Caballo de Trojan

Caballo de Troyan - Enemigos del Pueblo

Caballo de Trojan – Enemigos del Pueblo

Vuelve la novela colectiva #EnemigosdelPueblo. En tiempos de guerra y revolución la traición a tu propia clase, por izquierda o por derecha, puede ser la mejor opción…

Por Diego Labra. Ilustración: Melisa Labra

Unidad, esa es la palabra. Durante demasiados años hemos estado divididos, argentino contra argentino, evitando que nuestro rico país ocupe el lugar que le corresponde en el mundo. Ahora hemos llegado a esto, el colapso de la sociedad. Sería un buen momento para preguntarles a los medios progres quién era que al final tenía razón. Pero nosotros estamos acá, en este oasis de civilización. Previsores, desde hace años nosotros los vecinos supimos lo que se venía, e invertimos inteligentemente en un barrio cerrado con muros altos, personal de seguridad y alto grado de sustentabilidad. Acá podemos sobrevivir, y algún día también quizá, volver a reconstruir cuando pase la hora de las bestias. Lo que quiero decir es, les agradezco haberme elegido para organizar el country. Somos pocos y nos conocemos todos así que no hay necesidad para las bajezas de la política. Pero recordemos esa palabra, unidad. Sólo juntos sobreviremos…”

Aplausos ahogaron el final del discurso triunfal. Años de rosca universitaria y un pequeño puesto administrativo en la facultad de Derecho hacían de Horacio Soler el mejor orador de Estancias de Paz. Obviamente la fortuna (derecho de piso del country) venía de otro lado. La herencia familiar era una hormigonera fundada en los años treinta, de la que se alimentaron dos generaciones de clase alta acomodada, sobre-educada y politiquera. Las elecciones habían sido voluntarias y secretas. El resultado ratificó el puesto de mando que de facto había ocupado Horacio cuando explotó la revolución en la Capital. En cuanto al rédito de ocupar el honorable puesto, el acceso a recursos que venía con el cargo era limitado, pues los gastos se solventaban con las fortunas personales de todos los habitantes del country. Pero la cosa cobraba sentido con el mando del pequeño ejército de guardias de seguridad que garantizaban el monopolio de la fuerza a la investidura.

Los serenos, al igual que el personal de maestranza, los masajistas, chefs, jardineros y otro personal decidieron, al calor de los tiros y los apocalípticos compactos trasmitidos en loop por los canales de noticias, seguir practicando sus profesiones en el country a cambio de la protección de altos muros, una cama en una habitación común y comida caliente. Eventualmente los empleados se darán cuenta que el arreglo es cuanto menos injusto, es más, cuento con ello. Mientras tanto aplauden junto con sus patrones, contentos de estar a salvo de una guerra que se pelea en nombre de ellos.

Por fuera de las murallas y los reflectores, la zona es caliente. Ubicado en el enjambre de countries que rodea la localidad de Hudson, entra de pleno en el cono de influencia del EDP sobre el conurbano sur. Ráfagas semiautomáticas y ecos de explosiones interrumpen el sueño de cada noche. Es como irse a dormir temprano en un 31 de diciembre que nunca termina. Por alguna razón, en los meses que sucedieron al estallido nunca se había intentado un asalto a los barrios cerrados aledaños. Lo más probable es que el EDP aún no tuviera la fuerza suficiente para derrotar a las milicias privadas sin que el precio fuera muy alto a la estructura de las columnas revolucionarias.

Yo por lo pronto no estaba ni un poco sorprendido por el giro medieval que había tomado la historia de Estancias de Paz, ni que fuese Horacio quien marcara el ritmo del aislacionismo conservador. Dos años en la UBA más una vida dentro de una familia oligarca era suficiente para comprender que las decisiones son tomadas desde arriba. A pesar de militar activamente en una agrupación de izquierda en Puán, no tenía noticia alguna del inminente plan revolucionario. Sea porque esa ala no tenía nada que ver, o porque mi inferior lugar en la estructura me dejó fuera de la acción. De ahí que la cosa más importante que pasara jamás en la historia argentina me encontró pasando las fiestas en la casa de mis viejos, cediendo a los ataques maternales compulsorios dirigidos a mí vía mail y celular. El racionalismo ilustrado me lo prohíbe, pero es tentador ver Destino en este nudo dramático que me depositó dentro de la boca del lobo en el momento justo. Mientras tanto, esa tarde que Horacio dio su discurso en el parque principal aplaudía también, intentando ocultar dentro de las manos mis verdaderas intenciones.

