Crónicas in-salubres: una noche en la guardia del Piñero

El Hospital General de Agudos Parmenio Piñero se encuentra en la calle Varela al 1300. El corazón del Bajo Flores. Rodeado por el cementerio San José de Flores, la villa 1-11-14 y Plaza de los Virreyes, es considerado uno de los lugares menos recomendados para pasar una  noche en la Ciudad de Buenos Aires. Miles y miles de malas noticias, aquí una crónica…

Por Natalia Giacobone – Ilustración: Martín Ulloa*

Ese lugar desconocido por muchos y ninguneado por otros. Ese lugar en donde los que duermen deberían estar más que despiertos. Ese lugar, ese lugar y después, la salud pública.

-Hospital, ¿es un rojo?, ¿Intento de suicidio? Dale, Pérez (*).

“Un loquito”, dice Alejandra y no sé por qué pero nos reímos juntas. Reniega porque la ambulancia no sale. No responden el teléfono. Después, lo dejan descolgado. La noche parece encontrar su rumbo, pero empecemos por el principio.

-Hospital, ¿es un rojo?, ¿Intento de suicidio? Dale, Pérez.

Hospital Piñero - Alan Ulacia

Hospital Piñero – Martín Ulloa

Las instrucciones son simples. A las veintidós horas del viernes seis del mes once del año dos mil quince tomar el colectivo ciento uno cartel rojo en la intersección de las calles Av. La Plata y Chiclana, justo antes de que sea Cruz, en dirección a Lugano o Lugano I y II, todavía no sé la diferencia.Luego, llegar al destino sin dirección y esperar a un desconocido que me presentará a Alejandra. Y así, pasar una noche en su trabajo. Sólo eso. Seguir las instrucciones. El problema: las instrucciones de las instrucciones. Un sinfín de internas que desconozco.

Así de simple, pero es viernes. Es viernes seis del mes once del año dos mil quince y son las veintiuno treinta. Despierto de una siesta de veinte minutos, o menos, después de un día agotador. Agotador de problemas nuevos, ajenos y propios y cerveza. Cerveza con sabor a pasado, de esas que te dan ganas de tomar una siesta eterna. Y la siesta sólo duró veinte minutos, o menos.  Me levanto.  Pienso en la salud, en la que no tengo y en el tiempo que no duermo, y después, en las instrucciones y en las instrucciones de las instrucciones. Agarro lo peor, me visto rápido y salgo.

La suerte, si es que existe, está de mi lado. El ciento uno y el cartel rojo juntos. Subo.

-Uno hasta Lugano.

-Vamos, arriba todos así cierro la puerta.

En Av. La Plata y Chiclana, no importa la hora, siempre hay fila para subir al colectivo. Encuentro un lugar vacío, me siento y espero. El celular no suena y tengo poca batería, entonces llamo. En un intento de comunicación telefónica escucho: “Cuando pases la cancha, el Jumbo, el puente y doble, esa es Cafayate y te bajas antes de que doble otra vez y me avisas”. El desconocido corta. Y cuando paso la cancha, el Jumbo, el puente y dobla, veo la calle Cafayate y me bajo. Espero en la puerta de una casa con rejas al final de la calle con boulevard en donde doblan los colectivos, justo enfrente de las torres inmensas que forman parte de Lugano I y II. Llamo y nada. Llamo y nada, hasta que en una de esas, me atiende y me avisa que va a bajar su hermano.“Lo vas a ver, es alto”, dice.Pasan unos minutos eternos,  pasan autos motos colectivos aumenta la ansiedad y veo que viene uno alto. También viene el alma al cuerpo.

El alto se acerca, pregunta por mí y respondo. Hablamos y mientras hablamos subimos los siete pisos por ascensor para llegar a su casa. Entramos, la veo.

Él está ahí. Espera que lo atraviese con mis dudas. El gigante desconocido, “uno de los peores”, dicen las malas lenguas. El Hospital Piñero. Lo miro. No parece ni tan gigante ni tan malo. El prejuicio sale cuando atravieso la puerta de la guardia. No entramos los dos. Lo que no sale es el olor, ese olor que representa la ventanilla, el piso, la gente, los consultorios. Ese olor que no sabes si te cura o te enferma.

