Masa Crítica: crónica de una rebelión sobre ruedas

Masa CríticaLBF en el interior de la Masa Crítica. Bicicletas, nuevas formas comunicativas y una lectura politizante de un polémico fenómeno urbano que crece y sugiere.

Por Alan Ulacia. Ilustraciones: Groger Gutiérrrez. Fotografía: Melina Gómez.

Cuatro de la tarde del primer domingo de septiembre y Masa Crítica se congrega en el Obelisco, que en toda su extensión dice, celestiblanco y verticalmente, “Industria es Trabajo”, firma: “CAME” (Confederación Argentina de la Mediana Empresa); la 9 de Julio sigue de estreno por el Metrobus, su novedoso recorrido lo señalizan raras sendas rojas coloreadas sobre el asfalto; los semáforos están pintados de gris, horrible color que dentro de poco dicen será el oficial. Hace calor, el domingo es coherente en su cansina nostalgia dominguera. Y las bicicletas y sus jinetes empiezan a llegar, como silenciosos heraldos de ciudades lejanas.

Yo y la fotógrafa dejamos nuestras bicicletas en el suelo, sin miedo, confiados, y recorremos la plazoleta que rodea el fálico monumento porteño, más (menos) conocida como Plaza de la República. Una señora vende merchandising de Violetta, la nueva sensación infantil-juvenil, pues dicen que todos los sábados fans de ella y de Justin Bieber se reúnen en esas coordenadas.

Masa Crítica Buenos Aires

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Tomamos nota: el Obelisco es la sede de los más variados rituales, las más insólitas adoraciones paganas.

Indiferentes, seis trabajadores cargan en un camión vallas y tubos metálicos de algún reciente escenario. La fotógrafa pide permiso y sube al vehículo para una mejor perspectiva. Las bicicletas siguen llegando, minuto a minuto, y el metal, los neumáticos, los más variados colores y el candor humano se condensan sobre la piedra.

Un muchacho conocido como “Man-Porro”, nos cuenta: “Esto es una fiesta, que hacemos una o dos veces por mes, porque también está la bicicleteada de luna llena. Y más allá de que unos van más amotinados que otros, algunos más despacio, todos nos cuidamos, es un verdadero evento social”. Son casi las cinco y centenares de bicicletas tapizaron la plazoleta. Cuando llega algún “histórico” es vitoreado: todos lo saludan como a un camarada, esos viejos amigos de los cuales en verdad nunca nos separamos. Se venden panes rellenos, cerveza, agua, accesorios de bicicletas, brownies “felices”, bizcochuelos, empanadas, café. Los vendedores venden, sí, pero luego se metamorfosean en un jinete más. A su vez llegan equipos sonoros, pequeños y medianos parlantes que musicalizan la escena. De la cumbia al techno varía el ecléctico dial de una congregación sin motores, de pura tracción a sangre.

“Esto se formó hace exactamente cinco años – nos dice Fernando Barreiro, uno de los “Masa” de mayor edad y antigüedad- . Empezó un grupito que trataba de imitar a los pibes en EEUU, y de pronto se hicieron populares, los veía la gente en la calle, abrieron una página en Facebook. Yo me uní a ellos porque los vi en enero de 2010. Pasaron por la puerta de mi casa, y ya eran como 300. “¿Y éstos quiénes son?” Y me uní. Yo ando en bicicleta hace 26 años, y para colmo mi hija se puso de novia con uno que estuvo en la Masa Crítica de Praga, que es la más grande del mundo. Que es diferente a esto, no salen a andar, porque son 50.000 y es imposible. El origen, el concepto de la Masa Crítica viene de China. Ahí hay un mundo de bicicletas, miles, y el sistema de tránsito no estaba preparado para poder cruzar en una esquina, entonces hacían un grupo, cada vez más grande, y se largaban todos juntos y ahí cortaban el tráfico. Ese concepto luego lo toman los norteamericanos”.

