientado, pero de un momento a otro una ola de energía explota de su cuerpo. El milagro ocurrió, sin revelar cómo.

Poco a poco el alumno se da cuenta que está escribiendo, pero no solo que escribe, sino que está escribiendo cosas que nunca se imaginó que iba a escribir. En ese momento Lai levanta la vista, sonríe, y cuando lo cree necesario, aparece la crítica: “No resolviste bien el relato, no me gustó. Está muy forzado, no se parece a los otros que escribiste”. La barrera inicial fue superada.

Durante una de sus clases Laiseca me había dado una consigna: “alguien molesta llamando repetidas veces por teléfono”. La primera idea fue un policial, un thriller de suspenso, pero me fue imposible resolverlo como imaginaba. Cuando le expliqué que me resultaba difícil resolver las cosas al estilo del policial, que cierre perfecto como un rompecabezas, fue claro:

-Tenés que pensar. Un escritor tiene un solo trabajo, tiene que pensar –dijo sin mirarme, mientras agarraba un cigarrillo de su atado de Imparciales.

Sus bigotes nietzscheneanos teñidos amarillos por fumar, la uña del dedo índice de un color ocre oscuro a causa de las últimas pitadas de cada pucho.

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Gilles Deleuze dice en La literatura y la vida: “el escritor como tal no está enfermo, sino que más bien es médico, médico de sí mismo y del mundo”. Laiseca lo sabe por experiencia.

-¿Sabes por qué odio las computadoras y esas cosas? Porque ahora los pibes no leen y sabes qué, a mí leer me salvo la vida- sentenció un día que hablábamos de tecnología.

La literatura le permitió a Laiseca escapar de la locura, ser dueño de si y de su mundo. No por nada el poder y la humanización son temas principales en su obra. Lai tenía miedo, Lai tenía tanto miedo en una época, que decidió mandarle una carta al presidente Lyndon Johnson para ir a la guerra de Vietnam: volver muerto o curado de espanto. Pero la literatura fue más eficaz. Abandonada la ley del padre, eligiendo la vida, curtiéndose las manos en los cultivos en el campo. En ningún momento dejó de escribir, como si fuesen suyo los versos de Bolaño: “Escribiendo poesía en el país de los imbéciles. /Escribiendo con mi hijo en las rodillas. /Escribiendo hasta que cae la noche/con un estruendo de los mil demonios. Los demonios que han de llevarme al infierno, /pero escribiendo.”

“Es Wolverine, el Maestro es Wolverine”, me dice Seba con expresión de total sorpresa, refiriéndose al superhéroe de los X-Men casi inmortal por sus poderes de regeneración . “Hace poco se había caído en la casa creo, se había hecho un corte arriba de la ceja. Le tuvieron que dar varios puntos. A la semana estaba curado, no tenía nada. Te digo, es Wolverine”, continúa sin disminuir su sorpresa.

Sebastián da un paso más y comienza a contar algo que ya trasciende las cuestiones físicas: “Viste que el maestro tiene toda una teoría de que los animales son algo así como protectores, como guardianes, y que si alguien te quiere tirar algo malo, primero agarran las malas ondas ellos. Parece mentira pero cuando él se fisuró la cadera, Selva y yo le dábamos de comer a sus animales. En ese periodo en el que él estuvo internado se le murieron dos perros y un gato. Parece increíble”

Hablar de Laiseca es hablar inevitablemente de magia. El Maestro ha dedicado gran parte de su vida a los conocimientos ocultos, a la filosofía antigua, a la astrología, a la egiptología. Para su novela La Hija de Keops, Lai averiguó el tamaño real de la gran pirámide de Giza, realizó una maqueta a escala y luego realizó mediciones exponiéndola al sol. El lugar donde la novela dice que está enterrado el antiguo faraón, es donde efectivamente cree él que está.

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-¿Cómo andas hermanito?- le dice Lai a uno de sus alumnos, con una voz dulce y familiar.

