La isla de los locos

Enemigos del Pueblo - Isla de los locos

Isla de los locos Enemigos del Pueblo

Correa sigue en su lucha por plegarse a las fuerzas del Ejército del Pueblo. Su viaje lo llevará al rincón más oscuro de la reacción Republicana…

Por Patricio Mango. Ilustraciones: Groger Gutiérrez 

Con los primeros rumores de caos y revolución social que hubo en el país, muchas personas se vieron arrinconadas ante su situación económica, laboral, social o familiar y comenzaron a enloquecerse. No es una manera de decir.

La demencia comenzaba a tocarnos cada vez más de cerca. Cuando a la televisión todavía le quedaba algo de aire, fiel a su estilo, se encargó de estigmatizar el terror y la paranoia mediante el famoso caso de “La loca del balcón”. Una señora, en el barrio de Palermo, se había amotinado en el balcón de su departamento durante largas horas; atacando, con todo lo que estuviese a su alcance, a cuanto transeúnte pasara por la avenida. Sifones de vidrio, vajilla, adornos, libros, muebles; una lluvia de cotidianos proyectiles caía desde lo alto del cielo. El desenlace fue impactante: cuando ya no tuvo más que arrojar, se dejó caer.

 La Capital Federal era un desierto, no todo el mundo estaba preparado para recibir un movimiento tan brusco sobre el escenario de su apoltronada realidad.

 – No des ni un paso más y tirate al piso lentamente – Oyó que le gritaban por la espalda.

 – Tranquilo mi amigo, me robaron, no dispares – Fue lo mejor que se le ocurrió a Correa.

 – ¡Al piso mierda o te mato acá nomas! ¿De dónde carajo saliste? ¿Qué haces en pelotas? ¡Habla! Y pensá bien lo que vas a decirme eh, porque si descubro que intentas engañarme, te juro que te agujereo la cabeza ¿me oíste?

Estoy cagado – pensó Correa – nunca mejor dicho. Si zafo de esta voy a poder contar orgulloso que, en medio de la revolución, me di el lujo de frenar a tomar sol (en bolas) en plena Avenida Directorio – La ocurrencia le robó una sonrisa y se ganó así, unas cuantas patadas abotinadas sobre los moretones que coloreaban su cuerpo desnudo.

El plan era arriesgado y en el fondo él lo sabía. Desde Mataderos hasta “El bajo” debía atravesar toda la capital, partiendo desde una de las zonas con mayor influencia republicana. Pero bueno, Correa quería estar, se conformaba con ser una distracción, un piedrita en el zapato como le gustaba decir.

Atontado por las patadas, perdió el conocimiento mientras su verdugo lo arrastraba de los pelos por la avenida.

Correa corría. Sus piernas parecían tener autonomía sobre el resto de su cuerpo. Un escalón como de medio metro de alto y de longitud infinita era el final de una extensa persecución. Sortear el obstáculo no parecía presentarle mayores inconvenientes pero, al parecer, sus piernas discrepaban. Estaba inmóvil; no tan lejos, una voz de ultratumba se entremezclaba con un conjunto de pasos sincronizados que ganaban en volumen lo que perdían en afinación. Una tonalidad rojiza inundaba el espacio y la humedad se reflejaba sobre las gotas que empezaban a deslizarse por el mármol del escalón. Fue allí, en la nimiedad de una gota, donde el reflejo de Correa se agigantó dejando a la intemperie y, para sorpresa de nadie, al mismísimo Juan Salvo.

La gota se transformó en un vaso lleno contra la cara de un Correa bastante desmejorado. Una centena de personas lo ignoraba y algo parecido a un militar le gritaba para que se avispe. El olor a bosta le ayudó a reconstruir en parte lo que estaba sucediendo. A su lado, una morocha flequilluda dejó de apretar el pañuelo que cubría una herida en su brazo y, poniéndose de pie, se sacó un chaleco de jean para arrojarlo sobre el cuerpo del rosarino.

