En el interior de las bestias

Enemigos del Pueblo- En el interior de las bestias

Enemigos del Pueblo- En el interior de las bestias

Vuelve la novela colectiva Enemigos del Pueblo. En este capítulo se narra la odisea de Henri Moos, Sargento Mayor del IX Escuadrón Blindado del II Regimiento de Voluntarios Extranjeros del Ejército del Pueblo y Comandante de Tanque T-90MS “Sir Lanchester”, Henri Moos.

Por Maximiliano Van Hauvart. Ilustración: Alan Ulacia

Recuerdo el frío gélido que nos perforaba los huesos. Dentro de los tanques estábamos mejor guarecidos, a diferencia de los pelotones de infantería regular que deambulaban por el perímetro que separaba la zona roja de la Tierra de Nadie. Había que estar constantemente orinando sobre los fusiles y ametralladoras para descongelarlas. Lo único que había para tomar era té, y con suerte con un poco de leche. Habíamos llegado a Capital Federal una semana después de la Operación Martillo Rojo. El Ejército del Pueblo trataba de acomodarse y rearmarse buscando un poco más de profesionalismo y coordinación entre los argentinos y quienes veníamos como voluntarios de otras naciones. Los días eran grises y el sol sucumbía ante el constante velo gris por el humo de la explosiones. Había probabilidades de nevar. Mientras el mundo afuera vivía su vida y a su ritmo, en el interior del tanque repasábamos una y otra vez las directrices sobre la Operación PacMan. Kulikov y Graham me escuchaban atentamente mientras nos servíamos cuidadosamente un poco de vodka. Era la segunda vez que se utilizaban carros de combate pesados en una operación en la ciudad y nosotros estábamos en la lista de invitados. Nadie quería perderse la fiesta. Sabíamos por grupos de la resistencia en el interior del país que durante unos meses, en pleno secreto, el Ejército Republicano había estado formando unas pocas compañías en la provincia de Mendoza con ayuda de Francia y Gran Bretaña que proveían de tanques Leclerc y Challenger 2. Habían llegado desde Nueva Zelanda a través de Chile, uno de los pocos aliados estratégicos del gobierno provisional argentino. En la hoja que tenía en la mano junto al plano de coordenadas les iba indicando, con correcciones entre nos, las tres Áreas de Combate: la 1ra (Recoleta-Palermo), la 2da (Balvanera-Almagro) y la 3ra (Barracas-Pompeya). Nuestras órdenes eran avanzar y resguardar las posiciones al sur en lo que quedaba de una antigua urbanización precaria delimitada por Av. General Iriarte, Iguazú, Luna y el Río Matanza-Riachuelo. El Servicio de Inteligencia había avistado la semana anterior movimientos importantes cerca del Hospital Aeronáutico Central. Volvimos a repasar todo: combustible, aceites, bujías, sistemas de defensa, sistema informático y dirección.

El Sir Lanchester era nuestro hogar. Él nos conocía a nosotros y viceversa. Puede compararse con aquellos matrimonios donde no intervienen ni median palabras ante el claro conocimiento de la forma de ser y de actuar del otro. Había banderas de Bélgica, Escocia, España y Rusia. Un cóctel multicultural. Éramos tres en el interior de la gran bestia de acero ruso, nuestro T-90MS.

Por un lado se encontraba nuestro artillero Volodia IlynKulikov, el más viejo con 51 años, quien después de soportar algunos años entrando y saliendo de la cárcel en Volgogrado por deudas con la mafia de aquella mítica e histórica ciudad, logró asestar un último robo y se instaló en Cartagena donde tenía un pequeño motel llamado “Natasha” para jóvenes europeos con ansias de recorrer a dedo Latinoamérica. No había día que no encontrara forma de conseguir una pequeña pero suficiente ración de vodka. El chofer era Brodie Graham, un pelirrojo escocés de más de uno noventa de estatura con una imponente barba. De unos 30 años. Sus padres se dedicaron durante años a la intermediación entre empresas escocesas y alemanas. Terminó estudiando en Eton, una de las elites educativas más importantes de Europa y del mundo. Para desgracia y sorpresa de los padres, el querido Graham había retirado de su cuenta bancaria sus ahorros para instalarse en Casablanca (Marruecos) y poner a andar su gran sueño: un taller mecánico.