<a href="http://www.youtube.com/watch?v=LtLfEj_gPCw?hl=en"><img src="https://labrokenface.com/wp-content/plugins/images/play-tub.png" alt="Play" style="border:0px;" /></a> Entrevista a David Beltrán

“El origen de esto viene hace 20 años, en EEUU, California, donde unos ciclistas urbanos como nosotros, comenzaron a hacer esto – nos dice el ciclista David Beltrán, otro referente muy saludado- Y a la vez, alguien vio una usanza de los ciclistas chinos – dice en sintonía con su colega Barreiro- que es llegar a un lugar donde sos minoría frente a los autos, y esperar que llegue una cantidad suficiente de bicicletas, una masa crítica capaz de imponerse y ahí sí, avanzar. Ese es el concepto: mientras más seamos más nos vamos a hacer notar para imponer la idea de la bicicleta. Acá hay mucha gente con diferentes estilos, ideologías y formas de vivir, nos une la bici, pero de todos modos que nos junte un modo de transporte que significa algo muy específico como cuidar el medio ambiente, el no-consumismo, poder tener uno el poder sobre tu movimiento y tu tiempo, eso ya es una online slots gran coincidencia, después hay matices: gente más anárquica, otros más hippies, gente más politizada. De todos modos, el dato más interesante es que cada vez hay más bicicletas en Buenos Aires, y yo creo que en parte gracias a Masa Crítica, a que nos ven constantemente”.

Masa Crítica Buenos Aires

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El sol se va desplomando tras el horizonte y la Masa se impacienta, la Plaza de la República revienta, y uno debe decidir arrancar. Metáfora política: un colectivo humano afín, con un mismo y simple objetivo: ¿Pero será que siempre hay uno o una que decide, que señala el punto de quiebre, que con su voluntad materializada pone en movimiento la máquina? Gritos aislados, amagues sin eficacia, hasta que de golpe (el cambio es sutil pero brusco a la vez) y la bestia se sacude, azotada quizá la chispa misteriosa, y las ruedas giran. Agarramos por Carlos Pelegrini y damos la vuelta por Cerrito, que luego será Lima, hasta Independencia. Los semáforos están en verde, pero los autos, y es imperativo, deben esperar, cercados por ciclistas que recepcionan, estoicos, bocinazos y agravios. El sistema de relevos está muy aceitado: los de más adelante taponan las calles laterales para que los demás avancen, es decir que hay un movimiento lineal constante y progresivo, un avance de la Masa, y un movimiento de retroalimentación “intra-Masa”, donde los más adelantados quedan atrás, y así sucesivamente, en constante renovación de la vanguardia taponante.

Casi nos rozamos con el de al lado, damos volantazos torpes y hacemos “piecito”. Algunos gritan de alegría. Hay algo de sana ilegalidad, de clandestino, en nuestras caras, porque un fresco pedaleo motoriza liberación, la interrupción de la mecánica cotidiana. Bicicletas de metal fundidas con cuerpos-jinetes calientan, desafían, erotizan la metálica tendencia al enfriamiento y la desolación espiritual de las grandes ciudades.

Mientras pedaleamos sobre Lima, vemos la cara de Eva Perón, tallada en hierro sobre los muros del Ministerio de Trabajo; la cara toma un micrófono y nos grita. ¿Por qué no? Parece decirnos que avancemos, nos alienta. Un ciclista lleva atado a su perro, que trota algo asustado. “¡Vamo” hipis, vamo”!” grita otro. Una habla por teléfono y parece indicar nuestra posición a futuros y dispersos integrantes. Me paro sobre los pedales, me despego del asiento: a lo lejos veo un vigoroso río de bicicletas en lenta pero poderosa expansión. En la retaguardia, cinco motos de policía que disparan led azul son la bisagra entre los más rezagados y la furia de los automovilistas.

Mientras rodamos, apreciamos fenómenos extraños: al lado, en paralelo al cauce de bicicletas, un misterioso corredor vestido con una remera amarilla y unos chupines naranjas, desesperado, sigue nuestro ritmo, mientras escucha música con auriculares. Luego, un ciclista lleva atado a su rueda trasera un teclado de PC que raspa, ruidoso, el asfalto. “¿Qué pasa papu, no te gusta la compu?” lo interroga desde la vereda un peatón curioso. Hay también una especie de “oficinista” (más tarde encontramos su perfil en las redes sociales: “Ejecutivo Crítico”, es su nombre artístico): Traje, pantalón de vestir, anteojos de sol y celular en mano. Para en todos los semáforos y se une a los “cordones de seguridad” que taponan el tráfico, y te hace gestos cool, choca las manos de los que pasan y te saluda al son de grititos del tipo “¡Uouuuh!”. A su vez, se encuentra en la entraña de la Masa un “policía-payaso” que aborda a los ciclistas, les labra actas, multas de cotillón, o busca parecidos (uno de sus mayores hallazgos, que grita a los cuatro vientos, es una señora que asegura “se parece a la mamá de Roxette”).