¿Dónde estoy? – Alcanzó a balbucear él.

No lo sabemos compadre, en el infierno quizás – Le respondió la mujer desparramándose por el suelo.

Correa se secó un poco cara y se cubrió como pudo. Intentó reincorporarse sobre lo que parecía ser un banco de iglesia; el eco silencioso de llantos y quejidos, terminaron de completarle la idea de que se encontraba en un templo. En el encierro del aire flotaba el terror y la desolación. Varios hombres armados se paseaban por el lugar y unos cuatro centinelas custodiaban una larga puerta de madera que parecía ser la única salida.

Se puso de pie y robó la atención de unos cuantos. Tambaleó un par de pequeños pasos hacia la mujer, mientras ésta, ladeaba tímidamente su cabeza. Un segundo después, el dolor de un palazo traicionero en la nuca de las rodillas, volvió a desvanecerlo.

A fuerza de sopapos recuperaba la conciencia. Alguien no muy amistoso intentaba que se mantenga sentado pero el entumecimiento se lo impedía. Todavía atontado, Correa realizó un gran esfuerzo con los brazos y consiguió así la potestad sobre su silla. Tregua.

– Sigo acá – Pensó.

– Es raro, el dolor extremo termina por volverse anestesia – Pensó.

– Va a dolerte. Tenían razón. Voy por buen camino – Pensó.

Pausa.

Recuperando el sentido, se descubrió sentado en una silla de madera dentro de un pequeño cuarto, similar a un aula de clases. A un lado, un jovencito de barba ocupaba otra silla idéntica. Parecía shockeado. Al otro lado, reconoció a la mujer del chaleco, también sentada y con el flequillo bastante más desprolijo que la última vez. Un joven rubio, alto, con cara de nazi arrepentido, se paseaba por el lugar con aires de vigilante. Al notar que Correa volvía en si, la ansiedad del guardia se acrecentó y apuntándolo, con cierta incomodidad, intentó demostrar su control ante la situación.

– ¡No te muevas carajo! Tengo órdenes de dispararle a cualquiera de los tres que intente moverse de la silla, ¿me escucharon? – Gritó nervioso.

– Agua – Pidió Correa.

– Callate hijo de puta porque te mato acá nomas – Le respondió el rubio.

– Necesito agua, por favor, agua…agua Repetía Correa.

Ninguno de sus vecinos parecía inmutarse ante la insistencia del pedido.

– Agua…agua.

El joven rubio volvió a insistir. Esta vez, poniendo el arma sobre la frente del rosarino – Volves a pedir agua y te prometo que te saco la sed para siempre, ¿me escuchaste?

Si algo le sobraba a Correa, era sed: estaba dispuesto a dar su vida por la causa y eso lo volvía impune. Sin una estrategia clara, se limitó a sostener su pedido. Tal vez, conseguiría tiempo para pensar o la posibilidad de hablar con sus compañeros sobre lo que estaba sucediendo. Además, por alguna extraña razón, tenía la sensación de que el joven rubio no era de los que matan por matar.

– Agua, agua…por el amor de Dios, agua – Por fin, esas parecieron ser las palabras mágicas.

Mientras bajaba la pistola, el guardia retrocedió lentamente. Con la espalda contra la salida y la mirada contra Correa, el hombre golpeó sin siquiera voltear. Alguien abría la puerta, aparentemente cerrada desde afuera. Correa, con la mirada firme al frente, notó con el rabillo del ojo que la flequilluda intentaba contactarlo. La puerta se entorno dejando entrar las penumbras de un perfil algo gastado y el rubio giró su cabeza para, en el mejor de los casos, transmitir el pedido.

 No más de 4 o 5 segundo duró la comunicación sorda de Correa con quien ya, a esta altura, consideraba su compañera.

Ella, con las manos sobre su falda, alcanzó a marcar dos veces con el dedo índice sobre su pantalón. Sumado a esto, revoleó los ojos hacia el chaleco que ahora resguardaba al Rosarino. Éste observó que su “chalecopantalón” traía un diminuto bolsillo, justo en el mismo lugar que la mujer le señalaba.

