Bicicleteando al ras de la muerte

Enemigos del Pueblo - Bicicleteando al raz de la muerte

El guerrillero Piazzo vuelve a narrar una operación militar de los “Enemigos del Pueblo“. Bicicletas y francotiradores dominan una Buenos Aires en guerra.

Por Maximiliano Van Hauvart. Ilustraciones: Groger Gutiérrez.

La bicicleta. Metáfora orgánica de la vida. Una gran rueda que no encuentra fin alguno, pues la rueda no termina, aunque esté quieta, su forma persiste, y también su destino. No tiene fin. Nunca lo tendrá. Recuerdo ese empujón de mi padre, creo hacerlo; Ariana, vecina del barrio fue testigo. Había giro, no destino. El pedaleo llevó a la fuerza, la fuerza llevó al movimiento, el movimiento llevó al desplazamiento, el desplazamiento llevó al árbol, el árbol llevó al choque y a la caída total y absoluta por física propia. Era la metáfora de la vida. Al final, reside en el individuo, como parte de la gran masa viviente de dos pies, levantarse y seguir. O no, y por el contrario, perecer.

Ezeiza, larga recta de concreto acuchillada de la misma forma que los cadáveres putrefactos de los malditos repú. La falta de camaradas se hizo sentir. Los que quedaron ahí bailarán la danza de la muerte hasta el fin de la era del hombre. El Patio de las Palmeras, dentro de la Guarida Roja, era el lugar donde poníamos en cuestionamiento todas nuestras acciones después de los combates. Por las noches, en el cielo estrellado, veíamos las caras de los camaradas caídos. Podíamos también hacer limpieza de fusiles, leer las cartas de nuestros familiares, tomar vodka para revivir el alma o asistir al Club del Teatro.
Una misión terminaba y otra arrancaba. Ese era el código de la guerra. Nunca había fin, porque el mismo estaba a nuestro alrededor desde que llegamos a Buenos Aires. La fe, los valores, las ideas del comunismo y la extinción definitiva de la explotación del hombre hacia el hombre se anulaban cuando el día a día de los soldados se convertía en sobrevivir y poder volver a ver un nuevo día.

Eran tiempos difíciles. El Acuerdo Internacional de Alimentos y Provisiones para la Guerra de Argentina (A.I.A.P.G.A.), firmado por los Comandantes en Jefe del Ejército del Pueblo con los demás gobiernos revolucionarios de África y Asia, iban en picada. Las guerras por la conducción de los países rebeldes del África y Asia se veían sumidas en guerras civiles nacidas de las diferencias políticas y la guerra internacional. El acuerdo consistía en que el EdP permitía la entrada de reservistas y nuevas tropas de los países del A.I.A.P.G.A. a Buenos Aires a cambio de ayuda militar, suministros de comida e insumos básicos. Este proceso también se veía debilitado por los pocos resultados de expansión territorial por parte del EdP, lo que generaba cuestionamientos en las altas dirigencias de Sudáfrica, China, Vietnam, Laos, Corea del Norte, Australia, Argelia y Libia y demás países miembros. Si el EdP no empezaba a ganar terreno, se quedaría solo y sin ayuda alguna. La Comandancia del Ejército del Pueblo llegó a un acuerdo: diez tanques provenientes de China llegarían a Buenos Aires con el fin de hacer retroceder la línea enemiga unas 30 cuadras. Eso podría significar un avance notorio, ya que significaba la ocupación del 50% de la ciudad y evitaba realizar avances en pleno invierno.

Un mes después de la Batalla de Ezeiza, y con escases de suministros, la Comandancia del Ejército de Pueblo celebró una reunión en la Sala de la Estrella (se ubicaba a unos quince metros bajo tierra de la Guarida Roja). La misión fue bautizada como “Martillo Rojo”. El plan: La artillería realiza una rutina. Disparar un fuego constante durante un tiempo determinado desde la Avenida Callao, punto desde el cual la infantería y los tanques chinos avanzan en grupos de manera paralela desde la Avenida San Juan pasando por Avenida Independencia, Avenida Rivadavia y Avenida Corrientes hasta Avenida Córdoba en dirección hacia Avenida Medrano o Castro Barros. El ataque, a las 01:30 a.m. a bayoneta calada. La única complicación, que una vez comenzado el avance con apoyo de artillería, las dos divisiones de los repú ubicadas y guarecidas en Parque Rivadavia (si son notificadas) quizá suben por Avenida Rivadavia y se desplazan a lo largo de Avenida Medrano frenando nuestro avance. La Estación 11 de Septiembre es la única unidad republicana con un tendido de comunicación que contacta directamente con Parque Rivadavia. El objetivo, conservar la Estación por su importancia tecnológica, y durante la operación, tornar difíciles las comunicaciones del enemigo. Unas dieciocho cuadras de un cable tendido en el piso, regularmente reparado por soldados que, dato de color, van en bicicletas. Lo que no saben es que tres grupos de francotiradores nuestros inhabilitan las comunicaciones, haciendo salir a los jóvenes republicanos a reparar los cables.
Al principio una misión, más tarde, fue un placer.

