Apuntes teóricos desde el pogo del Lollapalooza

Pogo en Lollapalooza

Pogo en Lollapalooza

Todos a bailar, que llegó el pogo selfie. LBF estuvo en el medio de la acción del festival que juntó más de 70 mil personas en Buenos Aires. Sticks, celulares, agua gratis, comida no tanto y la música que quedó en segundo plano.

Por Diego Labra. Ilustraciones Groger Gutiérrez.

Hasta la mitad del show de Alt-J, la cosa venía bien. La banda sonaba precisa, la producción del audio y las luces acompañaba, y teníamos un lugar entre el reducido público, contra la valla donde estaba el sonidista. Alrededor del quinto tema cuatro chicos de aproximadamente quince años, dos de cada sexo, se paran al lado nuestro. Hablan, fuerte porque la música tapa las voces calmas. Rápidamente son dichas frases como “soy VIP” mientras una muñeca agita un cigarrillo y una pulsera brillante, y “le dije no ves que pague dos mil pesos la entrada” facilitan a mi prejuicio caracterizarlo como “pibes bien” en la definición más peyorativa posible. Se sacan repetidas selfies grupales, pero por lo menos cuando lo hacen están callados. Finalmente llega el último tema, el hit, y dos de ellos corren delante del escenario para corear ese estribillo que les enseñó Youtube. Aplaudimos todos mientras se retira la banda, y yo trato de hacer algo productivo con mis ganas de romperles la cara, quizás en parte porque mi mamá dejaba libros de Osho por toda la casa cuando crecía.

Lo seguro es que dos días en San Isidro dejan claro que no son un caso aislado, sino sintomático. Tampoco es algo nuevo, y no lo escribo con ligereza al adjetivo. Allá lejos y hace tiempo un renegado filósofo alemán se dio cuenta de como venía la mano. Vivió en un mundo que cambiaba rápidamente, un mundo de maravillas técnicas. El automóvil y su producción en serie parecía llegar por fin a romper con ese flagelo humano que es el acto de caminar (claro que al precio de esclavizar a la mayoría en las fabricas que los ensamblaban), el avión nos puso en el cielo y en cualquier otra parte del mundo, la luz eléctrica nos emancipo de la noche. Simultáneamente, las sociedades mutaban convulsionadas, algo que al menos para el propio Walter Benjamin no termino muy bien que digamos. Lo cierto es que él tuvo no sólo la visión de conectar esos dos estados de cosas, sino que lo hizo dando con la corriente profunda que nutría los cambios, su esencia, lo que reviste a sus dichos con una actualidad que sinceramente asusta. Si no me creen, revisen las citas a pie de página de cualquier ponencia en cualquier congreso académico.

Hoy se podría realizar un caso verdaderamente convincente probando que la distancia entre hacer y mostrar, el hecho y la imagen, se va cerrando hasta ser casi inexistente.

Esta es la razón, no desespere lector, por la cual abro una crónica que promete rock, pogo y colorido trayendo a colación a un pensador judeo-alemán que se suicido en 1940 durante un intento fallido de escapar de la persecución nazi. Su temprana, heroica e inútil muerte evitó que conociera al Internet, la telefonía celular y las redes sociales, y sin embargo su obra tiene mucho que decir sobre ellos. Lo que si conoció y pensó intensamente fueron los avances científicos tecnológicos de fin de siglo XIX, especialmente la fotografía y el cine, a los cuales refiere en el muchas veces citado La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica. En ese escrito, barroco como es toda su obra, ordena el marcador que lleva la cuenta de lo ganado y perdido con las transformaciones científicas en el arte.

Por un lado, la reproductibilidad técnica permite un cierto grado de democratización. La fotografía hará accesible el retrato a quienes no podían ser mecenas de pintores dotados, la impresión reproducirá la imagen de cuadros famosos que se pueden colgar en el living en lugar de ser necesario una procesión a su lugar de exposición, y las imágenes en movimiento probarán ser la forma de consumo cultural más popular del siglo XX. Pero por otro lado, Benjamin sospecha que la reproducción industrial trae aparejada no sólo la perdida del aura del objeto artístico, algo que hoy podríamos asociar a reliquias religiosas, sino un más profundo degradar de la experiencia humana. Una insidiosa alienación de la misma.

Durante toda la tarde, chicas bailaban alejadas del escenario al ritmo de la música mientras filman su propia diversión y la comparten en redes sociales. Cuando llega la noche y la hora de las bandas de más renombre, en una imagen digna de la ciencia ficción clásica, de entre el público se despliegan los palos selfie como tallos cromados de flores electrónicas que reproducen en miniatura aquello que esta delante de ellas. En el que creo es el gesto más significativo, un adolescente sobre los hombros de otro espectador interrumpe su filmación de la canción sobre el escenario para hacer un giro en trecientos sesenta grados. Quiere capturar toda la experiencia, ese momento significativo de felicidad en la mayor complejidad posible, para tener en su poder la capacidad de reproducirla a su antojo cuando quiera. Las imágenes y el sonido, pero también las sensaciones y sentimientos.

Pantallas gigantes al lado de los escenarios, ociosas durante los lapsos sin presentaciones musicales, se iluminan mezclando publicidad con reproducciones de posteos de Twitter en vivo de los asistentes al show.

lollapalooza_selfie

Entiendo la motivación detrás de la necesidad compulsiva por registrar el evento significativo. Más ahora que la democratización de la tecnología pone tan inmenso poder en las manos de todos. Después de todo, esa melodía que tanto te gusta y estás experimentando por primera y quizás única vez sólo dura el lapso de una canción, y el video de ese mismo instante durará toda la vida. La pregunta, que hago esta vez yo sobre los hombros de Benjamin, es si es posible que la compulsión por capturar la experiencia no está dañando la experiencia en sí. Dicho en las palabras del gran Louis CK, si bajás el celular vas a ver que la resolución de tu hijo es ya de por sí HD. ¿Es nuestra cultura una que privilegia la reproducción sobre la experiencia, dañando la segunda con la primera?