La conexión se terminó de un portazo. El pseudonazi parecía haber recibido un reto, la visita lo había apaciguado. Correa, por su parte, creía haber entendido la señal y aguardaba ansioso el momento de hurgar en el pequeño bolsillo.

El joven cuidador parecía atontado, superado por la situación. Con los ojos ajados y de un solo golpe se desmoronó sobre el piso. Una mezcla de llanto y plegaría se le escapaba de entre los dientes. Cruzando las manos y con la cabeza entre las rodillas, dejó a la deriva el control sobre sus prisioneros.

Correa, ni lento ni perezoso, lo aprovechó para llevar adelante su cometido. Con dos dedos en forma de pinza sacó del bolsillo un pequeño papel amarillo doblado por la mitad. Lo abrió con sutileza y leyó para sus adentros lo que el mensaje decía: HACETE EL LOCO.

– ¡Bingo!… El lobo estepario…- Pensó Correa con una sonrisa mental.

 – Si esto sigue así no va resultar difícil fingir demencia, pero… ¿para qué? – Se cuestionó mientras soslayaba a la mujer con la pregunta entre los ojos.

En la mirada de su compañera se reflejaba la de sus seres queridos. Desconocía la finalidad del mensaje pero creía en la mujer; si ésta había puesto en riesgo su vida para ayudarlo, él estaba obligado a obedecerlo sin condicionamientos. Las vacas, Vega y el aeroparque formaban parte del pasado. A partir de ahora, Correa debía salir del encierro y, al parecer, su única esperanza recaía en confiar y “volverse loco”.

El guardia se recompuso sobresaltado cuando la puerta se abrió de golpe. Aunque con disimulo, el rosarino fue el único de los presentes en sorprenderse con el aspecto del recién llegado.

– Lo que faltaba, que boludo… ¿cómo no me di cuenta antes? ¡Un cura! – Meditaba mientras ensayaba una mirada perdida.

De pelos blancos y con un clásico atuendo eclesiástico, el religioso se acercó al blondo y sin pronunciar palabra, le ordenó la retirada. Tras su salida cerró parsimoniosamente la puerta.

Hermanos – dijo con suavidad – como sabrán la situación es delicada; cada uno de nosotros debe colaborar en el recupero de la calma y el orden… ¿Y quién mejor que el Señor para indicarnos el camino correcto? – agregó amoroso. – El tiempo escasea y necesito de su amable colaboración para no desaprovecharlo. ¿Saben? en las sagradas escrituras, puntualmente en el libro de los proverbios, el señor hace referencia a las malas compañías… y nos dice: “Hijo mío, si los pecadores intentan seducirte, tú no aceptes. Si ellos dicen: Ven con nosotros, tendamos una emboscada sangrienta, acechemos por puro gusto al inocente; traguémoslos vivos como el Abismo, todos enteros, como los que bajan a la fosa; hallaremos toda clase de bienes preciosos, llenaremos nuestras casas con el botín; tendrás tu parte igual que nosotros, todos haremos una bolsa común‘… hijo mío, no los acompañes por ese camino, retira tus pies de sus senderos, porque sus pies corren hacia el mal y se apresuran por derramar sangre”.

 El cura se detuvo y, con una mirada siniestra, preguntó al grupo Y bien hermanos, ¿estáis dispuestos a obedecer las sagradas escrituras de nuestro señor Jesucristo?

Correa, poniendo en marcha el plan, se paró sobre el dolor de sus piernas y con la mirada al infinito dijo en un tono monocorde: – Padre, gracias a Dios que ha venido a rescatarnos, vaya a saber desde dónde vienen, quieren nuestras almas Padre, apoderarse de nuestros corazones para dárselos a las vacas Padre, ayúdenos Padre, son muchas vacas verdes y nos golpean sabe, claro, quién sino usted lo sabe, por favor Padre, córtele las alas, es nuestra única esperanza – y casi sin respirar se mantuvo congelado repitiendo por lo bajo – las alas Padre, las alas, las alas…

El cura no se inmutó demasiado, el joven barbado parecía una estatua y la mujer esperaba su turno. En un mundo de locos, Correa intentaba enloquecerse sin perder la cordura.