Eran años turbulentos. El mundo estaba colapsando a causa de las innumerables deudas económicas de los estados. La tasa de suicidio se había disparado en muchos países en vías de desarrollo. Lo que muchas veces discutimos vanamente durante años se estaba volviendo realidad. No había continente ni país que estuviera sumida en lo que conocíamos como la Segunda Guerra Fría. Por un lado el conglomerado eurocentrista junto a sus aliados en América y lo que quedaba de la vieja Commonwealth. Y del otro lado estábamos quienes éramos parte de la Confederación Euroasiática: Rusia, China, India y demás países satélites del continente. Nos conocimos en China por cosas del azar. Allí se entrenaban gran parte de los recursos humanos que peleaban alrededor del globo. Fue en el 2030, por agosto, que en el sorteo que hacían con pequeñas bolillas con letras chinas nos iban separando: artilleros, tanquistas, infantería, comunicación, paramédicos, marina, inteligencia, etc, etc, etc. Nos enviaron a la ciudad abandonada de Chenggong que el gobierno chino había creado para un millón de personas con el fin de despoblar las grandes metrópolis del gigante asiático. Rusia nos daba los tanques y el resto fueron años y años de ensayar lo mismo.

Era una de la madrugada en la Estación de Constitución. Se podía escuchar a lo lejos como el poderoso viento empujaba viejos recipientes de combustible por la calle. Hacia poner a los centinelas algo nerviosos. Todos los miembros del escuadrón estábamos sentados fuera de nuestros tanques fumando y tratando de digerir las raciones que llegaban de la India. Algunos se sacaban fotos mientras que otros bromeaban imitando a los Comisarios Políticos. Volodia estaba limpiándose el culo cuando sonó por los comunicadores la orden para iniciar la operación. Graham encendió el motor y salimos lentamente en la total oscuridad por la 9 de Julio hacia la intersección con Zavaleta. El IX Escuadrón Blindado estaba formado por españoles y marroquíes: “TicTac”, “KM” y “Roberspierre”. Ellos giraron antes en Iriarte y comenzaron el trayecto hacia las instalaciones del Club Barracas para tratar de preparar una emboscada. Con cada metro recorrido las calles iban perdiendo su capa de asfalto y se transformaba en un pequeño lodazal. Podíamos observar la precariedad edilicia conforme nos acercábamos a nuestra zona. Poco antes de llegar a la urbanización decidimos colocar algunas minas en caso de una retirada forzada. Salí del tanque con la P90 y la mochila con explosivos mientras Graham seguía lentamente el curso hacia el punto de encuentro. Se podía ver a lo lejos pequeños y diminutos ojos cubiertos por la exhalación. Eran gatos de barrio que se camuflaban en los escombros de las antiguas casas. Aceleré la colocación de minas y volví a entrar en el tanque. Volodia estaba tratando de tocar la gaita de Graham pero no lo lograba. De un segundo a otro, Brodie nos informó que habíamos llegado al objetivo.

El lugar era un cementerio del silencio que se apoderaba de cada rincón. Encontramos un pequeño galpón abandonado y tratamos de cubrir el tanque lo mejor que pudimos. Podíamos disparar desde ahí y retroceder marcha atrás debido a que la pared trasera del galpón y la casa ubicada al lado habían desaparecido por un impacto de artillería. Un pequeño espacio de recreación se encontraba a escasos metros de nuestra posición pero que lamentablemente se había convertido de un recuerdo de lo que muchas veces veíamos camino al trabajo: la felicidad y la inocencia en los juegos de niños y niñas. Volodia avistó una pequeña iglesia evangélica. Nos turnaríamos en la azotea cada hora esperando localizar a las fuerzas republicanas. Repasamos todo el material y los protocolos de ataque y retirada antes de que me fuera a mi turno de vigía. Crucé rápidamente el tramo hasta llegar al templo donde aguardé a la espera del enfrentamiento.

