Citizenfour y la vigilancia perpetua

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Dicen en películas yankis y posiblemente también en la Biblia, no estoy seguro, que el mejor truco del diablo fue convencer a todos que no existe. El capitalismo, esas relaciones de producción que encarnamos por el bien de la ilustración en desagradables gordos capitalistas que usufructúan con nuestro trabajo pero que realmente son tanto más, tomó nota de este pasaje de la sabiduría popular. Nos hace creer que la manera en que vivimos, en que creamos, deseamos, amamos, cojemos, siempre ha sido la misma desde que el hombre es hombre. La ambición, la pulsión por tener más y mejor que los demás es la mismísima naturaleza humana. Si en la historia ha habido cambios es sólo un proceso de ajuste cuyo desenlace es este, la forma de organización social que mejor se ajusta al desarrollo de nuestros instintos. Esto es una mentira. Esta nota es la primera en serie, la cual se propone analizar iniciativas, relaciones, hechos, que el autor intuye como puntos de fuga al capitalismo. En el mismo seno de todo modo de producción germinan las semillas de su propia destrucción, dijo más o menos Marx. Este escrito, y los que seguirán, pretenden explorar estos brotecitos, las posibles mechas de cambio venideros que hagan a este mundo, esperemos, un poco más feliz.

Por Diego Labra. Ilustraciones: Melisa Labra (*)

Damos al hecho de tener una vida privada por sentado, cuando realmente es una cosa con historia corta. Si bien ha existido en aspectos y matices desde la Antigüedad Clásica, especialmente si eras de la elite, por eso al inodoro se lo apoda trono, sólo en los últimos trecientos o doscientos se ha transformado en una característica central y compartida de la experiencia humana. Si no me creen, imaginen criarse en una casa de un ambiente que alberga la familia entera, usar de baño el descampado y no ser dueño de la decisión de quién es tu esposo. No hay que viajar en el tiempo para encontrar ejemplos. La división entre la esfera pública y la privada, pues sin una no puede existir la otra, es un nervio vital del estilo de vida moderno, por lo que me pone a pensar en qué efecto podría tener en el sistema mayor las redes sociales, la vigilancia informática de los Estados y empresas y todas las innovaciones del Internet 2.0 ¿Estamos ante la vísperas de un cambio?

A través de programas invasivos como PRISM o MYSTIC, aspiran a almacenar todas las interacciones entre personas sucedidas en Internet a fin de crear una base de datos tan vasta que permita no sólo vigilar la persona a futuro sino explorar todo el historial de su pasada vida digital.

El hilo al comienzo de esta madeja reflexiva es Citizenfour, el excelente documental de Laura Poitras acerca de Edward Snowden y el escándalo de la NSA. La importancia de la obra reside en que no es un estudio sino el caso mismo, narrando a lo largo de sus casi dos horas cómo el analista contacta a la cineasta y a otro periodista con el fin de solicitar su ayuda para difundir la información que hará temblar al mundo. Sin estreno comercial en la Argentina, el film será proyectado en tres funciones en el marco del BAFICI 2015 que se desarrolla esta semana en la ciudad. El interés en el tema parece alto pues las entradas se agotaron una semana antes del inicio del festival, curiosidad probablemente azuzada por la estatuilla del Oscar con que se galardonó la película.

Snowden pinta en primera persona un panorama aterrador, un escenario digno de ser el plan diabólico de un enemigo de James Bond. Poniendo su vida y libertad en riesgo al extraer información confidencial que accede en calidad de empleado de la consultora Booz Allen Hamilton al servicio de la NSA, revela cómo la comunidad de inteligencia, predominantemente en Estados Unidos e Inglaterra, teje una red de relevamiento de datos de proporciones espeluznantes. A través de programas invasivos como PRISM o MYSTIC, aspiran a almacenar todas las interacciones entre personas sucedidas en Internet a fin de crear una base de datos tan vasta que permita no sólo vigilar la persona a futuro sino explorar todo el historial de su pasada vida digital.

“A mi no me dijo nada nuevo”, aclara al principio de nuestra charla Martín Gendler, sociólogo y docente de la UBA, especialista en temas de Internet y miembro del equipo “Programa de investigación sobre Sociedad de la Información” del Instituto Gino Germani. “Snowden no descubrió la pólvora. Todo el tema de la seguridad en Internet, el tema de la violación de datos ya se venía hablando antes que surgiera lo que hoy es el Partido Pirata en Suecia. Antes se llamaba Piratbyrån [Bureau Pirata], que se constituyo como un foro en Internet para discutir estas problemáticas. El tema es que en 2004 quién carajo te iba a dar bola. Tampoco hay que olvidar algo fundamental para que se le de bola al asunto fue Assange y Wikileaks”.

