Iluminados por el fuego

Batalla de Aeroparque - Enemigos del Pueblo

Batalla de Aeroparque – Enemigos del Pueblo

En esta entrega de Enemigos del Pueblo, Piazzo reflexiona sobre la gesta revolucionaria  y narra detalles de la llamada “Batalla de Aeroparque”.

Por Maxi Van Hauvart. Ilustraciones: Groger Gutiérrez.

Guerra. Esa palabra maldita. La palabra que precede a la muerte. La palabra que danzará por sobre la vida humana. La lucha de dos enemigos. La lucha de dos ideologías. La lucha, al fin y al cabo. Eso aprendimos nosotros, los miembros de la Compañía de Comandos de Ejército del Pueblo. Éramos iguales que nuestros camaradas. La lucha, las ansias, los sueños, los miedos, las dudas. Salvo una cosa: Nosotros, sin importar el momento y el lugar, debíamos marcar la diferencia. Tarea sencilla para los más experimentados y para los más bocones. Pensamos alguna vez que esto duraría poco. Que al final de varios enfrentamientos masivos donde la sangre de los cuerpos inertes iba escribiendo al ritmo de las metralletas y fusiles la crónica de una muerte anunciada, todo terminaría. ¿Valió la pena el sacrificio que hicimos nosotros, los combatientes de la Compañía Nº9? Eso esperamos, mejor dicho, eso espero. Espero que cada muerte que ejecutamos, cada misión suicida, cada compañero abandonado, cada momento donde tuvimos que usar nuestras manos y almas para asesinar al enemigo, haya valido la pena. Si no quedará guardado en la memoria de los que luchamos. Si las olas del tiempo y de la historia no cuentan lo que pasó, no importa. Lo contaré yo, si, Piazzo, como me llamaban mis camaradas en honor a mi exquisito y fanático gusto por el compositor popular que supo llenar las calles de Buenos Aires al ritmo del mejor tango que una persona puede escuchar: Astor Piazzolla. Cuando llegaba el frío que recorría nuestras venas como las líneas de subte de la ciudad al ritmo de Invierno Porteño. O peor aún, el abrazo de calor inminente que llegaba a la capital de la mano de un Verano Porteño. Y si no faltaba más, esas persecuciones que podrían haber sido imágenes para acompañar una escena bélica con un toque de comedia argentina, el rápido y suave ritmo de Fuga y Misterio. O lo más vacío y fulminante que nos podía pasar, la pérdida de un camarada que me hacía recordar a Adios Nonino en donde cada nota, compás, tiempo, pausa, desgarraba nuestra conciencia y nuestra esencia. Mejor empiezo a escribir todo lo que pueda porque no queda mucho tiempo y no podré darme el lujo de entrar en detalles, una pena.

 AEROPARQUE (Diciembre de 2033)

Recuerdo ese día. ¿Quién no recuerda Aeroparque? Acaso será el tiempo pero no se puede olvidar a Newbery y su pista central. Lugar clave para la guerra. Escenario estratégico para cambiar el mapa y avanzar sobre nuestros enemigos, los repú, como les decíamos a los hijos e hijas de San Martín y sus libertadores. Fue mi primera misión y para cuando finalizó rezaba porque fuera la última. La Compañía de Comandos Nº9 era una de las casi doscientas que había repartidas a lo largo del territorio que habíamos sabido ganar en Capital Federal. Hay muchas historias de cómo la Compañía nació. Algunos dicen que fue por necesidad del Ejército del Pueblo y su Comandancia General tener un grupo a la altura de las circunstancias. Otros que sostienen que en ella se encontraban los inadaptados y “lumpenes” que solo buscaban silenciar vidas y no pensar en el proyecto de un avance real del comunismo en Capital Federal y el resto de la provincia. Pero mi historia es un poco distinta. La Novena y su creación datan cuando se dispuso la Operación Troya en donde los Primeros lograron hacerse pasar por miembros de las Tropas Republicanas y como había relatado Homero en la Ilíada, novela que alguna vez nosotros los jóvenes leímos durante nuestra secundaria, las fuerzas del Ejército del Pueblo lograron hacerse con la Casa Rosada. Dos años después tomaría el nombre de Guarida Roja. Y la Plaza de Mayo llevaría el nombre de Plaza de la Revolución. Cuando yo llegué, los Primeros habían muerto. Eso dicen los más experimentados. Algunos dicen sus almas suelen caminar cerca de Callao de noche recreando sus vidas antes de la guerra con una mujer hermosa a su lado después de haber disfrutado y gozado una pizza en El Cuartito. Son cuentos para algunos pero para otros dicen haberlo visto en carne propia. Mi entrenamiento consistió en no solo saber y entender al comunismo como un movimiento capaz de limpiar su imagen e historia sino saber disparar todo tipos de armas, ser más escurridizo que una rata buscando un exquisito pedazo de roquefort y no morir en mi primera misión. Nada se regalaba. Todo se ganaba. En sus inicios, después de haber demostrado su potencial, se pensó como una unidad de ciento veinte comandos. Al poco tiempo se crearon las Compañía de Comandos (Zona Centro) Nº101 y la Compañía de Comandos (Zona Sur) Nº45. Distintos lugares pero al final el mismo trabajo.