El sacerdote caminó un par de pasos hacia el cuerpo temblequeante del rosario y se detuvo a unos pocos centímetros. Con un gesto desalmado le dijo: – Escuchame bien pendejo, si descubro que me estas jodiendo la vas a pasar muy mal ¿lo sabes no?… hacémela corta: ¿qué carajo hacías paseándote desnudo por la calle? ¿Nos estás tomando de idiotas? ¿Quién mierda te cagó a palos antes de entrar aca?

Intentando controlar la agitación y revoleando la mirada, Correa continuó mascullando – Las vacas, las vacas Padre, las vacas, las vacas, las balas, las balas, las alas, las alas Padre, las alas…

– Muy bien –continuó el cura mientras se quitaba el cinturón lentamente – veo que no nos estamos comprendiendo- Rodeó a los cautivos, se detuvo a las espaldas del joven barbudo, le pasó el cinturón por el cuello y comenzó a estrangularlo. Mientras éste se retorcía, el cura amenazaba con lascivia a sus compañeros: – A ver ahora… ustedes dos, díganme: ¿a quién carajo responden?

Isla de los locos

Isla de los locos

La mujer no pestañeaba y Correa zigzagueaba con la mirada mientras insistía con su mantra. La situación llegaba al extremo, un joven inocente iba morir ahogado si ninguno de los dos reaccionaba. La presencia del cura se tornaba diabólica y la muerte los acechaba con preguntas – ¿Van a hablar o son tan mierdas que van a dejar morir a su compañerito para salvarse el culo ustedes eh? Son todos iguales, se hacen los héroes agitadores y terminan suplicando como ratas ¿Se creyeron lo del espíritu revolucionario y toda esa mierda no? Vamos a ver quién maneja la revuelta… pendejos malaprendidos – dijo mientras el torturado se moría.

– ¡Eh usted, vamos! – Exclamó la flequilluda señalando al cura.

Eso bastó para que el religioso detenga el tormento. El joven, ahogado, se desplomo en el suelo intentando recuperar el aire. Correa continuó en su papel y la mujer, sin levantarse de su asiento, volvió a arremeter – ¡Eh usted, vamos!

El cura, con el cinto en la mano, se acercó hacia ella – ¡Miré usted! Resulta que la señorita sabe hablar – y dirigiéndose a Correa agregó – Bonita cualidad ¿no cree mi amigo?

Correa hizo caso omiso a la pregunta mientras que su compañera seguí con el dedo índice cada movimiento del enemigo. Por fin, frente a frente, el cura preguntó – ¿Señorita hay algo que nos quiera decir? La escuchamos.

La mujer bajó el dedo y prosiguió con tranquilidad – Sí Padre, tiene que saber que están formando en línea recta, están soportando un fuerte viento…

– ¿Quiénes? Cuestionó intolerante.

– ¡Los chicos Padre! Están perdiendo la cabeza por la explosión de la guerra relámpago Silencio.

– Bueno basta, me cansé, terminemos con este jueguito – interrumpió el cura un tanto molesto- Ustedes se lo buscaron – Diciendo esto, dejó la habitación con desmesura.

El portazo retumbó en todo el lugar. Aunque encerrados desde afuera, después de un largo rato, los prisioneros habían logrado despegarse de su custodia.

Luego de un suspiro, Correa se agachó hacia el joven acurrucado que intentaba, entre toses, recuperar el ritmo respiratorio. Su compañera hizo lo propio. Él, puso la cabeza del joven entre sus piernas mientras que ella intentaba tranquilizarlo.