Si el caso Snowden logra repercusión en el norte es porque “lo que el dice y hace es principalmente por que los están espiando a todos, no sólo a los sospechados de terrorismo, [sino] que se creó una gran red de vigilancia que vigila todo el mundo, y sobre todo a Estados Unidos integro, lo que viola su famosa primera enmienda, que aboga por la libertad de expresión, etc.”. O sea, confirma las dudas del resto del mundo y da razón para dudar a los propios norteamericanos. Por lo menos aquellos lo suficientemente educados o progresistas para prestar atención.

Este es el mundo en que vivimos hoy

Las cosas cambiaron rápido. A una velocidad que el público no llega a procesar y a un ritmo supersónico en comparación de vetustos procesos histórico de antaño. No hablamos aquí de los celulares, la conexión WIFI y lo bien hechos que están ahora los efectos especiales de las películas. Eso es la espuma de la ola, diría el historiador francés Fernand Braudel. Los cambios que importa son los que suceden debajo del océano, el movimiento de placas tectónicas sobre las que todo descansa y que no percibimos salvo terremoto o trabajo práctico de la primaria. No quiero decir por esto que las innovaciones que nos sorprenden día a día son irrelevantes. Sino que esos teléfonos, las redes sociales, son la parte evidente de una transformación profunda del orden de las cosas.

“[En los ’70 ingresamos] en una nueva etapa del capitalismo que vendría a ser la informacional”, confirma Gendler, “donde lo que tiene mayor productividad es la información, el conocimiento, lo que se llama I+D o investigación y desarrollo. A diferencia del [capitalismo] industrial donde era materia más energía”. La desindustrialización de un país central como Estados Unidos se enmarca en ese proceso, pues pierden la producción pero no el control del proceso productivo, ya que ellos dominan el desarrollo de los productos. Un ejemplo. “Ericsson es una empresa estatal [sueca], que inventó y patentó la cámara en el celular y el Tetra Pak. Por cada Tetra, por cada celular que se venda en el mundo, sea esa cámara o no, el Estado sueco recibe regalías. Eso constituye un enorme porcentaje de sus exportaciones”.

En resumen, una economía donde el concepto de la cosa, cuyo dueño es quien lo desarrollo o financió este desarrollo, produce más dinero que la cosa en sí. En este contexto cobra otro sentido la cruzada del poder en defensa de la propiedad intelectual. Si, a los herederos de Walt les molesta no hacer un dólar más por cada película que descargas de Internet y cada remera china que les comprás a tus hijos con la cara del ratón o una princesa. Pero lo que está en juego a un nivel estructural es la forma en que produce, se genera riqueza y se distribuye desigualmente.

A partir de la crisis del 2008, los Estados primermundistas parecen adquirir mayor resolución en la lucha por preservar el status quo, e invierten ese esfuerzo en el desarrollo de nueva legislación más dura. Cuando antes el eje estaba centro en “el derecho de autor, cambia a buscar cárcel para la persona que comparte un link”, clarifica Gendler. En la forma más conservadora posible, se emprende una campaña de disuasión e intimidación, aumentando penas en monto de multas y cárcel ante la violación más inocua de la propiedad intelectual.

“Vos para producir esto en el capitalismo industrial tenías que gastar lo mismo de plástico, lo mismo de lo que fuere. Si yo lo tenía, vos no lo podías tener, porque es mío. Pero ahora, hay un costo para producir esto, pero yo lo puedo copiar y pasártelo a vos. Que yo lo tenga no significa que vos no lo puedas tener. Esto hackea todo el capitalismo, si ya no hay valor de cambio. Por eso se introducen cercamientos artificiales bendecidos por la ley de propiedad intelectual, el copyright, para generar valor”, ilumina el sociólogo entrevistado ¿Pero que pasaría si la mayoría de la gente se diera cuenta de la artificialidad del valor o que el conocimiento es en estado natural libre?

En el documental se capturan fragmentos de una charla que un especialista en seguridad informática realiza ante integrantes del movimiento Occupy Wall Street, describiendo cómo los metadatos del uso de Internet se pueden agrupar junto con la información de los gastos de tarjetas de crédito y el uso del transporte público para crear una biografía muy precisa de la persona.