Un 2 de diciembre de 2033, la Comandancia General informó su nueva ofensiva sobre un territorio en disputa desde los inicios de la guerra: el Aeroparque Newbery. Hacerse con las instalaciones, la pista principal y las pistas secundarias junto a los hangares significaba que los Comandos podrían realizar incursiones en territorio enemigo durante la noche y a su vez, mejorar el transporte de provisiones y refuerzos del exterior hacia la Capital Federal y viceversa. Fuimos informados en el acto durante una reunión con el Capitán Julián “SMATA” Rodríguez quien nos dio los detalles de la misión. La ocupación, instalación y defensa de Newbery llevaría el nombre de Operación Titán por sus grandes dimensiones. Pero con el tiempo descubrí que era por la imposibilidad de que una sola compañía pudiera capturar un Aeroparque, asegurarlo y esperar a las compañías de tanques que tardarían un mes en movilizarse debido a que se debía resguardar todos los frentes para evitar contraofensivas. Para ese entonces, la Compañía contaba con sus ciento veinte efectivos. Y ahí fuimos. Librados a nuestra propia suerte. Como comandos primaba una regla: más de dos comandos juntos es multitud. Nos asignaron parejas. Nos dieron los objetivos y ahí fuimos contra viento y marea.

Batalla de Aeroparque - Enemigos del Pueblo II

Batalla de Aeroparque – Enemigos del Pueblo II

La noche del 14 de diciembre nos dividimos en dos frentes: la ocupación por la zona sur realizando una caminata a campo traviesa y por otro lado, la ocupación desde la costa. Se calculó que la operación no debía superar las cinco horas y fue exactamente lo que no pasó. La ocupación nos llevó tan solo una hora y media. Revisamos hangar y edificio uno por uno. Pero hubo un problema: Inteligencia no tuvo la amabilidad de informarnos que los repú preparaban una operación para ocupar el terreno al igual que nosotros. Pero si algo pudo empeorar esa noche en donde me pasaba cantando a mis camaradas canciones de tango fue el avistamiento de un regimiento entero. Era tan gracioso y tan trágico. A veces pienso que los argentinos tenemos que vivir entre la trompeta y el cuchillo. ¿Qué tragicómico, no? Ciento veinte hombres contra dos mil. ¿Qué somos, espartanos que luchamos contra Jerjes y sus hordas en las Termopilas? ¿Acaso somos Alejandro Magno y sus macedonios que supieron vencer gracias a Zeus y Dionisos a Darío, el rey persa? Nada de eso. Humanos nada más. Sangre al final de cuentas. Nada de mitos. Solo historia, nuestra historia. Cuando menos lo pensamos la lluvia cayó sobre nosotros. Los repú sabían que debían ser certeros con su artillería porque podía arruinar la pista central pero fueron tan brillantes de dejarnos el plomo y el fuego a nosotros. Estábamos iluminados por el fuego de las bombas y el aniquilamiento de la raza humana. Recuerdo que todo pasó en un abrir y cerrar de ojos. Hubo silencio y el sol comenzó asomar en el horizonte lejano donde nos preguntábamos si éramos los únicos sumidos en una guerra civil. Cargamos bayonetas en nuestras AK-50 y rugimos como fieras. Mientras luchábamos, Esteban, tomó los altoparlantes del lugar y dejó correr un disco con La Internacional. Resurgimos como el fénix y sentíamos que la sangre nos iba a reventar de la emoción. La zona de espera donde familias enteras despedían o esperaban a parientes que venían desde lejos resultó convertirse en una matanza. Mi juventud me hacía pensar que todo estaba perdido pero supimos jugar y aprovechar nuestras habilidades contra un regimiento de niños y adolescentes pagados con raciones ínfimas de comida contra hombres curtidos por las balas y la dialéctica del comunismo que corría por nuestras venas y nuestro corazón revolucionario. Aunque a veces las victorias no son como esperamos tuvimos que proceder al plan de emergencia: Si la Compañía no podía aguantar a las fuerzas burguesas debían dinamitar la pista principal y los hangares. O la pista era de los rojos o no era de nadie. La Comandancia había dado esa orden así que no esperábamos reprimendas por dicha acción. Aguantamos lo que se pudo. Cuando La Internacional dejó de sonar la única música que llevó hoy en día es el ruido de las costillas romperse por el filo de la bayoneta o como los niños nos pedían piedad. La Compañía no pudo resistir. Habíamos perdido treinta hombres que ya eran bastante para una unidad menor de combate. La historia había juzgado. La batalla había terminado.

Para el mediodía de 15, tanto los repú como nosotros tuvimos que retirarnos. No fue la victoria que nos enarboló en la cima de la historia pero tampoco fue la derrota amarga que se posa en nuestra lengua a esperar a tragar y sentir como acuchilla nuestro interior y lo envenena con resentimiento. La pista quedó inutilizada. Ni nosotros ni los repú podrían usarla en un futuro próximo. La iniciativa de realizar operaciones aéreas de noche se eliminó para siempre. Nosotros, los 90, volvimos cantando nuestra marcha. Nosotros luchamos en Aeroparque. Nuestros camaradas y sus nombres descansan en una placa de metal enorme donde siempre que pudimos rendimos homenaje a sus memorias y a su lucha. La guerra es el personaje colectivo que se conforma como el resultado inalterable de las insatisfacciones políticas y sociales de un determinado conjunto de individuos. Eso escuche decir una vez. Yo ya no voy a escuchar historia. Yo, Piazzo, estoy haciendo historia.

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Obtuvo su Doctorado de Periodismo en Crisis en la realidad (y un poco en la ficción). Actualmente trabaja en condiciones de sobre-explotación, para un grupo de periodistas renegados.
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