23 de Mayo de 2034

El día previo a la Operación Martillo Rojo, un libio proveniente de Tobruk (Libia) llamado Yusseff Al Maad, que no era tan malo en su castellano y su visión de la revolución no era como un sueño de princesas, se había reportado en el Ejército de Pueblo. Estaba viendo como la barba tupida y espesa había crecido en mi cara al verme en el espejo cuando unas palabras inentendibles se pronunciaron a metros de mí. Yusseff había pronunciado la frase “Al·lahu-àkbar.” Yo, con mi tonada porteña le contesté: “Maradona es más grande que Pelé”. El libio entendió y se echó a reír. Creo que fue el inicio de una gran amistad. Podría decir que en el futuro, Yusseff se convertiría en un mentor de la guerra. Su Dragonov (fusil soviético) en su espalda, sus binoculares, un anemómetro (permite calcular la velocidad del viento) y su vestimenta que lo hacía pasar desapercibido delataba que él era un francotirador. No todos los días un libio caía en Buenos Aires profesando por Alá y con un Dragonov en sus hombros.

Unas horas más tarde, Rodríguez, nuestro capitán observó como Yusseff rezaba, lo que despertó un enojo esperable en quienes siguen paso a paso los libritos de Marx. En mi intento de defenderlo, y explicar la presencia de Yusseff, Rodríguez se calmó (no del todo, como esperaba) y entabló una conversación con él. Me dijo que si no fuera por su creencia en Alá que hace estrellar aviones, apedrear mujeres y matar a quienes no profesan su religión, sería un hombre perfecto. Rodríguez, junto a otros capitanes nos habían llamado a una reunión donde mis temores se estaban a punto de confirmar: Yusseff y yo seríamos el tercer grupo de francotiradores apostados sobre algún edificio en la Avenida Rivadavia interrumpiendo y matando a cualquier hombre, mujer o niño que intentase reparar el cable durante la Operación Martillo Rojo.

Yusseff salió fumando una pipa. Yo tenía la misma sensación de miedo que en Ezeiza. Nos encontramos a las afueras de la Guarida Roja. Un camión nos acercó a un túnel que estaba a una cuadra exacta de nuestra posición de tiro. Todo estaba calculado. Salimos con una leve llovizna mientras el camión desaparecía y se mimetizaba con las sombras.

24 de Mayo de 2034

Llegamos a nuestro edificio. Más bien, a lo que quedaba. Al parecer un proyectil había impactado en el centro dejando las estructuras laterales y algunas habitaciones intactas. Yusseff sostuvo que si disparábamos, el edificio se desmoronaría sobre nosotros. Para él, un musulmán, morir luchando contra tu enemigo te recompensa con setenta y dos vírgenes o cien. No sé. Son demasiadas vírgenes pero mal no la habría pasado.
Esa noche descubrí dos cosas: el arte de matar a la distancia bajo un recital de truenos, y cómo la adrenalina es capaz de poseer a un hombre completamente, según Yusseff.

Todo estaba preparado. Las mediciones del viento, compensación, humedad, altura, rotación de la tierra. Las cosas básicas que todo francotirador debe comprender. Lo demás es física. Y lo restante sangre. Faltaban segundos para el inicio de la operación. Yo sería el observador que marcaría los objetivos mientras Yusseff los abatía desde la oscuridad eterna.

Enemigos del Pueblo - Bicicleteando al raz de la muerte

Cuando el reloj marcó las 01:30, el cielo comenzó a rugir. No por los misiles de artillería, por los truenos y la densa lluvia que comenzó a cubrirlo todo. Las primeras rondas de proyectiles impactaron a varias cuadras de nuestra ubicación. Una hizo vibrar el edificio, un pedazo de yeso cayó en el brazo a Yusseff. Revisé de la muñeca hasta el hombro tanteando si había una fractura. Por suerte, y nada más que eso, se había lesionado el hombro, pero eso le impedía que usar su rifle. Tuvimos que cambiar los roles. No había otra manera. Debía hacerse.
En ingles, árabe y español, mi amigo hilaba oraciones, puteadas e indicaciones. Me dijo que me pusiera en una posición cómoda. Revisé nuevamente los datos, por la lluvia y cómo ésta afectaba al tiro. Cubrí el fusil con una tela que evitaba ver su brillo. Me senté en una silla en el balcón y sostuve mi rifle con la baranda.

Ahí viene la rata, Piazzo. Viene a reparar un cable. No tengas piedad. Recuerda, analiza y respira. Deja que tu dedo se deslice con cuidado. Es solo una puta rata, tu hoy eres el gato. Mátalo.