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Pero debe haber un valor inherente en la labor intelectual, esa chispa creativa que el genio tiene y uno no, que lo habilita a cobrarnos por consumir su idea. Por eso nos solidarizamos con el reclamo de artistas que claman ser robados por los inescrupulosos piratas. Rick Falkvinge, extravagante fundador del Partido Pirata Sueco, introduce un poco de perspectiva histórica en su Historia del Copyright (2014 – pág. 16 y 17 – ). En la Edad Media, cuando los libros eran costosos y raros, producidos a mano por monjes copistas, “el proceso de impresión revolucionó a la sociedad, al crear la posibilidad de propagar información más rápidamente, a un costo menor y con mayor exactitud. La Iglesia católica, que hasta entonces controlaba el flujo de la información […], se alborotó. […] Muchos argumentos fueron usados para justificar ese esfuerzo y para intentar ganar las mentes de las personas al viejo orden. Uno de los argumentos más notables era: ‘¿Y ahora, cómo vamos a pagar a los monjes?’”.

El ojo del Gran Hermano se posa sobre el Tercer Mundo

Los resquemores del sismo que causo Snowden se sintieron lejos de su Estados Unidos natal. Entre algunos de los documentos que el analista filtró a la prensa, se encontraban varios detallando la vigilancia observada no sólo en territorios internacionales sino a lideres políticos y funcionarios de dichos países. En nuestro vecino Brasil, la noticia que la NSA intervino y espió el contenido de llamadas telefónicas, correos electrónicos y mensajes de texto causó gran revuelo. En respuesta, una nueva legislación regulando el tránsito y almacenamiento de datos digitales fue sancionada, buscando garantizar la soberanía nacional ante la flagrante ofensa norteamericana. Incluso, “se habla entre los BRICS de instalar su propio cable submarino”. “Igual la ley no es neutral” interviene Gendler, “sólo cambia que la información en lugar de almacenarla el ISP [o sea proveedores como en nuestro país son Fibertel, Arnet, etc.] la almacena el Estado, lo que le da una inmensa capacidad de control sobre todas las actividades de los ciudadanos”. Es una cuestión de elegir cuál es tu veneno.

¿Sirve de algo el gesto? Internet se nos aparece como algo etéreo que está en el aire y es accesible desde cualquier lado. Pero en realidad la infraestructura que soporta el flujo de información es muy física. “Sólo el dos por ciento de Internet se maneja por satélite, el resto lo hace por cables submarinos”, ilustra Gendler. “Nosotros tenemos un glorioso cable que va a Las Toninas, y que si vos ves el mapa sale de Estados Unidos. Esto hace que sea muy fácil ‘pincharlo’”. Además de la intervención de sitios web como Facebook o Google y de los ISP, hay que tener en cuenta que este cableado está “monopolizado a nivel mundial por tres empresas”. Vos realizas una acción en la red, la cual actúa en forma descentralizada, y por ejemplo, “la información sale de tu computadora, pasa por tu ISP, de ahí a Las Toninas, va a algún nodo en Estados Unidos, pasa por la Unión Europea, [en ese tránsito] pasó por un montón de cables submarinos. Entonces lo que pasa es que las empresas [dueñas de la infraestructura] ‘pinchan’ los cables, muchas veces por pedido de los Estados”. Iniciativas que describe Citizenfour, como el programa PRISM, constan justamente de acciones como estas.

Ni si quiera es necesario acceder al contenido de los mensajes para vigilar a los usuarios. Con los más accesibles metadatos (cuándo te comunicaste, con quién, dónde, a qué hora) ya es posible tender una red en la que quedamos todos atrapados. Ante este panorama la resistencia se hace difícil. En el documental se capturan fragmentos de una charla que un especialista en seguridad informática realiza ante integrantes del movimiento Occupy Wall Street, describiendo cómo los metadatos del uso de Internet se pueden agrupar junto con la información de los gastos de tarjetas de crédito y el uso del transporte público para crear una biografía muy precisa de la persona.

Lo que es peor, nos asusta el entrevistado, el tráfico de Internet esta migrando a los móviles, los dispositivos más fáciles de intervenir de todos. Este estado de cosas “disminuye nuestra capacidad para resistir”, incluso “permite capturas preventivas a lo Minority Report”. Ante la formación de un movimiento de protesta en Londres similar a Occupy o los Indignados españoles, “lo que hizo Twitter fue pasar la información al gobierno británico para que los detenga antes que salgan de sus casas”. Antes que los autos voladores o la teletransportación, lo más paranoico de la ciencia ficción clásica parece tornarse cierto. De repente el gesto rebelde de intercambiar la tarjeta SUBE con amigos ya no parece un suficiente acto revolucionario.

Nos quedamos sin vida privada, pero no sin capitalismo.