Alejandra no debe pasar los cincuenta años, es alta, robusta, con rulos entre castaños y rubios, muchos rulos pequeños como tirabuzones que llegan hasta sus hombros. Está arreglada, viste una linda remera, pantalón de vestir negro y sandalias. La noche está hermosa. Elegí lo peor. Pido un vaso con agua mientras ella llena su bolso. Le mete un termo, mate, manta, almohadón, sopas de letras, quién sabe qué más. Y la hija de Ruggeri llora en la televisión porque sus abuelos, con más de treinta años separados, bailan una milonga y bailan mejor que ella.

Alejandra pide un remis. Son casi las doce y se acerca su turno de guardia. No estamos lejos. Su trabajo consiste en atender la línea directa del SAME en el Hospital Piñero. Por alguna razón que desconozco los ascensores no funcionan, entonces descendemos.  Revisamos cada puerta de los ascensores de cada piso de los siete que bajamos por escalera intentado encontrar el problema o la solución. Es en vano. El auto está en la puerta.

El camino es extraño a mis ojos pero reconocido por mi mente. Alejandra comenta cada lugar por el cual  pasamos y los recuerdos llegan. El Parque Indoamericano en 2010 ocupación-represión-muerte, hoy, recreativo y deportivo, quién sabe, quizá próxima villa olímpica para 2018. Y así, vamos desde Lugano pasando por Villa Soldati hasta el Bajo Flores.

Las palabras siguen mientras a mi vista las torres inmensas se reproducen mecánicamente formando conglomerados que contienen viviendas, comercios, parques, personas y las personas contienen personas que manejan los comercios, andan por los parques, tienen viviendas  que forman conglomerados y se reproducen mecánicamente en torres inmensas que contienen viviendas, comercios, parques, personas…

Hospital Piñero - Alan Ulacia

Hospital Piñero – Martín Ulloa

En un instante todo parece eterno hasta que el chofer frena. Llegamos. Él está ahí. Espera que lo atraviese con mis dudas. El gigante desconocido, “uno de los peores”, dicen las malas lenguas. El Hospital Piñero. Lo miro. No parece ni tan gigante ni tan malo. El prejuicio sale cuando atravieso la puerta de la guardia. No entramos los dos. Lo que no sale es el olor, ese olor que representa la ventanilla, el piso, la gente, los consultorios. Ese olor que no sabes si te cura o te enferma.

En un pequeño pasillo, al costado de la sala de espera, hay una puerta sin picaporte resguardada con una puerta reja. Adentro, el compañero de Alejandra la espera para terminar su jornada laboral.

-Ale, ¿cómo estás?

-Bien, ¿vos? Ella viene para hacerme compañía. ¿Mucho trabajo?

-No, está tranquila la noche. Me engripé, debe ser un virus que anda por acá. No entiendo cómo se quedan con los bebés esperando tanto tiempo con todas las enfermedades que hay.

Me saluda después de la frase ganadora, cruzan algunas palabras más entre ellos y repite el saludo por si queda alguna duda.

El código del SAME para pasar las urgencias es igual a un semáforo, o más bien, al revés. El código ROJO hace referencia a lo que no puede esperar, lo más urgente, la ambulancia en estos casos debe “salir corriendo”. El AMARILLO tiene mayor importancia si pasa a código rojo, pero en el caso de no ser una urgencia mayor puede atrasarse;el VERDE puede esperar y puede llegar solito al hospital, aunque no escuché ninguno de este último.

El lugar es pequeño y pequeño es una palabra que utilizo a diario. Mi hogar hace siete meses es pequeño pero es el doble que este pequeño lugar que sólo debe medir unoymediopordosymedio. Espero no ocupar mucho espacio. Miro alrededor para ubicarme y encuentro una silla que parece cómoda, tiene rueditas, es acolchonada pero su asiento me llama la atención. Es sólo la mitad de un asiento común, pienso que debe haber sido una broma y quedó, o, quizá se rompió alguna vez y fue la mejor manera que encontraron para arreglarlo. No pregunto. Me siento. No debo ser la única que apenas ve un asiento vacío lo aprovecha. Cuando alguien lo ofrece el cincuenta por ciento de las personas dice “no, gracias” y resuena el “gracias”, el otro cincuenta están como yo, sentados.