Disparé. El blanco cayó de su bicicleta como una bolsa. La pared blanca cerca de donde bicicleteaba el repú quedó pintada de rojo. Era una señal de advertencia. Nada ni nadie debía arreglar el cable. La lluvia había aumentado. Mi único indicador eran las luminarias de color amarillento suave de la calle.

Otra rata… otra rata. Ven a comer el queso. Alá, danos la fuerza de matarlo. ALÁ. Dispara Piazzo. Mátalo.

El joven repú notó a su compañero herido y comenzó a pedalear con fuerza. Iba esquivando pozos en la medida que yo iba errando mis tiros. Me era imposible ubicar el ángulo y matarlo. El chico aceleraba gritando de miedo y llorando. Se escuchaba por toda la calle. Gritaba el nombre de su madre. Dejó de hacerlo: mi bala le había entrado por el cuello. Se dejó caer en el suelo como un perro muerto.
Recargué el arma. Inspeccioné la mira. Cambié mi posición y esperé. El rifle estaba frío. Gélido como esa noche. Yusseff tomó un cuchillo y comenzó a marcarme en mi brazo dos cortes. Significaban mis dos muertes.

El postre ha llegado Piazzo. Hay cuatro ratas inmundas ahí. Con cautela. No dudes. Apunta. Deja que la bala viaje.

Los jóvenes entraron en pánico cuando realicé un tiro de advertencia en una luminaria. Entraron a pedalear como animales. No paraban. Era gracioso, tenían miedo a morir en una guerra, en las guerras morís. Eran moscas, me dieron lástima. Todo fue calculado. Un disparo a cada uno en la pierna. Y así lo hice. Cuatro balas, cuatro piernas rotas. Lloraban y se arrastraban. Algunos trataban de escapar y otros querían reparar el cable. No me quedaban más balas. Cogí mi cuchillo y bajé a la noche oscura. No me podían ver pero yo sí. Uno por uno, fui desgarrando sus cuellos e inundé la calle de color rojo como Moisés había hecho con el mar. La locura existe, esa noche la sentí. Yusseff empezó a rezar en árabe con fuerza y parecía que un nigromante desde las alturas realiza conjuros de muertos y poseídos. Me volví a ocultar y esperé a todas las ratas que volvieron a pasar por ahí. Una por una fueron cayendo bajo mi cuchillo. Dejé que algunos digan sus últimas palabras. Otros no.

Estaba ido. No podía digerir lo que estaba pasando y lo que estábamos haciendo. Yusseff miraba sin sorpresa alguna. Estaba “curtido”. No se le movía ni la pipa. La sangre de uno, la puse en mis dedos y escribí un mensaje en varios vidrios: ENEMIGOS DEL PUEBLO, TEMED.

Recuerdo que después de eso me desmayé. Hubo silencio. Uno muy largo para mi gusto.

Cuando mis ojos se abrieron me encontraba en la Guarida Roja. La misión había sido un éxito salvo por tres tanques destruidos y trescientos muertos nuestros. Yusseff estaba sentado en una silla fumando, leyendo el Corán y observándome. Cuando moví mi brazo el dolor era importante. Debajo de la venda, había un total de dieciséis marcas. Había comprendido muy bien al notarlas a lo largo y ancho de mi brazo. Mi espalda también dolía. Pero no sabía por qué. Rodríguez, mi capitán, se acercó a darme las noticias de la misión y sus resultados. Aunque sólo se avanzó dos tercios de lo esperado, era una resultado satisfactorio. Compensaba el empate en Ezeiza. Rodríguez me hizo llegar un comentario que estaba poniendo nerviosos a todos los soldados del Ejército de Pueblo. Algún loco había matado a varios repú cerca de nuestra zona, había cortando sus cuellos y dejado un mar de sangre a la distancia. Yusseff y yo afirmamos que sólo habíamos matado dos hombres en toda la operación. Mentíamos porque la verdad nos podía condenar, o no. No íbamos a tentar a la suerte.

Un día y medio después de estar postrado en una cama con la compañía y los cuidados de Al Maad, mi amigo, me había recuperado de manera satisfactoria. Esa misma noche Yusseff partió a unas tareas de reconocimiento regulares cerca de la guarida. Yo, por otro lado, me emborraché lo suficiente como para dormir a un leviatán. Me la pasé caminando por las calles sin saber qué hacía y por qué. Parecía que el tiempo no terminaba. Mi espalda ardía. Me saqué la camisa a los apurones porque me quemaba. Al sacármela ese dolor se había ido. Pero el dolor de cabeza y los gritos de esos muchachos asesinados seguían rugiendo. Me acerqué a un vidrio de un local abandonado y observé qué tenía en mi espalda. Tenía escrito algo. Con mayor precisión noté que mi espalda marcada con la frase: “Enemigos del pueblo, temed”.

 Capítulo anterior:

El Buda de la Revolución

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Obtuvo su Doctorado de Periodismo en Crisis en la realidad (y un poco en la ficción). Actualmente trabaja en condiciones de sobre-explotación, para un grupo de periodistas renegados.
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