Historia del Éxtasis: Bailar drogados es bailar

Éxtasis - Labrokenface

LaBrokenFace explora el mundo de las drogas mediante un completo informe que lejos de perpetrar la fácil apología, historiza y por tanto desactiva, la demonización de una que gusta visitar las pistas de baile: el éxtasis.

Por Alan Ojeda. Ilustraciones: Groger Gutiérrez.

“Éxtasis” es una palabra común para muchas culturas. En cualquiera significaría más o menos lo mismo: un estado de plenitud máxima en el que se conjugan tanto una sensación física de intensidad como una lucidez total. Ahora, pocos se animarían a decir que un grupo enorme de gente escuchando música electrónica, bailando y consumiendo MDMA estuviera llegando a lo mismo.

Es necesario señalar algo. Toda droga ha llegado de la mano de una cultura en contextos determinados. Como dice Simon Reynolds: “El síndrome de la interfaz tecnología-droga no es exclusivo de la música electrónica, por supuesto. Se lo puede ver en el rock psicodélico (el LSD coincidió con la llegada de los estudios de ocho canales), e incluso en el soft rock de los últimos setenta: las líneas de guitarra infinitamente sobregrabadas y el lustre sonoro brillosísimo de The Eagles o Fleetwood Mac reflejó el abuso de la cocaína (al oído de la cocaína le gustan las frecuencias altas y relucientes y los pequeños sonidos detallados, mientras que el abuso de la misma droga vuelve a la gente quisquillosa y perfeccionista)”. El éxtasis llega a la cultura como una nueva forma de relación entre los cuerpos, una nueva forma de experimentar la música. Como “droga de diseño” también podríamos llamarlo “tecnología de placer”. Esto significa que no es lisa y llanamente una cosa, es un medio. En una época fue la anestesia de la cocaína, en otra la revelación del universo por medio de enteógenos, hoy en día, la búsqueda por reavivar un espacio perdido dentro de la historia universal: el cuerpo. Bailar es aún un espacio tan anti-intelectual, que pocos le han dado el espacio necesario para entender por qué existe una relación tan estrecha entre el MDMA y la música electrónica.

El éxtasis comenzó su historia en 1912, en una síntesis que parecía no tener utilidad aparente. No fue hasta 1976 que Sasha Shulgin retomó la posta en la investigación, sintetizó nuevamente MDMA y tras un auto-experimento encontró algo que no había experimentado antes. Los resultados fueron asombrosos. Sasha Shulgin narra su experiencia con 120mg en libro escrito junto a su esposa Ann, Phikal: “Conforme el material me hizo efecto sentí que estaba siendo envuelto, y mi atención debía ser dirigida a ello. Me asusté mucho, y mi cara se sentía fría y ceniza. Sentí que quería regresar, pero sabía que no había regreso. Después el miedo comenzó a abandonarme, y me aventuré a efectuar algunos pasos de bebé, como dando los primeros pasos después de haber renacido. La leña es tan bonita, es casi toda la alegría y la belleza que puedo soportar. Me temo que si volteo y miro las montañas, estaré sobrecogido de miedo. Pero miro, y estoy asombrado. Todo el mundo debería llegar a experimentar la profundidad de un estado como este. Me siento totalmente en paz. He vivido toda mi vida para llegar aquí, y siento que he llegado a casa. Estoy completo.”

Ya durante los años setenta el nuevo químico fue llevado a la comunidad psiquiátrica, que en su mayoría la recibió con los brazos abiertos por su potencialidad para liberar las ataduras comunicacionales en las terapias. Eran épocas en las que aún se conservaba la impronta de explorar los confines de la psiquis, en lugar de buscar dormirla con psicofármacos como el clonazepan, el fenobarbital, buprenorfina o pentazocina que, pese a generar tolerancia rápidamente, a que el margen entre dosis segura y letal sea mínimo, que produzcan problemas en hígado y riñones, afecten la memoria, deterioren las funciones cognitivas y lleguen a ser tan adictivos como la heroína, gracias a la acción conjunta de los monopolios farmacéuticos, son legales.