Lockers con candados, mesada con pileta, anafe, un par de sillas, perchero, baño, una mesa que da a la ventana con un CPU acostado y un monitor encima, nada más que decir, un all inclusive para pasar la noche.

-Hospital. ¿Es un rojo? Vía pública, dale. Sí, Pérez.

No resulta muy emocionante escuchar que algún hincha de Independiente está por la calle paseando con cincuenta pesos en su bolsillo, por eso esto tiene otra explicación. El código del SAME para pasar las urgencias es igual a un semáforo, o más bien, al revés. El código ROJO hace referencia a lo que no puede esperar, lo más urgente, la ambulancia en estos casos debe “salir corriendo”. El AMARILLO tiene mayor importancia si pasa a código rojo, pero en el caso de no ser una urgencia mayor puede atrasarse;el VERDE puede esperar y puede llegar solito al hospital, aunque no escuché ninguno de este último. La gente llega sola, sin llamar. Y esos, esos verdes son los que esperan toda la noche ser atendidos. Y créeme, después de estar unas horas en la guardia sin recibir ninguna respuesta, estás más que verde.

La gente espera. Lo siento. A través de la puerta sin picaporte y después de la reja que la cubre, se escuchan golpes. No son fuertes.Son las manos de las personas que quieren ser atendidas. Golpean las puertas esperando una respuesta, un diagnóstico, una cura.

-Así se pasan toda la noche, a veces me golpean acá. Piensan que es un consultorio y encima escuchan que hay alguien adentro. Por eso sacamos el picaporte. Antes estábamos mejor del otro lado, veíamos a las ambulancias cuando llegaban y todo.

-¿Cuántas guardias hacés por semana?

-Ahora estoy trabajando poco por problemas personales. Sólo hago guardias nocturnas los fines de semana. Mi compañero, el que viste hoy, viene en la semana también y cuando no es guardia nocturna se le llama tarea insalubre.

El Hospital Piñero tiene a su disposición tres ambulancias, y, en el caso de ser algo muy grave y con suma urgencia, reciben ayuda de los hospitales cercanos. Según Alejandra “siempre hacen lo mismo, tienen la costumbre de dejar el teléfono descolgado y encerrarse en la casita, quién sabe a qué”. Seguro a dormir, pienso. Y también pienso en la queja común. Cuando ocurre un accidente, lo primero que se piensa después de que llega la ambulancia es en cuánto tarda en llegar. Quizá ya tenés la respuesta.

Los mosquitos nos invaden, hace calor y están pesados los malditos. Ella intenta matarlos, así como al tiempo, y en eso, empieza un relato: “Llegó con la cabeza destrozada el chico”, comenta, “el padre estaba en la guardia desesperado, me imaginé que podría ser yo, por mis hijos viste. Mi hijo entrena en ese lugar a donde pasó lo de este muchacho”, dice Alejandra en referencia a un robo en manos de un menor de edad, dejando a la víctima con una herida de bala en la cabeza. Más tarde, esa noche, lo trasladaron al Hospital Penna. Al final, el chico era conocido del hijo menor de Alejandra.

Las sirenas se escuchan y la ambulancia ingresa. Es “el loquito”. Escuchamos algunos gritos, parece que no necesita ayuda, o por lo menos no la quiere.

-Hospital, sí, un choque en Curapaligüe y Santander, dale.

-Ale, ¿Qué es Pérez? ¿Otro código?

-Mi apellido. Algunos dicen su nombre. Siempre tenés que anunciarte, yo digo mi apellido.

Su desempeño como telefonista de emergencias inicia en junio del corriente aproximadamente. Antes, Alejandra estaba en el área de compras del hospital y mucho antes, allá por el 83´ en acción social.

“Cuando empecé a trabajar cuidaba niños para acción social, tuve que ayudar a mi mamá luego de que falleciera mi padre”, recuerda Alejandra y me cuenta la historia de su padre. Un ferviente peronista de Perón. Uno de los pocos querido por los militares. “Mi padre falleció en enero del 81’, yo tenía quince años recién cumplidos. Ese día nos llevó a mi hermano y a mí al cine a ver La Guerra de las Galaxias”, comenta. Alejandra es una mujer fuerte, más sus ojos empiezan a clamar la lluvia más culmina el recuerdo. “Cuando volví a casa esa noche con mi hermano no entendíamos nada, había mucha gente y mi madre estaba llorando en el baño”, “Él sabía que era su día y lo vivió como quiso, Pidió cosas irrisorias”, afirma y termina su pasado por el día de hoy.

