Elecciones: “Yo quiero votar”

Elecciones PASO 2013

Crónica de uno de los tantos grandes episodios anónimos que se esconden tras las (¿pequeñas?) elecciones. En busca de un significado para las PASO 2013.

Por Alan Ulacia. Ilustración: Groger Gutiérrez.

Pichincha entre avenida Belgrano y Venezuela a las 3 de la tarde. Calmo domingo de elecciones. Una decena de personas se amontonan sobre dos cuerpos, uno desparramado en la vereda y otro que lo intenta levantar. Se trata de un hombre y una señora, ambos mayores, la última sentada en suelo, sin soltar su bastón. Son pareja. El hombre, Antonio, se lamenta: “Pero mamá, si estabas bien… si podías caminar, ¿qué te pasó?”. “Yo quiero votar” dice una, varias veces, la señora, Beatriz Elena Araujo Pila, de 79 años, a la decena de caras preocupadas que intentan ayudarla como pueden. Beatriz tiene un pinzamiento en el ciático, apenas puede salir de la casa para ir al kinesiólogo, tres veces por semana, con la ayuda de Antonio su marido, que tiene 85, y no anda mucho mejor.

“Dos veces se cayó ya desde que salió de la casa, yo la vi, y el abuelo también”, dice una mujer y marca en su celular el número de uno de los tres hijos que tiene el matrimonio. No hay respuesta, porque Beatriz le repite una y otra vez el número pero le falta un dígito. Antonio sigue: “Pero vamos a casa, ¿qué te pasó mamá? Si andabas bien… ¿Qué te pasó?”. “Yo quiero votar, en la escuela, acá a la vuelta sobre México, quiero votar”. “Pero abuela, usted no puede ni caminar, vaya a su casa”, dice la mayoría de los presentes. No hay manera, quiere votar. Entonces una familia que está en la vereda de enfrente, con una camioneta estacionada, se acerca y se ofrece para llevarla. Las maniobras que hacen para poder subirla a la camioneta son miles y complejas. Ella no suelta su bastón. Antonio sube atrás, entre nuevos tibios lamentos, y van a la Escuela Primaria Nº 15 F. N. de Laprida, México al 2383.

Beatriz huele a perfume, inunda la camioneta, tiene los labios y las uñas pintadas. “Yo quiero votar”, reitera orgullosa.

Cuando estacionan enfrente de la escuela, la familia pregunta si se puede acercar la urna a la camioneta. Las autoridades de mesa dicen que no, que pueden acercarle la urna a la planta baja, y usar el cuarto oscuro más cercano. Un par de gendarmes y un policía cortan el tránsito mientras dos integrantes de la familia y Antonio cargan a Beatriz, que no puede moverse del dolor. “Tacheros de mierda… ¡Hoy están apurados!…”, murmura el policía. “Yo quiero votar”, dice Beatriz mientras es cargada y sortea tres escalones con mucha dificultad. Entre varias personas acercan un largo banco de madera a la recepción de la escuela, y Beatriz se sienta, se desploma contra el algarrobo, y espera impaciente que traigan la urna. “Yo quiero votar”. Todos ahí se ven conmocionados por lo inusual, lo extra-rutinario de la situación. No hay cámaras de televisión cerca, casi todas van de un lado para otro, capturando las espontáneas sonrisas de los candidatos al momento de meter el sobre.

En cinco minutos llega la urna. Beatriz se levanta y va hacia el cuarto oscuro acompañada de su marido, que se ve la adora. El cuarto oscuro: un pedazo de fibrofácil de dos metros de alto y tres de largo. Beatriz y Antonio van juntos, tardan poco, se escucha el manoseo de las boletas, el torpe chasquido del papel. Cuando termina, ella está muy fatigada, y el Jefe de Mesa le pide que firme el padrón, y le entrega el troquelado oficial y su documento, que Antonio guarda con celo. Y sostenida por dos personas, firma la hoja con su arrugada mano derecha, mientras tembloroso Antonio mete el sobre de su esposa en la urna, sostenida por una mujer gendarme que sonríe.

Ya bastantes votantes se han juntado a curiosear en el hall de la escuela. De golpe todos aplauden.

La maquinaria electoral, su mecánica planificada y coordinada mediante mil complejas operaciones; las cifras con comas y los bocadeurna; los primeros resultados provisorios en la televisión y los brillantes video graff anunciando quién se impone en la Provincia, quién en Río Negro y quién en Misiones; las cien horas de spots de campaña; los 80.000 fusiles de la Gendarmería para custodiar la seguridad del ritual electivo; mil toneladas de papel y cartón en sobres y urnas, las especulaciones táctico-políticas que se entretejen en la ansiedad de los bunkers de campaña: ¿Qué significan sin la carne del “Yo quiero votar” de Beatriz? ¿Qué vale todo eso sin los cuerpos de Beatriz y Antonio puestos en marcha, empujados con la ayuda del resto? Acción humana primera, anterior a toda institución o partido, incluso a toda ideología. Vitalidad fundante que anima todo el edificio político, esta vez, sintetizada en un octogenario y deseante “Yo quiero votar”. ¿Dónde encontrarlo? ¿Y cómo recrearlo?

Son las 5 de la tarde. La familia lleva a Beatriz a su hogar, un edificio sobre avenida Belgrano al 2200, entre Pichincha y Alberti. En la camioneta, ella le pregunta una y mil veces a Antonio si agarró su documento, él responde mil veces que sí, que se quede tranquila, que misión cumplida. La tarde y el domingo de votación se diluyen con calma, se pierden entre los pocos peatones y los pocos autos, y las muchas caras satisfechas de haber cumplido con el sacro deber cívico. Llegan al edificio. Beatriz se deja caer, sobre los hombros de sus ocasionales ayudantes, ya casi no puede moverse del cansancio.  Ya están en la puerta. “Vamos mami que ya estamos, ya llegamos, ¿pero por qué estás así?” Beatriz sonríe contenta, su perfume sigue flotando en el aire. “Voté…”. “¿Y se puede saber a quién votó, abuela?” le pregunta uno de los miembros de la familia, que es periodista y quiere escribir una crónica.

“No nene… eso sí que no te lo voy a decir”.

Alan Ulacia

Alan Ulacia

Alan Martín Ulacia (1986) nació en Argentina, en el porteño barrio de Caballito. Es Licenciado en Ciencia Política (UBA), con una formación especializada en Filosofía Política. Trabajó como colaborador en diversas publicaciones y proyectos periodísticos: Diario Tiempo Argentino, plazademayo.com, Revista Devenir, elidentikit.com, entre otros. La ciudad imposible (2014), editado por Milena Cacerola, es su primer libro de crónicas y ensayos.
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