En 1985, cuando los psiquiatras y psicólogos norteamericanos llevaban casi una década usando el MDMA en terapias, la DEA decretó que no tenía uso médico y el químico terminó en la lista I de sustancias prohibidas, abortando totalmente la posibilidad de seguir investigando sus efectos y posibles beneficios.

La historia de la sociedad occidental puede verse a través de sus consumos. Como diría el filósofo alemán Peter Sloterdijk: “Desde Aristóteles, pertenece al código de la comunidad argumentadora la convicción de que es mejor perder el hilo estando sobrio que expresarse con la más eximia de las inteligencias estando drogado”.

Así fue como la sociedad occidental eligió dormir, la paz, la tranquilidad, el ensueño y auto engaño de las drogas lícitas, “seguras”.

Ahora, ¿cómo nos lleva esto a la pista de baile? Octavio Paz sugirió en su libro “Corriente Alterna” que siempre que se ha perseguido una droga psicoactiva, se la ha perseguido como a una disidencia, como una herejía. Entonces, qué son el baile en trance de la música electrónica y el MDMA sino una disidencia frente al reino de la razón.

A finales de los años setenta, el “éxtasis” ya se consumía de forma lúdica en las discotecas. El mercado negro comenzó a expandir la fama de “droga feliz” o “droga divertida”. Con un viaje mucho más amistoso que el de los psicodélicos fuertes como la LSD, el éxtasis tuvo una gran acogida. Sus efectos empatógenos que permiten eliminar las barreras intersubjetivas, el ser un intensificador del tacto y el oído, lo transformaron en una droga especial para ser consumida en fiestas. Víctor Lenarduzzi es Doctor en Ciencias Sociales de la UBA y autor de la tesis doctoral sobre música electrónica, Placeres en movimiento. Es uno de los pocos académicos que se ha encargado de analizar el fenómeno de la música electrónica y su contexto, sin obviar el consumo de drogas. Dijo: “El éxtasis pega directo en el ánimo, predispone al contacto, al movimiento, es amistoso y yo diría que te “remixa” la escucha. Nada suena igual después de haber probado el éxtasis. Lo sigas consumiendo o no, sin duda el químico configuró algo de un modo de vincularse con la música muy físico y corporal, además de personal e interno.”

¿A qué vinimos acá? ¿Qué estamos buscando?

Para empezar una cita de Ralf Hütter de Kraftwerk, una de las bandas pioneras del techno y la música electrónica en general: “La causa del éxtasis es siempre la repetición y todo el mundo busca el éxtasis en su vida, ya sea a través del sexo, la emoción, el placer, en las fiestas nocturnas, etc. En consecuencia, las máquinas proporcionan un éxtasis perfecto”.

Estamos en los años setenta, en New York, capital mundial del baile y la música disco del momento. Se destacan distintos lugares, desde las primeras discotecas ilegales fundadas en pisos de departamento en viejos edificios, hasta Fire Island, centro de las fiestas más hedonistas en la ciudad.

Como describe el escritor norteamericano Andrew Holleran en su novela Dancer from the dance, hay algo presente en el ambiente: movimiento. Más específicamente cuerpos en movimiento.

Bailar es el único interés para todos los presentes en la pista y los caminantes nocturnos. Las drogas presentes no son distintas de las que ya se habían usado: cocaína, popper, LSD, marihuana o anfetaminas. No importaba cual es el químico, lo importante es bailar hasta que salga el sol.

La pista debe mantenerse en movimiento, pero hasta ese momento nadie –o casi nadie- había desarrollado la técnica de reproducción sin parar. Cuando termina una canción empieza otra, y los bailarines recién terminan de entrar en calor cuando la canción ya está por terminar. De pronto, en la ciudad de Chicago, dos jóvenes afroamericanos gay comienzan a revolucionar la música de baile. Frankie Knucles y Ron Hardy, el primero en Warehouse y el segundo desde la cabina de Music Box, ponen a funcionar una nueva forma de exhibir la música: la mezcla continua. Así se transformaron en los padres del arte de la mezcla y la música electrónica. Gracias a ellos los bailarines entran en trance con sesiones maratónicas de R&B, disco, motown y hasta new wave, todo lo disponible que motivara a mover el cuerpo y agitarse un poco.