La revolución de las tecnologías de la información que viene sacudiendo al mundo hace décadas ha cobrado una virulencia inusitada en las últimas dos. Hoy se podría realizar un caso verdaderamente convincente probando que la distancia entre hacer y mostrar, el hecho y la imagen, se va cerrando hasta ser casi inexistente. Lo que es más, en un mundo donde la experiencia  se prueba en su reproducción en las redes sociales ante los pares, quien atestiguo el show en esa presencia ausente detrás del celular tiene más medios para probar que estuvo ahí que yo, que intente estar lo más en el momento posible. Otra arista parece ser que en nuestra insatisfacción posmoderna, el momento de por sí no alcanza. Por eso en grupos de Facebook y foros los asistentes comparten videos y piden por aquellos que aún no se encuentran online, en la necesidad de revivir aquello que experimentaron literalmente ayer.

En la entrada la policía te revisa y quita cualquier alimento que tengas para garantizar el consumo de la mercadería de precios inflados dentro del predio. Para luego, cuando la fila es muy larga y la producción se impacienta, liberar por completo el ingreso y dejar entrar a cualquiera con cualquier cosa.

Este pulso de los tiempos no se le escapa a nadie detrás del mostrador. Robert Plant se sube al escenario en medio del set de Jack White para cantar una canción perdida de Led Zeppelin de seguro azuzado por la organización del festival para conseguir con éxito encender las redes sociales en todo el mundo. Skrillex da quizá el show más acorde a nuestros tiempos, escondido entre pantallas gigantescas que repiten en loop memes de Internet, mientras interrumpe el shock a los sentidos de un minuto que llama canciones poniendo pausa y comentándose a sí mismo. Ante el igual de estrambótico show de Calvin Harris, adornado con fuegos artificiales y cañones de papel picado, un transeúnte grita, “Calvin, volvete a Bariloche” en una ironía cargada de tanto sabor autóctono que dudo moleste al DJ inglés.

Mientras tanto, repetidos stands venden remeras con el nombre del evento, la fecha y la lista de bandas que no viste por estar sacando fotos. Pantallas gigantes al lado de los escenarios, ociosas durante los lapsos sin presentaciones musicales, se iluminan mezclando publicidad con reproducciones de posteos de Twitter en vivo de los asistentes al show. La ubicación del predio y la pseudo política verde del festival le dan un aire macrista, pero agradezco que por primera vez en un evento de este tipo en el país se respeta el derecho a la vida y se monta una “Estación de hidratación” donde se puede tomar agua gratis en lugar de pagar cuarenta pesos la botellita.

Dicho esto, cualquier análisis más profundo debe tener en cuenta que las prácticas nuevas no reemplazan las viejas, sino que se montan sobre ellas. En la entrada la policía te revisa y quita cualquier alimento que tengas para garantizar el consumo de la mercadería de precios inflados dentro del predio. Para luego, cuando la fila es muy larga y la producción se impacienta, liberar por completo el ingreso y dejar entrar a cualquiera con cualquier cosa. La cola de ingreso separada por género hace visible que asisten muchos más hombres que mujeres a conciertos de rock. Las banderas nacionales abundan, tanto argentinas como de países limítrofes, dejando interpretar que aquello que los fanáticos más quieren es que sus artistas admirados sepan el lugar donde nacieron. Ni bien suena el primer acorde, el público se agolpa desesperadamente debajo del escenario, agregando dolor a una situación que no necesariamente lo requiere.

Los Smashing Pumpkins dan el concierto con más poder de convocatoria al público recitalero argentino, quizás después del de Robert Plant. Acá no hay selfies sino puro agite, golpe y coreo. Se festejan los temas nuevos y los clásicos desatan locura que se demuestra. El canto de cancha es “pelado, pelado” y “soy de los Smashing, cada día te quiero más”. Un chabón pelado cuya cara es credencial de asistencia a dos docenas de recitales de Almafuerte traba el cuerpo y abre el hueco para un mosh pit. Corgan ve desde arriba y de seguro siente que sus días de gloria de los noventa no están tan lejos. Vuela tierra levantada por los saltos y el pasto se muere. La hermandad e igualdad de género que se forja en el empujón indiscriminado y la ayuda al que se cayó en el pogo muere cuando la piba subida a hombros se saca la remera y queda en corpiño. Pasa un sacado surfeando al público y pataleando me alcanza en la cabeza ¿Es mejor una patada en la nuca o que la persona adelante tuyo te tape el escenario con un teléfono más grande que tu cara? Supongo que depende a quién le preguntes.

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2 Comentarios

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2 Comments on “Apuntes teóricos desde el pogo del Lollapalooza
  1. Excelente análisis, generacionalmente hasta los escenarios estaban divididos, los que cruzamos ya hace un rato la barrera de los 40 nos quedamos con Plant, nos fuimos acercando de a poco a White, y cuando calculamos que salir del predio y llegar al ya inexistente tren nos consumía 20 minutos de caminata, huimos del predio dejando que las redes sociales y tambien los medios masivos (porque para ellos tambien se cranea el encuentro) nos cuenten que Robert y Jack cantaron a dúo. Lo que ves es lo que hay. Y lo que oís, también.

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