Para cerrar volvemos a nuestra pregunta inicial ¿La transformación de la línea que separa la vida pública y la vida privada tiene el potencial de afectar al régimen capitalista? Para los impacientes, la respuesta está en el título encima de este párrafo.

La vigilancia de los poderosos es una de las intervenciones más opresivas sobre nuestras vidas privadas, pero no es la única. Ante un producto digital, existen dos formas de apropiación de valor. El excluyente es el más tradicional. “’Yo quiero comprar un e-book’, perfecto, compralo para bajarlo. A su vez, muchas empresas insertan en su código algo que impida compartirlo o limite a hacerlo un número de veces determinado”, explica Martín Gendler. Un segundo paradigma es el de la apropiación incluyente. “Yo te regalo el e-book, el cd, la película. Entrá, miralo, bajátelo, copialo a quien vos quieras ¿Qué gano yo con eso? Uno, saber que vos entraste. Dos, saber que te bajaste ese y no otro. Tres, saber a quién se lo pasaste. Cuatro, saber a quién se lo pasaron ellos”. Con mínima inversión se genera la investigación de marketing más acabada, generando un perfil detallado de los consumidores. Información que no hace falta decir vale mucho dinero.

Una arista interesante del análisis es que si es plausible para los Estados y las empresas tomar de Internet los datos de nuestra vida privada, es porque nosotros los pusimos ahí para empezar.

Por esto mismo el sociólogo arremete con una afirmación controversial. “¿Por qué castigan a quien descarga pero no borran al bitTorrent de la faz de la tierra? La piratería no mata [al negocio], sino que es funcional”. Fundamenta su posición con un ejemplo reciente. En las vísperas del estreno simultáneo mundial de la esperadísima quinta temporada de Game of Thrones aparecieron circulando en las páginas de difusión peer-to-peer no uno sino los primeros cuatro episodios de la serie. HBO admitió que la fuente del leak fue interna con un tono amenazador, pero de todos modos la trasmisión logró un record de audiencia para la serie, sumando un millón más de espectadores en TV que la temporada pasada.

Una arista interesante del análisis es que si es plausible para los Estados y las empresas tomar de Internet los datos de nuestra vida privada, es porque nosotros los pusimos ahí para empezar. Gobierna un régimen de “espectacularidad de la privacidad”, como acertadamente lo llama Gendler, donde “alegremente hacemos público” lo que antes se reservaba a la intimidad de un círculo cercano de amigos y familiares. Antes que cambiar, en el corto plazo “el modelo tiende a que uno esté cada vez más expuesto, y por voluntad propia”. Ya he tocado estos temas, y queda mucho por decir por la fascinación por la publicidad que es el zeitgeist que construimos para nosotros mismos. Lo cierto es que la mayor arma que el poder establecido cuenta para combatir cualquier iniciativa de resistencia es nuestra propia comodidad. Plataformas como Google y Facebook crecen y se contorsionan absorbiendo servicios rivales para convertirse en sistemas tan útiles que se tornan necesarios para cierto nivel de interacción social. Estar fuera de ellos se transforma rápidamente en estar por fuera del mundo.

De esta manera, podríamos decir que la respuesta a nuestro interrogante fue negativa, pero esto no sería cierto. Como reza la primer ley de la tecnología de Kranzberg, “la tecnología no es buena ni mala, ni tampoco es neutral”. La tecnología siempre esta en uso, en contexto social. Si las medidas tecnológicas que los gobiernos y el sector privado despliegan son tan totales y desesperadas, es porque el potencial transformador de las mismas es suficiente para acabar con ellos, para cambiar el mundo. Para ello la primera batalla es superar el desconocimiento y el desinterés que hay acerca del tema. Ante el evento de una entrevista con Snowden, el periodista John Olliver interrogó a norteamericanos en su conocimiento acerca del hombre que tanto sacudió la política internacional, para conseguir magros resultados.

En el panorama político local, no se habla de estos temas en las noticias con suficiente profundidad e información, si es que alguna vez se habla siquiera. Ningún partido político tradicional hace eco verdaderamente de las nuevas problemáticas. Si los ciudadanos se quejan es sólo para protestar que la “inseguridad” o las medidas fiscales no los dejan consumir en paz. El mundo es otro, y somos todos analfabetos nuevamente, porque las decisiones y las peleas que realmente valen se discuten en el idioma de la programación. La tecnología, más que nunca antes, está a nuestra disposición para hacer un cambio. Sólo falta la voluntad para cambiar el mundo, y lo haremos. Una vez que termine de ver los cuatro capítulos leakeados de Game of Thrones, por supuesto.

(*) Sobre la pintura “The Peale Family” de Charles Willson Peale

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