La misma noche de la victoria, los más ilustres y adinerados entre los ilustres y adinerados del barrio cerrado fueron invitados a compartir la cena en la casa de los Soler. Siendo mi padre uno de los illuminati, asistimos en familia al lote más alto y retirado del predio. Si la escasez de comida era un problema que se presentaba en el horizonte, el chef no fue informado de ello. El banquete tuvo cuatro platos, y luego del postre las mujeres pasaron al living a tomar café colombiano mientras los hombres hablaron de negocios distendidamente, compartiendo cubanos en el patio.

Ahora, para que lo siguiente pueda ser dimensionado en toda su magnitud, debo aclarar que mi padre ha estado previsiblemente decepcionado de mis decisiones e ideología desde que salí de la primaria. Por esa razón me hizo temblar su golpecito en el hombro, invitándome a que lo acompañase en la charla. Quizá veía en estos acontecimientos un nuevo comienzo, y ese pequeño empujón como un voto de confianza. De alguna manera ese era el gesto que espere toda mi adolescencia, llegando demasiado tarde ahora. De todos modos, agrega un barniz de culpa filial a mis futuras acciones.

En ronda y escupiendo humo, los mandamases descollan en su capacidad de organización y pragmatismo. Se habla de comprar armas, garantizar proveedores, establecer una relación con la Guardia Republicana, incluso alguien menciona un contacto en la embajada yanki. Aún así todos tocaban de oído, pues el revuelo había oscurecido todas las redes de influencia por el momento. Se trazaron protocolos de seguridad exhaustivos. Se bocetó una policía interna para que llegado el caso poder lidiar con la aparición de agitadores entre los vecinos o el personal. Mi padre me miró de reojo en esa parte de la charla, haciendo un tajo en la confianza que me había otorgado minutos antes.

Previendo controles en el tráfico de internet, le saqué el chip a mi smartphone y busqué en el placard un Nokia 1100 viejo que quedó olvidado ahí ni bien entró el primer celular pantalla color al país. Mi plan era ponerme en contacto vía SMS con Rolo, un compañero de militancia. Ante la respuesta positiva, escondo el teléfono en un ligustro debajo de la ventana de un vecino. Días pasan sin señal de sospecha y recupero el móvil. Rolo me resume en menos de cuarenta caracteres por vez que su sorpresa ante el estallido no fue diferente a la mía. Pero estando en Flores, se apersonó a la base más cercana ni bien escuchó la noticia, y ahora sube raudamente por las filas insurgentes como cuadro ya preparado. Le emociona saber de mí, porque los countries son la gran espina en la pata de las fuerzas revolucionarias en Provincia. Me asegura hablar con sus superiores, pero no me hace promesas.

Caballo de Trojan- Enemigos del Pueblo

Caballo de Trojan- Enemigos del Pueblo

Por las dudas, comienzo a construir una fachada y hago inteligencia. Me pongo de novio con la hija menor de los Garaycochea, para garantizar una coartada en las salidas de reconocimiento nocturno. De familia dolorosamente católica, la farsa sólo me demanda una cena familiar por semana y una decena de selfies posteadas simultáneamente en las redes sociales. Sin embargo, mis escapadas resultan ser un desperdicio. Los guardias no son difíciles de esquivar, pero las defensas perimetrales no tienen hueco o falla evidente.

Reviso papeles en el escritorio de mi viejo en busca de pistas, lo que resulta ser una vía igual de infructuosa. Sólo encuentro una foto nuestra cuando me probé en las inferiores de River. Nunca pude hacer dos jueguitos seguidos, pero papá movió hilos para hacerme entrar sólo para satisfacer su sueño. Ver la foto me llena de una mezcla de nostalgia y bronca. Mi padre me recuerda, pero lo hace como él quiere.