Esto es sólo el comienzo de la historia. Poco a poco, con ayuda de distintos artistas –desde gente como Juan Atkins desde Detroit con el track Alleys of your mind, que él considera la primera producción enteramente House, hasta las producciones más sencillas como On & on de Jesse Saunders-, la escena se fue formando hasta realizar su despegue internacional al promediar mediados de los ochenta. Al mismo tiempo que la nueva movida del House despegaba, una nueva sustancia iba haciéndose un lugar entre los bailarines: el éxtasis, en sus dos formas MDA y MDMA. Poco menos de diez años después del redescubrimiento de Sasha Shulgin, la nueva droga ya recorría espacios sociales tan diversos como los de la terapia psicoanalítica y las discotecas. Se produjo una sinergia, una unión inseparable y simbiótica. A una música rítmica y repetitiva, con sesiones maratónicas se le había sumado un químico capaz de hacerte sumergir en la música durante horas, vivir la euforia el amor a flor de piel y crear una mística de comunidad jamás pensada. Esto es consecuencia de los principales efectos del éxtasis en el cerebro, la liberación de serotonina, un neurotransmisor encargado de la inhibición de la ira, la agresión, la temperatura corporal, el humor, el sueño, el vómito, la sexualidad, y el apetito. Sin dudas resultó distinta a lo existente, a la cocaína, a la LSD y a la marihuana.

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El toque criollo

De Estados Unidos a Inglaterra, Ibiza, Alemania y así al resto del mundo. Ibiza es uno de los puntos clave para entender lo que más tarde terminó siendo “La ruta del Bacalao”. La isla del hedonismo era, por ese entonces, un paraíso inmaculado al que solo accedían vacacionantes muy adinerados que buscaban fiesta y al mismo tiempo alejarse de los problemas y paisajes de la ciudad. Pese a todas sus condiciones, no fue hasta la aparición de un personaje central que este eden se transformó en el referente de la fiesta europea. Alfredo Fiorito nació en Rosario en 1953, trabajó como periodista y crítico musical hasta que en 1976, con la llegada de la dictadura militar, decidió viajar hasta el viejo continente y luego instalarse en la isla. En 1983 por primera vez Alfredo aparece en escena como Dj de Amnesia, discoteca que le debería su nombre al ya viejo conocido Antonio Escohotado, quien durante los años setenta la había bautizado así en referencia a la función que cumplía para la gente que necesitaba desprenderse y olvidarse de las obligaciones y el trabajo. A diferencia de la mayoría de los boliches, Amnesia se llenaba de gente a altas horas de la madrugada, las sesiones comenzaban muy tarde, con el público que emigraba de las demás discotecas. En pocas palabras fue el primer After-hour de la historia. A falta de recursos –los vinilos no llegaban a Ibiza como a Inglaterra o Estados Unidos- Alfredo aprendió a manejarse con lo disponible a mano -¿ingenio criollo?-. Así nació un nuevo estilo: los “sonidos baleares”, el género nacional de Ibiza. Al poco tiempo la fiebre se expandió por toda Europa. Ya a mediados de los ochenta, tanto Madrid como Valencia tenían amplios circuitos de la movida que evolucionó y alcanzó su época dorada durante los primeros años de los noventa.

El público ibicenco estaba formado por un grupo de lo más heterogéneo: hippies, negros, franceses, ingleses, españoles que había llegado a Ibiza escapando de la crudeza del franquismo, jóvenes, viejo, heterosexuales y gays. La isla siempre había sido un símbolo de libertad, liberación y excesos. Junto con las sesiones maratónicas de Alfredo en Amnesia también llegó el éxtasis de la mano de los ravers ibicencos y con él una nueva forma de comprender y experimentar la música y el baile.