Cuando en el interior del Sir Lanchester marcó las seis y cuarto pasadas de la mañana, Graham nos llamaba por el micrófono mientras corría hacia nosotros: había localizado a la distancia unos tanques enemigos. El ruido de orugas se hacía más y más fuerte con los minutos. De la nada un M1 Abrams junto a cuatro Challenger 2 aparecieron frente a nosotros. – Espero que hayan traído pañales porque los vamos a necesitar – bromeó Volodia. Tres tanques británicos partieron hacia la izquierda en dirección al Club Barracas. No pasaron diez minutos que ambos grupos entraron en contacto directo. Desde la mirilla podíamos observar como el polvo y el humo negro se entrelazaban danzando en el aire. Traté de hacer lo posible por comunicarme con los demás miembros del escuadrón pero no teníamos señal alguna. Las comunicaciones estaban fallando e implicaba tener que movernos a ciegas sin coordinación. Cada tanto algunas tejas o pequeños fierros caían como resultado de las vibraciones de los disparos.

Henri, el Abrams desapareció– informaba Kulikov. Solo había quedado el Challenger 2 al lado de la Iglesia Evangélica. –Está saliendo, el comandante está saliendo de la escotilla– sentenciaba nuestro artillero. – Doble ronda de penetración, Volodia – le indicaba mientras preparaba en la computadora las cargas. El resto de la tripulación enemiga permanecía dentro mientras su oficial inspeccionaba la zona y otro miembro se apostaba sobre la ametralladora de la torreta. El sol empezaba a salir de a poco. –En la mira, Sargento, en la mira – informaba Kulikovque no despegaba la vista del visor de tiro y sus dos manos estaban aferradas a los controles de tiro. – A mi señal doble ronda. – y fue allí cuando hicimos nuestro primer bautismo de fuego: el doble impacto hizo volar la torreta por los aires junto al artillero mientras que su oficial fue devorado por el fuego proveniente del tanque de combustible.

Varios disparos empezaron a impactar y perforar la estructura del galpón. Retrocedimos marcha atrás por la parte trasera cuando vimos al Abrams disparándonos, desde la calle Pedro de Luján, constantemente gracias a su sistema de estabilización. Volodia disparó granadas de humo por toda la zona y comenzó una serie de disparos perforando aún más el galpón al punto tal que se desplomó sobre la calle imposibilitando el paso del enemigo.  Los disparos enemigos habían despedazado la ametralladora automática NSVT y parte de las provisiones que estaban fuera del tanque. Iniciamos la retirada por la calle Osvaldo Cruz dispersando alrededor múltiples rondas de granadas de humo. De la nada el Abrams se apareció delante nuestro después de haber destruido una casa por completo pero el ángulo de giro no le permitía girar su largo cañón. –Fuego, Volodia. Fuego – le ordené a Kulikov pero la bala salió rebotando hacia otra edificación que terminó en escombros. Graham giró a la izquierda de reversa por la calle Luna para después girar en Pedro de Luján en dirección a Vélez Sarsfield.

José María Estrada del “TicTac” y Guillermo Martínez del “KM” lograron ponerse en contacto conmigo. – Henri, ¿me escuchas? Hemos inutilizado a escuadrón británico pero Aadil murió por un impacto directo de un tanque que creíamos haber destruido. – nos informaba por la red de comunicación general. Estrada se ubicada en Magaldi en dirección a Osvaldo Cruz mientras que Martínez por la paralela Lafayette. En poco más de un minuto ideamos un plan para tenderle la trampa al Abrams: TicTac debía disparar cuando el tanque enemigo pasara por Osvaldo Cruz y Magaldi y en ese preciso momento “KM” se pondría en la intersección entre Lafayatte y la avenida antes mencionada para un segundo disparo. Nosotros debíamos darle el disparo de gracias al malnacido.

Las agujas del reloj parecían adormecidas por el efecto de fármacos de alto espectro. El KM nos informó que el carro de combate republicano se acercaba hacia nuestra trampa. El oficial estaba fuera de la torreta tratando de avistarnos entre el humo, el polvo y el fuego de la zona. Cuando menos se lo esperó, el blindado había arrollado dos minas que inutilizaron su oruga derecha. Estrada hizo el primer disparo en la oruga izquierda destrozando la cadena y una de las uniones entre orugas. Martínez y yo comenzamos a posicionarnos mientras que el TicTac preparaba una segunda ronda pero su sistema de expulsión de munición había quedado atascado por un desperfecto electrónico. – No puedo disparar. Se atascó el cañón – repetía una y otra vez José María, pero fue en uno de esos comentarios que el Abrams perforó de lado a lado al T-90MS haciendo que se prendiera fuego inmediatamente. Podíamos escuchar los gritos por el sistema de comunicación – Ahhhhhhhhhhhhhh…. Nooooooo, nooooooooo – y el ruido se cortó cuando escuchamos el disparo de una pistola. Se habían quitado la vida. KM preparó su primera ronda y le inutilizó el cañón doblándolo un poco pero lo suficiente para evitar que disparara nuevamente. Disparamos una triple carga pero solo una pudo romper las placas protectoras del tanque de fabricación norteamericana. El monstruo republicano expulsaba un humo gris de la parte del motor. Todos salimos de los tanques y emprendimos el trote hacia el animal herido. Conforme nos acercábamos a trote constante con nuestras P90 en las manos que vislumbramos a la distancia el nombre del tanque enemigo, Leviatán con letra azul hecha por una brocha de trazo ancho.