Es que el acto masivo de transitar la ciudad, de este modo particular, excede el objetivo original (la promoción de la bicicleta como medio de transporte) y activa deseos, formas comunicativas reprimidas bajo el peso del hábito rutinario. Deseos individuales, de todo tipo pero muchos, la mayoría, en una precaria pero auténtica clave rebelde: expresiones e instintos que en la Masa encuentran un refugio y a la vez un canal de salida. Caótica modulación de gritos, consignas gráficas u orales, disfraces, interpretación de personajes, o en algunos casos, elocuentes silencios.

Masa Crítica Buenos Aires

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Este podría ser el más interesante y potente aspecto crítico-creativo de la Masa.

Ya sobre la avenida Independencia, la enorme manada rodante recibe los saludos, desde los balcones y veredas, de los vecinos y chismosos, además de crecientes bocinazos desde los flancos y la retaguardia. Es que Bicicleta vs Bocina, Ciclista vs Automovilista, Motor vs. Cadena. Nafta vs Piernas, son algunos de los polémicos antagonismos, materiales y metafísicos, que plantea Masa Crítica. Inevitables y moderadas violencias surgen de un lado y del otro. Automovilistas impacientes se indignan frente a la ruda coacción de su derecho a la libre circulación, Ciclistas audaces blanden, también legítimamente, el de manifestarse (¿políticamente?). Y la tensión queda, flota sobre el asfalto sin sutura, sin mediador, cruda, sugerente. Masa Crítica: una rebelión contra los humos y los humores de la urbe. Coordinada revuelta que busca imponerse, legitimarse, por sí misma y sin pedir permiso.

A las 18.30 doblamos por avenida La Plata, después por Rivadavia, y así como las avenidas se angostan, la presión del público de a pie se siente más fuerte, la resistencia ciudadana al avance de la Masa es mayor. Las miradas se concentran, leva la indignación de algunos y la curiosidad, que se traduce en una sonrisa muda, de otros espectadores. Junto a la fotógrafa, nos separamos de la Masa cuando ésta dobla por la angosta calle Campichuelo, bordeamos el Parque Rivadavia, y la sensación, luego comentamos, es muy extraña: dentro de la Masa somos fuertes, imbatibles, no hay peligro. Pero la intemperie de la individualidad, separados del conjunto, también es agradable, liviana, incierta. La energía expandida, multiplicada de la manada, poderosa, que nos ha absorbido, politizado, se reduce a un sentimiento de soledad originaria muy íntimo, y a la vez que extrañamos el candor materno de la tribu, adviene cierto posibilitador y fresco alivio.

Masa Crítica Buenos Aires

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Seguimos pedaleando por Caballito, el sol ya no se ve, desplomado del todo, y otros ciclistas se distinguen en la celeste penumbra de la tarde, extraviados entre las calles y los negocios, antes fragmentos dinámicos de la Masa que ha seguido su curso imparable, los vemos, nos vemos, y sabemos que ahí estuvieron, que estuvimos, que fueron, que fuimos, parte de lo mismo. El hecho político, en su sentido más inmediato y antiguo, la acción conjunta entre los muchos, consume, agobia, pero mientras sucede, sentimos activada una dimensión tan íntima y propia, nuestra e inevitable, como los pies que pisan el pedal y hacen mover la rueda.

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Alan Ulacia

Alan Ulacia

Alan Martín Ulacia (1986) nació en Argentina, en el porteño barrio de Caballito. Es Licenciado en Ciencia Política (UBA), con una formación especializada en Filosofía Política. Trabajó como colaborador en diversas publicaciones y proyectos periodísticos: Diario Tiempo Argentino, plazademayo.com, Revista Devenir, elidentikit.com, entre otros. La ciudad imposible (2014), editado por Milena Cacerola, es su primer libro de crónicas y ensayos.
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