Hablo de mi padre, sólo un poco como para no aguar el momento, Alejandra es “medioclaustrofóbica”, no vaya a ser que nos empecemos a inundar y estemos acá encerradas. No faltan ésta noche el mate y las pepas, las de membrillo claro. Tampoco falta la música, Pitbull, Enrique Iglesias, One Direction, y sí, eso mismo, one direction: la puerta y afuera.

Salgo para estirar las piernas y ante la tranquilidad de la noche recorrer hasta donde me permita el gigante. Las mismas caras en la guardia. Son las tres cuarenta y tres de la madrugada y están las mismas personas esperando desde temprano. Doy una vuelta. En la sala de radiología están las luces prendidas pero no hay nadie. El vientito relaja y apoyo mis papeles para anotar sobre los ladrillos de la pared. Está hermosa la noche. Unos extraños me miran, llevan a una niña en sus brazos pero sin preocupaciones. Es un loco lindo el gigante por fuera. El problema es adentro, siempre el problema interno es peor que el externo, por eso los psicólogos se llenan de guita con la locura.

Sobre la calle Varela pasa un patrullero a toda velocidad mientras persigue a un auto que no logro ver. El patrullero vuelve y corta la calle, justo en el cruce con Asamblea. No pasa a mayores.Me pierdo con el ruido del viento que tira las hojas de los árboles. De fondo, el teléfono. Entro a la guardia, golpeó y Alejandra abre. Pongo el agua para un té, son las cuatro y algo. En la casita dejan otra vez descolgado el teléfonoy también dejan colgado a un rojo mientras convulsiona en un boliche cercano.

Se acerca uno de seguridad. Ella le pide que vaya a despertar a los muchachos porque no le atienden el teléfono. Al rato, la ambulancia sale.

“Anoche hubo cinco apuñalados y dos heridos graves por un choque, uno murió”, comenta el de seguridad. Té en manoy seguimos con las elecciones, la inflación, el ajuste, “con esta nafta no llegamos a fin de año”,se escucha por ahí.

Cuatro y veintisiete un lesionado por golpes, Rivadavia y San Pedrito. Cuatro cuarenta desmayo en la vía pública, cuatro cincuenta violencia de género. “A veces vienen golpeadas, te cuentan y después le mienten a los médicos”, dice Alejandra cuando corta ese llamado.

El Hospital está cuidado por fuera, el problema es interno por lo que se ve, digo.

– Sí, la gente rompe porque no los atienden. Se cansa de esperar, por eso nosotros estamos así encerrados.

Alejandra apoya su cabeza en el pequeño almohadón cubierto por la manta y descansa un rato. Son las cinco y cuarto, cuando se haga de día vuelvo a casa pienso y mis ojos caen a la par que el resto de mi cara sobre el brazo derechoque apoyo en la mesada. Descanso, medio despierta medio dormida. Miro por la ventana y es de día. Casi las seis.

-Ale, Ale, me voy, es de día y la verdad, necesito descansar.

-Dale, no hay problema, ahí en la entrada está la parada del colectivo, cuídate y después contame.

Nos saludamos con un abrazo. Salgo. Creo ver las mismas caras, quizá algunas menos, los debe haber esfumado la noche.

A los minutos en el ciento uno suena Iván Noble, mi cuerpo pide a gritos una cama.

En el cuartito suena el teléfono.

-Hospital, sí, ¿rojo? Choque múltiple sobre Dellepiane, dale. ¿Heridos graves? Ya lo paso con urgencia, Pérez.

*

*Ilustración intervenida en base a un croquis de Rocío Di Corrado.

*Pérez no es el apellido de la persona entrevistada, sino un alias para proteger su identidad

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Obtuvo su Doctorado de Periodismo en Crisis en la realidad (y un poco en la ficción). Actualmente trabaja en condiciones de sobre-explotación, para un grupo de periodistas renegados.
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