Años más tarde, en 1987, el Dj britránico Paul Oakenfold viaja junto a su amigo Danny Rammpling a Ibiza con motivo de un cumpleaños. No tardaron en caer en lo que para ese entonces ya era un emblema en la zona, los terrenos de un argentino en donde la música house se mezclaba con el hip hop, el electro pop y sonidos típicos de España. Según ha confesado Oakenfold en el documental Pump up the volumen: la historia de la música house, esa fue también la primera vez que probó la droga que, tan solo un año después, sería responsable en el Reino Unido de lo que se terminó por llamar Second Summer of Love.

Aquella noche un Dj argentino les acababa, si no de salvar, de cambiar la vida.

Una experiencia trascendente los había afectado tanto como para querer trasladar la movida ibicenca al viejo y gris Londres. Mientras tanto la utópica isla balear se transformaba a un ritmo acelerado. Una nueva comunidad se afianzaba cada vez más, multiplicándose como un virus en pastilla, pero entre abrazos y bailes hasta que despuntara el mediodía. El éxtasis ahora estaba rodeado de una cultura –la raver- y una ideología comunal que se afianzará con los años.

Ruta Destroy o La Ruta del Bakalao

A la manera de un On the road posmodernista, La Ruta del Bakalao era un recorrido de discotecas que comprendía toda la zona metropolitana de Valencia, sobre todo en la carretera de El Saler que se mantuvo vivo desde los tempranos ochenta hasta mediados de los noventa. España estaba dando sus primeros pasos fuera del franquismo y -el camino sería similar al de Alemania luego de la caída del muro de Berlín- a años de privación sensorial se le contrapusieron más de quince años de fiesta non-stop. Así nació un nuevo tipo de persona, adicta a las fiestas, a la noche y a mantenerse bailando hasta que suene el último beat: el clubber.

Europa brillaba y se movía a un mismo ritmo, electrónico y pegadizo. Como diría Steve Coogan interpretando a Tony Wilson en la película 24 hour party people, había llegado la era en la que “incluso el hombre blanco podía bailar”. En paralelo a la cultura clubber y la expansión de la cultura electrónica el uso de MDMA comenzó a multiplicarse. De pronto todas las discotecas estaban inundadas de cápsulas de MD y pastillas de distintos colores. La excesiva demanda culminó en dos cosas: la prohibición del éxtasis y la baja en la calidad de la droga. Los efectos y el ritual estaban tan unidos que estas consecuencias no tardaron en hacer efecto sobre la aparición de nuevos estilos musicales.

La Ruta del Bakalao implicaba un circuito de discotecas entre las que estaban Barraca, Spook Factory, Chocolate, Espiral, NOD, Puzzle, y ACTV. A principios de los 80 la cultura española se estaba abriendo al mundo y comenzó a recibir una invasión sonora de la música reinante en ese momento, en su mayoría proveniente de Manchester. La noche incluia de todo: post-punk, música-indie, rock experimental y rockabilly. Bandas como Cabaret Voltaire, Ramones, Joy Division, Depeche Mode, The Smiths y los nuevos sonidos electrónicos sonaban en una misma pista.

La época dorada culminó en 1993, al igual que la época dorada del éxtasis. Hasta ese momento el ambiente, la música y la píldora del amor habían logrado mantener un espíritu festivo y amistoso impensable en otras épocas. La 3,4-metilendioximetanfetamina cumplía su función como empatógeno y a su vez des-sexualizaba las relaciones. Como señala Victor Lenarduzzi en su libro Placeres en movimiento, la pista comienza a ganar otra dinámica, ya no enfocada en el levante. El éxtasis en inhibidor del orgasmo, des-genitaliza la sexualidad, la transforma en algo a flor de piel –literalmente-. Esto implicó un cambio fundamental en las formas de relacionarse. ¿Qué hacer cuando cada melodía, cada caricia o cambio de temperatura equivale a un orgasmo? Nada, seguir frotándose y bailando hasta que salga el sol. Por esos años cada fin de semana de fiesta valenciana podía llegar a reunir hasta 50 mil jóvenes que provenían de todas partes de España y Europa.

