La Espera

Enemigos del Pueblo - La Espera

Enemigos del Pueblo – La Espera

Por Federico Millenaar. Ilustraciones: Groger Gutiérrez

Esto es un quilombo. Estoy harto de no recibir órdenes concretas- dijo Larrazabal.

Campos lo miró con fastidio y le repitió por quinta vez en el día: –Quedate tranquilo que una vez que el comando central se vuelva a instalar en otro lado la cadena de mandos va a volver a funcionar como siempre. Mientras tanto prestá atención y seguí con la guardia-.

Larrazabal y Campos eran parte de los escuadrones civiles que se formaron una vez que la policía y las fuerzas armadas dieron signos de no poder controlar a las tropas insurgentes que intentan hace meses tomar el poder en la Capital. Organizados a través de las redes sociales, partidos políticos u otras instancias, muchos jóvenes de clase media y alta se lanzaron a participar de la guerra civil para “defender al país de la amenaza roja”.

Sin embargo, no sólo había chicos de familias “bien”. En los comandos civiles también se podía encontrar a muchas personas de los barrios pobres. Los “negros” o “villeros”, como los llamaban a escondidas Larrazabal y Campos, no tenían tanto que perder, desde el punto de vista económico, si la revolución triunfaba pero por diferentes razones peleaban para un bando que en el fondo los despreciaba. No obstante, Campos siempre llegaba a la misma conclusión: era mejor que estén del lado de los “buenos”, antes que con los “zurdos”.

Castros, sentado adentro, los observaba mientras los dos vigilaban desde un balcón del 1er piso. Los tres estaban apostados en un departamento de la calle Belgrano, casi llegando a la esquina de la calle Salta.

Su misión era montar guardia en caso de que los soldados revolucionarios intentaran tomar el Cuartel Central de Policía. Allí habían sido guardadas grandes cantidades de armas que luego serían distribuidas a lo largo del frente sur. Se podía esperar que los subversivos intentaran coparlo. Debido a los encarnizados combates hacía casi 20 horas que no recibían órdenes y ya se estaban impacientando. Muchas veces tener demasiado tiempo para pensar podía ser peor para los nervios que estar bajo ataque.

En muchos aspectos, Castros no era como ellos. Su padre y su abuelo habían sido policías, él también. Ser parte de las fuerzas del orden era lo único que conocía, sin embargo, le simpatizaban algunas de las reivindicaciones de los “rojos”.

-¿Cuánto tiempo más vamos a seguir acá como unos boludos? Yo me alisté para combatir, no para estar sentado en un balcón mirando una calle vacía– protestó Larrazabal.

Vigilar el arsenal también es parte de una guerra- suspiró Castros con fastidio.-Además, pensá en lo que podría pasar si se llegan a robar todas las armas que hay guardadas en el cuartel. Ya son muchos, si además estuvieran bien armados todo sería peor-.

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La Espera – Mapa

Larrazabal y Campos siguieron con la vista clavada en la nada por avenida Belgrano. Autos quemados y frentes de edificios picados por las balas era lo único que había para mirar.

-¿Te enteraste que en Lugano intentaron tomar los monoblocks? A mi primo lo mandaron con su batallón para recuperar la zona pero los cagaron a tiros desde las ventanas, casi lo matan– dijo Larrazabal. –Nunca pensé que iban a llegar hasta Capital. Una cosa es que controlen el tercer anillo del conurbano, ahí ni policía hay. Pero ahora nos están rodeando, no entiendo de donde sacan tanta gente para pelear-.

Reclutar en la provincia es fácil. Hay demasiada pobreza y muchas personas que ya no tienen nada que perder. No entienden que si estos ganan van a seguir viviendo igual o peor que ahora. Así pasó en Cuba y Corea del Norte hace muchos años. El discurso de estos tipos es muy lindo pero es todo chamuyo. Van a tomar el poder y luego vendrá la típica dictadura para unos pocos, como en Rusia– explicó Campos con su mejor tono pedagógico. Si bien no era un intelectual, Campos siempre se hizo tiempo para leer y estar informado sobre temas políticos y de actualidad. Era el más “formado” de la pequeña brigada aunque sus “alumnos” generalmente lo escuchaban sin demasiada atención.

De repente, Castros notó que los vigías tensionaron sus cuerpos. Allá a lo lejos se veía algo de movimiento. Eran unas diez sombras que se desplazaban en hilera, agachados, tratando de no hacer ruido. Al ver los gestos de miedo, él también salió a observar. Con algo de pánico descubrió que no eran diez, eran más de cien. Algunos usaban el típico uniforme verde de los rebeldes, otros solo vestían ropa deportiva. Todos estaban armados. No había forma de avisar. El cuartel estaba a tres cuadras, si abrían fuego el ruido de las armas les daría tiempo para defender el asalto, aunque también significaría una muerte segura.

Los voy a cagar a tiros a todos– susurró Larrazabal con bastante excitación.

Castros no tenía que sacar muchas cuentas, tres contra cien no auguraba un buen pronóstico y él no quería morir porque sí. –Esperá -dijo- si tirás ahora matás a uno pero nos dejas sin salida.

No importa, cuando escuchen los tiros van a venir los policías a ayudarnos– le contestó enojado.

-¿Cómo sabes? ¿Y si no salen?- Castros temía por su vida y ya estaba perdiendo la calma.

– No seas cagón, ¿para qué mierda estás acá si tenés miedo de pelear?- fue la respuesta de Larrazabal.

Campos seguía con la mirada clavada en la fila de hombres que se acercaba lentamente. Quería darle la razón a Castros pero sin quedar como un cobarde.

Espera!- gritó entre dientes Castros. Le desesperaba ver que Larrazabal tenía el dedo en el gatillo de su fusil y estaba listo para usarlo.

Cerrá el orto cagón, cuando le cuente al capitán que no querés pelear te van a meter en un calabozo con los zurdos de mierda– lo desafió.

Tras unos segundos que parecieron una eternidad Castros no dudó más, sacó su arma y la apoyó sobre la cabeza de su compañero. Campos miraba la situación sin decir una palabra.

Si me disparás ellos también lo van a escuchar. Hagas lo que hagas no te vas a poder escapar como una rata, vas a tener que pelear-. Eso fue lo último que dijo Larrazabal antes de volver la vista hacia el frente y abrir fuego. Dos cuerpos cayeron al piso a unos cincuenta metros.

Los soldados que cubrían el puesto de avanzada no tuvieron más remedio que tirotearse con el batallón revolucionario. En cuestión de minutos estaban muertos. Fue un combate desigual, sin embargo, los disparos sirvieron de advertencia y el cuartel no fue saqueado. Los policías ya estaban esperando a los subversivos.

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Politólogo y maestrando en Periodismo, autor y fundador en LaBrokenface.
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