Caminando por el piso, por entre las piernas y las sillas apretadas alrededor del escritorio, hay una gata flaca, extremadamente flaca. Su pelaje es blanco algo amarillento, y con marchas atigradas con naranja y negro.

-¿Cómo se llama?- le pregunta uno de sus alumnos.

-Chop, se llama Chop. ¡Ooooooh Chop! ¡Mi querida Chop!-dice con un tono teatral que usaba para los cuentos en I·Sat, pero tierno como el de un personaje de una novela romántica. Estira sus manos hacia el piso y le acaricia la cabeza.

Chop camina despacio hasta que finalmente se sube a la cama y se acuesta enrollada. Yo, que estoy sentado en el borde de la cama, justo frente al escritorio, la acaricio. Le siento las costillas finísimas y el pelo suave. Siento que casi podría tocarle los órganos, como si fuera algo así como un espectro, como una entidad.

-Es muy flaquita- le digo mientras la sigo acariciando y ella frota su cabeza contra mi mano.

-Es viejita. Tiene muchísimos años, como quince. A esa edad todos los gatos se ponen flacos, por más que coman.

Chop es etérea como las leyendas y los gatos de ese Egipto que tanto conoció Laiseca a través de los libros. Camina, está. Su presencia es débil pero ineludible, como la de un espíritu guardián que gira entorno a su dueño. Lai sabe que eso no es así. Su voz de agradecimiento al llamarla parece decir otra cosa. En ese saludo se trasluce una deuda, una reciprocidad. Él no posee a Chop, ni Chop lo posee a él. Como en una amistad, la relación es un pacto implícito. Ambos están ahí, como alimentándose la vida mutuamente, como salvándose, como manteniendo el tiempo, aguantando la existencia.

Chop se acomoda en forma de disco sin apuro, se pasa las patas por el rostro y se duerme.

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-Esperen un poco –dice Lai y mira por encima de nuestras cabezas. Apaga un segundo la luz y la prende.-Quería ver una cosa nada más…

Al fondo de la habitación, justo en la división con la cocina, a unos dos metros de altura hay un altar con dos imágenes grandes y una vela de colores encendida de alrededor de treinta centímetros: Exu rey y Pomba Gira reina, deidades de las culturas Yoruba, Bantú y Oyo.

-Muchos dicen que son malos, pero no –dice con cara de consternación- ¿Sabés que hacen? Ayudan a la gente pobre. Hacen eso, ayudan a los pobres.

-¿Usted en que cree? ¿Tiene alguna creencia en particular? Como veo que tiene imágenes del umbanda, pero también sé que tiene mucho conocimiento sobre filosofía oriental, religión egipcia…

-Soy politeísta, creo en muchas deidades de distintas culturas –contesta sin muchas ganas y nuevamente saca un Imparcial de su escritorio.

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Ahí está él, sentado, como el conde Drácula, con el peso de la existencia en los hombros, pero soportando. Hace poco murió Chop, su gata guardiana. No se lo nota angustiado, sólo pensativo. “Ahora, primero tengo que pensar primero que animal me conviene”, me dice. Esas palabras no significan lo que le significan para cualquier persona. La conveniencia no es por el espacio o por un gusto específico. Ojalá fuera tan sencillo. Para una persona que hace una maqueta de la pirámide de Giza para averiguar la ubicación exacta de la tumba del faraón, nada es tan fácil.

Sobre su mesa hay una pila de hojas descoloridas o teñidas de cerveza escritas a mano con una letra rápida y grande. Es el escrito que le debe a su juventud, la novela sobre Vietnam. Hace tiempo que no escribe. A los setenta y dos años, encontrarse con los fantasmas de su juventud no debe ser fácil.

Ahí está él, como un sacerdote, como un mago, tratando de exorcizar los demonios de la humanidad: en silencio, con una birome y un papel.

 

Alan Ojeda

Alan Ojeda

Periodista, escritor, docente de escuela media, investigador. Especialista en drogas y música electrónica. Editor de la Revista Equis y coordinador del ciclo de poesía, música y libros Noche Equis.
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