Enemigos del Ejército del Pueblo, salid de allí. Ríndanse. Están rodeados.- empezamos a gritarles una y otra vez. Estábamos esperando, nerviosos, la rendición. La escotilla se abrió unos pocos centímetros y dejó caer un pequeño papel: ¡Muertos antes que rendirnos!. – Todos de vuelta a sus unidades – ordené mientras empezábamos la vuelta a nuestros vehículos. – Una incendiaria, Volodia. A la altura de la unión entre el cuerpo y la torreta. Cerca del cañón. – le ordenaba a Kulikov. Graham tocaba una pequeña armónica de plata cuando se vio interrumpido por el ensordecedor ruido proveniente de la explosión del Abrams. Uno podía sentir en la piel la sensación de calor. – ¿Por qué no se rinden, Henri? – me preguntó Brodie. –No sé, la verdad lo no sé – le respondí a la brevedad. – ¿Alguien quiere mi bizcocho de hace cuatro días?- pregunté a Graham y Kulikov mientras comenzaron a reírse sin motivo alguno. – Basta ya. A barrer la zona – les respondí mientras trataba de mantener la compostura ante el clima de gracia.

Brodie puso en marcha y empezamos a rastrillar en busca de tropas enemigas en el campo de batalla que pudiesen complicar más las cosas. En un santiamén empezamos a recibir impactos de lanzacohetes y balas de un viejo edificio de la década del 30. Volodia acomodó el cañón y disparó a discreción. El cuarto impacto hizo venir abajo la estructura. El polvo cubrió toda el área y era imposible ver. Unos minutos más tarde, cuando la cortina de polvo desapareció, un grupo de niños vestidos con uniformes y pequeñas pistolas calibre 22 izaban un pequeño trapo de cocina blanco en señal de rendición. – Me lleva. Eran niños los que nos estaban disparando.- gritaba enojado el ex estudiante de Eton.

Decidimos salir del tanque lentamente. Uno de los niños, el más grande de todos, que no debía llegar a los 11 años, exclamó con lágrimas que querían irse. Volodia y Brodie instantáneamente le entregaron unas frazadas y algo de comida a su vez que le servían algo de té caliente. – ¿Eran ustedes los que nos dispararon? – le pregunté al mayor de todos. – No, esos eran de un pelotón anticarros. Nosotros estábamos tres casas más adelante y nos había dejado ahí para ayudar en caso de tomar prisioneros. – explicaba el niño mientras el color rosado invadía lentamente la piel de su rostro.

Al cabo de un rato, se fueron caminando por la calle cantando y cubiertos por las grandes frazadas que compartían entre ellos. – Por suerte el EdP no usa niños para la guerra – comentaba Brodie a lo que le respondí: ¿No recuerdas el día que el Comisario Político que nos recibió hace dos semanas mandó a la línea enemiga un grupo de niños con bombas detonadas a distancia?. Al escocés se le hizo un nudo en la garganta. – Me lo dijo una conocida del área de comunicación.

Volvimos a ingresar al tanque y reordenamos un poco las cosas. –De vuelta a la base. Esto terminó-. Ese fue el último comentario hasta volver a la base. El personal civil y parte del personal no se inmutó por nuestra vuelta. Descargamos las mochilas, retiramos la munición del interior y les dimos las especificaciones a los ingenieros para la reparación del tanque.

Fuimos a las duchas para asearnos y coger las literas vacías para descansar un poco. Ya habíamos tenido suficiente por un día.

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Obtuvo su Doctorado de Periodismo en Crisis en la realidad (y un poco en la ficción). Actualmente trabaja en condiciones de sobre-explotación, para un grupo de periodistas renegados.
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