Al Matadero

Enemigos del Pueblo Al Matadero

Por Ignacio Damonte. Ilustraciones: Groger Gutiérrez

– Mierda, mierda. Estoy rodeado de mierda.

Eso pensaba Correa dentro del camión cargado de vacas que viajaba a Buenos Aires. Desde que salió de Rosario, cansado, empapado, con los músculos entumecidos por las patadas que le pegaban las vacas, Correa sólo podía pensar en que estaba rodeado de mierda.

Había pocas maneras de entrar a Buenos Aires esquivando los controles militares en las fronteras provinciales. Las más drásticas incluían aberraciones inimaginables, por lo que Correa decidió elegir la más asquerosa de todas poniéndose en la mente de los gendarmes que debían autorizar el paso del camión.

– Ni los apátridas que se exiliaron tendrían la decadencia de viajar con vacas, rodeados de mierda.

Correa tenía razón. Logró ingresar a Capital Federal luego de horas y horas de ruta. Hubo seis controles, cada uno de ellos duró unos dos minutos, simple papeleo entre el conductor y los oficiales. Correa sólo quería llegar al punto de encuentro.

Mientras viajaba su única forma de sentirse ubicado era ver por una rendija del camión, y rezar que pueda captar cuántos kilómetros quedaban para Buenos Aires. Pero esos malditos carteles, los hacen extremadamente pequeños. Por supuesto que el alumbrado vial no funcionaba. Cuando lo agarró la noche, la oscuridad lo cubrió y los ojos de las vacas que lo miraban con escrutinio parecían estrellas parpadeantes.

– 1575523622 1575523622 1575523622. No paraba de repetir mentalmente el celular de Vega, su contacto en el punto de encuentro.

La última vez que había estado en la Capital había sido días antes del estallido final. Estaba intentando sumarse a las filas de uno de los tantos partidos de izquierda cuando su familia en Rosario le pidió por favor que regrese antes que todo empeore. Y fue así. Ya en su casa vio la revolución por televisión. Ahora Capital vivía en carne propia lo que el interior profundo venia padeciendo hace meses: barricadas en cada esquina, vidrieras destrozadas, monumentos mutilados. Insurrección en la misma Casa Rosada. Tenia que ser parte.

– Al principio creían que la revolución no alcanzaría magnitud, siguió pensando. Es cierto, cuando eran unos pocos locos desvariados en la selva salteña no los tomaron en serio. Igual que en los 70. Pero esta vez el Ejército del Pueblo se quería asegurar que el final sea distinto.

– Eran unos pocos, mal comidos y entrenados, pero ahora somos miles. Y un objetivo: terminar con el control republicano. Fue lo último que reflexionó cuando las vacas comenzaron a agitarse. Ahora somos miles.

De repente la respiración de sus compañeras de viaje empezó a acelerarse. Estaban nerviosas, casi como si supieran que tenían dos destinos: el martillo del carnicero y la vajilla de plata de algún capitán hijo de puta.

– Van al matadero y yo tengo que lograr escaparme sin ser advertido.

Enemigos del Pueblo Al MataderoEl camión entró a Mataderos. Correa no sabía la hora, pero si sus cálculos no fallaban, debía estar llegando a las 7 de la mañana a destino. Ahí era otro tema. Tenía que poder bajar del camión sin que lo vieran los carniceros.

– Quizás pueda desnudarme, eso puede despistar al ojo cansado de los martilleros.

Esas vacas eran de las pocas que llegaban a Buenos Aires. Los únicos capaces de comer carne roja eran los generales y capitanes del comando republicano. Los lujos cotidianos del pasado no se podían dar en una Capital devastada. Antes tirábamos a la basura lo que cualquiera en 2033 mataría por comer.

Finalmente abrieron la compuerta. Las vacas, en una anarquía animal, comenzaron a moverse inquietas, a pegar patadas y sacudir sus cabezas. A la primera que pasa, marca la tradición, se le pega un mazazo seco para que caiga desplomada y el resto de sus compañeras entiendan que el desenlace no tiene alteración. Pero en esta oportunidad otras dos se revelaron y salieron escapadas hacia el frente del camión.

– Es mi oportunidad. Vega me dijo que hay un teléfono al salir del matadero.

Las formas de comunicarse en Capital eran casi nulas. Los comandos revolucionarios tenían su sistema de contacto para no ser controlados por los republicanos. Mensajes emitidos desde radios clandestinas, códigos encriptados en avisos clasificados, ese tipo de cosas. Los teléfonos públicos formaban parte del sistema de comunicación y Correa debía encontrar el único que funcionaba en Mataderos sin ser visto por los carniceros.

Esperó a que queden cinco vacas dentro del camión, y mientras se escondía le pegó una trompada a una de ellas. Se agitaron y se separaron. Así encontró la forma de meterse debajo del camión. El plan funcionaba a la perfección. Estaba a metros de la libertad.

Cuando los carniceros lograron controlar el desbande de las vacas le dieron la orden al camión de irse y seguir con su camino. Agarrado de unas mangueras iba Correa, desnudo y lleno de moretones. En unas de sus manos apretaba con fuerza lo único que le quedó, una moneda de 2 pesos para llamar a su contacto.

El camión salió del matadero, tomó la avenida Directorio hacia Bruix. A dos cuadras Correa debía dejarse caer, justo donde estaba el teléfono público. Llegó, discó. 1575523622. Vega lo atendió del otro lado de la línea. Su vida estaba a punto de cambiar. Todo lo que venía deseando, ser parte del cambio que traería la revolución, finalmente se cumplía.

Después de unas breves preguntas de protocolo para asegurar su identidad, recibió su primera orden. Junto con un grupo de hombres tenía que dirigirse a la zona de aeroparque. Su misión no era nada fácil y cobraba más importancia a cada minuto.

Desde que las fuerzas revolucionarias habían tomado la Casa Rosada y la habían rebautizado Casa Roja tenían un objetivo estratégico: dejar al gobierno republicano sin comercio con el exterior. El puerto había sido fácil de tomar, muchos de los trabajadores simpatizaban con sus ideas. De esa forma Uruguay (aliado del Ejército del Pueblo) podía hacer llegar a las fuerzas toda la ayuda necesaria para aumentar su poder de defensa. Una ruta de suministros estaba asegurada. Ahora debían cortar todo el tráfico aéreo y luego tomar control de las telecomunicaciones.

Aeroparque seguía siendo una zona en disputa entre la derecha y la izquierda. Ambos querían dar un golpe clave para los primeros meses de enfrentamientos. Dos barricadas con 120 hombres del EDP en la entrada Sur era el lugar donde debía presentarse Correa, mientras que del lado Norte los republicanos tenían apostadas dos cuadrillas de 1000 hombres cada una, a la espera del momento ideal para atacar.

Correa formaría parte de una de las acciones de guerra más importante de la gesta revolucionaria. Pese a estar claramente en inferioridad numérica, el EDP sabía que su posición estratégica, sumada al control de la Bahía,  le daba una ventaja clave en la batalla. El control de Aeroparque para uno u otro bando cambiaría el rumbo del sangriento enfrentamiento entre argentinos. El EDP necesitaba a Correa para seguir persiguiendo el sueño de un país distinto, esta vez liderado por el pueblo. 

– Entendido. Pueden contar conmigo.

La nueva vida de Correa había comenzado. Así, desnudo, como Dios lo trajo al mundo…

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