La dulzura en el consuelo de la mujer obtuvo mágicos resultados. El frio del suelo era testigo de los cuerpos desamparados, unidos por una única causa y dispuestos a dar pelea. El dolor en las piernas del rosarino se silenció en el preciso momento en que ella lo tomó de sus manos.

– Gracias por todo – le dijo Correa sonriendo.

Ella, con una risita diáfana, le contestó Nada de eso, ahora es cuando compañero. Hace cerca de un mes que me tienen encerrada, necesito salir, solo hay una forma… quizás…

– ¿Cómo es eso de la locura? ¿Habrá funcionado? ¿Por qué quizás?

– Tranquilo… Antes de que me detengan, un compañero me habló de su madre. Una mujer mayor que perdió la cordura con los primeros ataques que se dieron en la capital. Estaban solos. Él, tenía que irse pero no podía dejarla sola. Buscando alternativas, dio con algo parecido a primo médico quien le habló sobre el llamativo incremento de la demencia en la sociedad y el inminente colapso de las instituciones sanitarias…

– ¿Y? – Interrupió Correa.

– Y tuvo que tomar una decisión. Por otro lado, le llegó el dato de que la gente con desequilibrios mentales estaba siendo trasladada a la Isla Martín García…

– La isla de locos – Completó el joven barbudo con un hilo de voz.

Después del asombro, Correa y su compañera, lo ayudaron a sentarse lentamente – Bueno, parece que me perdí de algo… – los celó el rosarino.

– ¿También escuchaste eso? – preguntó ella dejando de lado el reproche infantil de Correa. Mientras se acariciaba la garganta, el joven afirmó con la cabeza.

– Al parecer, controlan la isla unos pocos militares uruguayos y algunas cabezas de la iglesia argentina – prosiguió la mujer – los delirantes llegan cada vez en mayor número, ya no saben qué hacer… no hay tiempo ni personal para pericias psiquiátricas… cualquier desequilibrado que aparente ser inofensivo y neutral va a parar a la Isla… – Y después de un pausa completó – En el mejor de los casos.

– A ver si entiendo: ¿para salvar nuestro pellejo nos hacemos los loquitos y nos vamos de vacaciones a una isla, mientras cientos de compañeros revolucionarios se juegan el alma y el corazón en la calle? Discúlpenme que disienta, les agradezco por todo, pero no cuenten conmigo…prefiero morir en el intento – proclamó Correa con el pecho inflado.

Desde afuera se oyeron algunos ruidos, los prisioneros se acomodaron un poco y la mujer completo la idea bajando la voz y apurando el habla – No mi amigo, eso jamás. Tengo la información de que compañeros uruguayos están por volcarse hacia la isla, tomándola por las armas y preparando allí un contrataque anfibio por el norte de la capital… muchos de los “locos” de la isla, están más cuerdos que nadie ¿entendes?… es una gran oportunidad.

Se oyó una llave en la cerradura y los tres intentaron recomponer rápidamente la postura. En el instante previó a que se abriera la puerta, el trio se abrazó con una mirada tan tierna como combativa.

Un par de jóvenes armados ingresaron en la habitación y los sacaron sin demasiadas explicaciones.

Correa encabezaba la fila. A los pocos pasos una capucha le cubrió la cabeza, oscuridad total.

Contra la negrura y a los empujones, el rosarino se entusiasmó recordando la vívida mirada de sus compañeros de encierro. Intentando eludir la idea de que nunca más los volvería a ver, comenzó a visualizarse en la isla. Un grupo de “locos” festejando la llegada de un nuevo contingente. El tiro por la culata: encerrar lo que no queremos ver, lo diferente, lo extraño. Lo bufonesco de la vida tomándonos por las pelotas y escupiendo a los dioses en la cara. Otra vez, miles de estrellas parpadeantes que nos devuelven la luz y la cordura.

Las vacas, las balas, las alas.  

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Obtuvo su Doctorado de Periodismo en Crisis en la realidad (y un poco en la ficción). Actualmente trabaja en condiciones de sobre-explotación, para un grupo de periodistas renegados.
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