Para 1994 las cosas comenzaron a ponerse turbias. La música empieza a perder calidad y ganar bpms. Al aumentar la velocidad de los golpes por minutos, los sonidos pierden profundidad y texturas, transformando la música en algo similar a una descarga de ametralladoras. Todo se acelera al mismo ritmo que las anfetaminas comienzan a inundar las pastillas y cápsulas anteriormente llenas de éxtasis puro, debido tanto a la prohibición como al aumento de la demanda y las ganas de ganar dinero de los narcotraficantes; la policía se hace cada vez más presente; al secuestro, violación, tortura y asesinato de Míriam, Toñi y Desirée, tres niñas de catorce y quince años, entre 1992 y 1993, conocido como “El Crímen de Alcácer” permitió a los medios demonizar aún más la movida al enterarse que uno de los responsables era habitué de uno de los clubes; la clientela había comenzado a cambiar y en lugar de los jóvenes festivos con ropa de colores, hicieron su aparición jóvenes de cabeza rapada y camperas de cuero, más afines a las anfetas y los sonidos de ametralladora del hard-techno.

Para finales de los años noventa casi ninguna de las discotecas emblema seguía en pie como en sus épocas de gloria. El clima de P.L.U.R –paz, libertad, unión y respeto- se había perdido.

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Al que no baila le gusta Tatcher

Entre 1988 y 1989, la gris Inglaterra también vivió su explosión y tuvo un nombre. El “Segundo verano del amor” hace referencia al renacimiento de una actitud colectiva similar a la de los años sesenta.

Luego de la vuelta de Ibiza, Paul Oakenfold y Rammpling buscaron expandir la cultura clubber en Londres. En 1987, Oakenfold y su amigo Ian St. Paul, tras un intento fallido –Project duró solo un par de semanas-, alquilaron un local y abrieron Future. Rammpling, por otro lado, abrió junto a su pareja la discoteca “Shoom”, onomatopeya del efecto del éxtasis al subir.

Para ese entonces la vida nocturna londinense no pasaba de las 2 AM. En su mayoría los lugares abiertos eran bares. La sociedad conservadora y tatcherista no veía con buenos ojos esta cultura por ese entonces incipiente, cargada de desenfreno, mezcla de grupos sociales y cultura gay. Quienes viajaban a Ibiza se aprovisionaban de la mayor cantidad de éxtasis posible para llevar de nuevo al Reino Unido. La represión y persecución no tardaría en aparecer. La policía se ponía más alerta y Tatcher comenzaba a idear un avance legislativo para prohibir la movida.

En 1988, Paul e Ian alquilan el club Heaven y ponen en funcionamiento “Spectrum” los lunes por la noche. Pese a lo descabellado del día, a poco tiempo de su inauguración la gente comienza a llenar el lugar.

En Manchester también explotaba la nueva movida. La Hacienda, fundada por Tony Wilson, creador de Factory Records –sello que apadrinó a artistas como Happy Mondays, Joy división y New Order- se transformó en el centro del universo. No solo se podía escuchar la mejor música para bailar, sino que también todas las bandas que importaban estaban ahí. Con Mike Pickering y Graeme Park en las bandejas y los Mondays en el escenario la ciudad ganó su nuevo nombre: ¡Madchester!

Para finales de 1989 todo se salió de control. No solo la policía y Tatcher estaban obsesionados con parar al virus del baile sino que los ravers estaban decididos a salir de los márgenes y llevar las fiestas a cualquier lado. Así nacieron las Free Party, gloria y decadencia del movimiento.

Los organizadores y ravers logaron desarrollar sistemas de comunicación secretos para evitar la intercepción policial y hacer las fiestas sin problemas. El método usualmente consistía en que unos pocos que sabían la información la difundían de boca en boca, dando a los interesados un número de teléfono al que deberían llamar una hora antes de la fiesta para enterarse donde se realizaría. Desde el hangar de aviones hasta un campo en una barriada tranquila en las inmediaciones de la autopista M25, no había lugar que no fuera posible de transformar en una mega fiesta. Pese a los intentos de la policía por parar el movimiento, ya era incontrolable.