En breve Rolo se pone en contacto. Los altos mandos han aceptado mi propuesta. El EDP prepara un grupo rápido de asalto para atacar a mi señal. En un espacio cerrado habitado por burgueses que se retiraron voluntariamente de la sociedad no hay foquismo que valga. El único plan viable es abrir la puerta de atrás y dejar que la revolución llene Estancias de Paz. Me informan que el ataque por cuestiones estratégicas sí o sí tiene que ser en los próximos seis días. De no poder comunicarme el asalto sucederá igual, por más que se multipliquen las bajas. El EDP no retrocede, resaltó con tres signos de exclamación Rolo en su mensaje.

Los días pasan y no encuentro la solución, el punto débil. Mi compañero no deja de remarcarme que vive apaciguando a sus superiores, más ansiosos que él por la incursión. En el peor de los casos, pienso, sin información fiable el ataque falla. Una vida de lujo y exceso parece cada vez más mi derrotero, y ese desenlace me deprime. Me atormenta la idea de un futuro diatópico, donde crío a un hijo llamado Thiago al ritmo de la cumbia cheta de Agapornis y Los Totora.

Cuando estoy por rendirme, la revelación llega desde el lugar menos sospechado. La red de chismes que operan las amas de casa, entre ellas mi madre, maneja información sofisticada y veraz, dándome acceso a los secretos de alcoba y excentricidades más oscuras. Ese martes de té inglés sucedió en mi living. Ante la llegada de las visitas, pretendo seguir jugando videojuegos en el sillón, pero apago los auriculares para poder escuchar los últimos rumores. Comparan la ineficiencia de sus mucamas y despotrican la ausencia de ciertas marcas en la tienda del barrio cerrado. Entones Susana, sexagenaria que agotó su pudor hace por lo menos una década, susurra un rumor tal que dos tazas se rompen, y las puertas de la revolución se abren al instante.

Era de público conocimiento que el matrimonio Soler había temblado en sus cimientos cerca del 2002, cuando al golpe del Corralito se sumo una infidelidad tan flagrante por parte de Horacio que era imposible ya que su esposa fingiera ignorancia. El terapeuta, residente de Estancias, diagnosticó una disfunción en la vida sexual del matrimonio ¿El origen? La mala disposición al látex nacional que tenía la muy burguesa zona íntima de la señora. La prescripción fue santo remedio: preservativos importados marca Trojan. Los cuales ahora Horacio importaba vía helicóptero desde un deposito en San Isidro, usando la misma aeronave que patrullaba durante la noche el cielo privado del barrio también privado. La referencia griega que evoca la caída de una acaudalada plaza fuerte por la entrada de unos pocos enemigos en un vehículo-emboscada importando forros de tal nombre me pasó completamente de largo, porque todavía no preparé el final de Introducción a la Literatura

Doy la señal y en menos de veinticuatro horas el operativo comienza. Grupos comando toman el depósito y reemplazan al personal. Ante la llegada del helicóptero, encañonan a los tripulantes, emprendiendo el vuelo hacia Estancias de Paz. Una vez que aterrizan, en menos de dos minutos dinamitan la puerta principal. El intercambio de fuego dura lo mismo que la noche, encontrando la madrugada a todo el personal de seguridad muerto o detenido, junto con los pocos residentes que se unen a la lucha.

Por miedo a que me de una bala perdida, o sólo por miedo, me quedo en mi cuarto hasta que sale el sol. El llanto desesperado de mi madre tapa los sollozos de mi padre. Veo las líneas del EDP avanzando sobre el pasto y descubro que no puedo tomar responsabilidad de mis actos delante de ellos. Agarro la mochila ya armada, bajo al césped por la ligustrina, dejando a los libros de historia el peso de informarle la traición a mis padres. Con un pie fuera de la ventana, algo me llama desde el despacho de papá. Vuelvo apresurado, sé de donde proviene el canto de sirena, sé lo que quiero llevarme. Cuando la patada rompe la puerta de entrada todavía aferro con fuerza la foto de mi prueba en River, mi foto, sin poder decidir si llevármela, o dejarla al olvido.

Leé también:

Bicicleteando al ras de la muerte, por Maximiliano Van Hauvart

El buda de la revolución, por Diego Labra

 

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Obtuvo su Doctorado de Periodismo en Crisis en la realidad (y un poco en la ficción). Actualmente trabaja en condiciones de sobre-explotación, para un grupo de periodistas renegados.
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