Con la organización de estos eventos que reunía a miles de jóvenes, también llegaron los problemas con las bandas mafiosas que se ocultaban detrás de las organizaciones de las Free Party. Al igual que pasó en Ibiza, la escena comenzó a decaer y a sufrir una pérdida de calidad conforme crecían los crímenes y se adulteraba la MDMA con anfetaminas, metanfetaminas y efedrina entre otras cosas.

La prensa comenzó a atacar el movimiento y a sembrar el pánico en la sociedad, relacionando el “acid-house”, que en ese momento era el género más popular, con el consumo de LSD, pero como decía la banda E-Zee Possee: Everything Starts With an ‘E’, tema que es rápidamente prohibido cuando las autoridades consideraron que fomentaba el uso de drogas. La paranoia aumentó luego de que se registraran dos muertes en poco tiempo supuestamente relacionadas con el consumo de esta nueva droga en los escenarios de las raves.

En 1994, Margaret Tatcher promulga un decreto que volvía ilegal el hecho de que diez o más personas se congregaran en un mismo lugar a escuchar música completa o predominantemente caracterizada por la emisión de una sucesión de zumbidos repetitivos que pudiera causar distress a la comunidad local. El “acid house” sufría la censura.

“Mal flash”

La droga empeoró cada vez más y el hard-techno ganó la pulseada. Para mediados de los años noventa una nueva camada de bailarines, en su mayoría hooligans y jóvenes skins, se agitaba a ritmos demenciales de 300bpm cargados de anfetaminas y con la mandíbula dura, moviéndose de un lado a otro como máquina de escribir.

El sueño dorado de una sociedad bailando con el amor a flor de piel se había acabado, por segunda vez, en menos de tres décadas.

MDMA: herencia y estado legal

En 1985 la Organización Mundial de la Salud incluyó la MDMA en la Lista I de psicotrópicos, junto a la psilocibina, la LSD, la mescalina y la DMT. En consecuencia su fabricación, venta, e incluso su uso científico quedaba totalmente prohibido, al menos en Estados Unidos y los países que habían adherido al Convenio único de las Naciones Unidas de 1961 y el Convenio de Viena de 1971.

El día que se celebró la reunión que terminó con la prohibición del éxtasis, en Ginebra, el informe de la Vigesimosegunda Reunión del Comité de Experimentos de la ONU señaló: “No hay datos disponibles sobre la propensión al abuso clínico, ni problemas sociales y de salud pública, ni epidemiológico, ligados al uso o abuso de esta sustancia. No existe un uso terapéutico bien definido, pero bastantes profesionales norteamericanos afirman que posee un gran valor como agente psicoterapeutico”.

En pocas palabras, las que podrían ser razones para su prohibición nunca lo fueron. Mientras la prohibición sucitó un nuevo problema –la adulteración con químicos como catinonas, anfetaminas, efedrina, procaína y aminobutanos-, ubicadas en las listas II, III y IV se encontraban los químicos farmacéuticos que, aunque produjeran destrozos en el cerebro como el fenobarbital, eran totalmente legales. La principal causa para perseguir el éxtasis no fue su peligro real, sino el peligro que implica al Estado y sobre todo a las farmacéuticas el deseo colectivo de consumirla. ¿Existirían los antidepresivos, ansiolíticos y la mayoría de los tratamientos psiquiátricos para la depresión y el stress post traumático si la MDMA hubiera continuado su curso de legalidad e investigación?

La feliz orgia de la rave, su inocencia y sueños fueron la pesadilla del status quo. Música electrónica, baile y éxtasis. De la fiesta a la prohibición, el poder nos dejó sin saber si el amor y el entendimiento común podía estar a una pastilla de distancia.

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Alan Ojeda

Alan Ojeda

Periodista, escritor, docente de escuela media, investigador. Especialista en drogas y música electrónica. Editor de la Revista Equis y coordinador del ciclo de poesía, música y libros Noche Equis.
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